billy_elliot_ver1Brevísimas reflexiones tardías sobre Billy Elliot de Stephen Daldry y el Cisne negro de Darren Aronofsky a propósito de una reciente reposición de El lago de los cisnes de Tchaikovsky.

Caminar en puntas de pie es una provocación no sólo a la ley de gravedad, si no a la condición humana de homo sapiens que tenemos. Es casi una expresión, un deseo sutil de vuelo, de despegarse de lo terreno. Si a ese caminar, encima, se le suma danza, coreografía, arte, una historia para contar con el cuerpo, es decir, se lo impulsa a transformarse en texto a través de la música y el baile, la provocación se vuelve (se puede volver) metafóricamente trascendental: por este motivo, todo ese dolor, todos esos años de dolor y entrenamiento fortaleciendo músculos y fibras que viven las bailarinas clásicas para que esas puntas de pie puedan sostener con maestría el peso de sus cuerpos, mínimamente -fetiches tarantinescos mediante- me despiertan y despertarán por siempre una admiración sublime. De hecho, gran parte de mi atracción por el básquet proviene también de este principio de elevación y vuelo. Es así, entonces, que después de haber visto El lago de los cisnes por retazos en varias películas que lo invocaban, finalmente, pude asistir a la reposición de este ballet que se hizo en el Teatro del Libertador San Martín interpretado por el Ballet Oficial de la Provincia de Córdoba y la Orquesta Sinfónica de la Provincia.

Más allá del enorme atractivo que siento por la danza clásica, esta obra en especial siempre me fascinó por el tratamiento de “lo dual” que despliega y por cómo este tratamiento tuvo diferentes relevancias dentro del cine. La ansiedad, entonces, y ese teatro hermoso se conjugaron para que, desde el principio de la obra, mas bien desde que la Orquesta comenzó a tocar la obertura y el telón en rojo aún seguía caído, una tímida secuencia que mezclaba todas estas películas que vi sobre El lago de los cisnes apareciera en mi cabeza. Especialmente las imágenes de dos: Billy Elliot (2000) y  El cisne negro (2010).

El telón, sin embargo, se abrió y el Primer Acto comenzó con el castillo, la corte, el Rey, el Príncipe Sigfrido, el grandioso Bufón y la fiesta que allí se desarrollaría. No había cisnes (aún), sólo había cortesanos por doquier hasta que, finalmente, el Príncipe dejó la fiesta, fue hasta el lago de cacería y los cisnes aparecen extraordinariamente en escena.

La aparición fue fulminante. Una veintena de bailarinas representando a esos cisnes delicados al compás de la música de Tchaikovsky emergieron copando el escenario y, de repente, Odette ganó la escena en la piel de la extraordinaria Sofía González enamorando al Príncipe y a cada uno de los que allí sentados observábamos tamaña perfección en sus movimientos; la gracia, la feminidad casi absoluta, la curvatura de todas las líneas de su cuerpo y, en especial, ese vuelo frustrado que se intenta levantar una y otra vez despertando una extraña paradoja: la maligna magia negra que volvió a Odette cisne como una suerte de maldición, no obstante, hace de ese cisne un personaje absolutamente bello y maravilloso que se luce con una extraordinaria vitalidad en esos vuelos que se recrean incesantemente sobre el lago encantado. Si bien la puesta en escena (escenografía, luces y vestuario) no era para nada novedosa, el encantamiento en (desde) el cuerpo de Sofía González y su arte funcionaba a las mil maravillas. Silencio entonces. Final del Acto, aplausos rabiosos y el Intermedio.

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Una pregunta automática me vino a la cabeza mientras la gente se levantaba de sus lugares para tomar aire afuera: ¿Por qué en el final de Billy Elliot, Billy Elliot interpreta a un cisne? ¿Por qué una pieza que está diseñada para que una mujer se luzca en extremo tiene que ser “travestida” por un hombre? ¿Ese final era una ironía por todos los “supuestos” -desde recio boxeador a delicado bailarín clásico- que ese niño vivió durante la película? ¿Era una ironía de lo que lo masculino y lo femenino representan; o, mejor dicho, cómo se los puede representar en la sociedad occidental moderna actual, industrial, materialista y radical según dejaba entrever esa huelga en la fábrica? Sí, puede ser que sí y sólo viendo la realización coreográfica del baile del cisne-hombre es que estas preguntas quedarían resueltas. Pero, la película termina con ese glorioso salto final dado por Billy Elliot y los títulos posteriores en forma psicodélica con música setentosa. De todos modos, la apuesta con ese “irónico” final, así, en este contexto, luego de apreciar El lago de los cisnes en vivo, me pareció, muchos años después de haber visto la película de Daldry, sinceramente, formidable.

No obstante, ese cisne masculino no fue específicamente un detalle transgresor del director o los guionistas de la película. Fue la apropiación de la exitosa versión que hizo Matthew Bourne en 1995 sobre El lago de los cisnes donde todos los cisnes involucrados, eran hombres. Este dato no es menor dado que la película se basa en esta obra y no viceversa; este dato no es menor porque resemantizado por la película, cobra su propia fuerza.

black-swan-posterLa música comienza, entonces, otra vez. Telón corrido. Una nueva corte y un nuevo baile. Esta vez, el Mago aparece en el Acto con sus legiones de húngaros, polacos, rusos, españoles y napolitanos invadiendo el palacio de la Reina y poniendo en escena a Odile, el cisne negro interpretado por la misma Sofía González. Aquí, la imagen del sufrido personaje de Natalie Portman viene a la mente casi sin escalas. ¿Cómo una misma bailarina, con apenas 30 minutos de diferencia, más allá del maquillaje y el vestuario, puede interpretar a dos seres tan opuestos? ¿Los interpreta porque, en realidad, son el mismo ser: dos opuestos conviviendo en un mismo cuerpo? ¿Debe la bailarina hacer notar las diferencias en los vuelos o, simplemente, armonizar dos estéticas diferentes dado que al fin y al cabo, ambos cisnes enamoran por igual al mismo hombre? La dualidad es intensa. Sofía González no logra desprenderse del todo de su extraordinario cisne blanco y su cisne negro parece matizado, más picaresco que malvado, más sensual que sexual, más provocativo que incisivo. Sin embargo, en la película de Aronofsky, la transformación debía ser total: el lado oscuro del personaje debía invadir al cisne blanco casi hasta la locura y la muerte. No había dualidad, había directamente transmutación en permanente conflicto. Dos seres opuestos luchaban por un mismo cuerpo en vez de compartirlo. El personaje de Portman debía ser decididamente oscuro. Cada cisne no debía darle lugar al otro. Por ello, en el El cisne negro de Aronofsky, el Príncipe (al igual que el Director de la compañía interpretado por Cassel) se debía enamorar paranoicamente de dos mujeres absolutamente opuestas, tal como el extraordinario Leonardo Favio logra en su Aniceto (2008). En Aronofsky, por lo tanto, ese final con el cisne suicidado y la sangre brotándole de las entrañas sumada a la palabra “Perfecto” no hacía más que incentivar un interesante concepto: la luz y la oscuridad remiten a superposiciones y no a conciliaciones. La oscuridad no significa ausencia de luz si no rechazo y/o expulsión de la misma. En los cisnes de Sofía González, en cambio, había continuación: en ella, la luz se oscurecía en vez de directamente reemplazarse; en los de Portman, por el contrario, la luz transmutaba a oscuridad, un estado reemplazaba al otro, la bipolaridad era esquizoide. En los cisnes de la bailarina cordobesa había una deliciosa cadencia homogénea a pesar de lo heterogéneo en sus personajes; en los de la actriz israelí había dos caras de dos diferentes monedas por más que la idea de la puesta en escena (y de la película en general) era mostrar lo contrario: era mostrar los dos estados alterados y opuestos de un mismo personaje en conflicto con estos estados. Quizás por esta contrariedad, la película de Aronofsky falla en la profundidad de la propuesta psicológica y se desmorona en cierta superficialidad sicológica que termina por banalizar el resto de la película contrastando notablemente con los efectos de sentido que genera el final de Billy Elliot sin que esta película haya querido ser tan ambiciosa como la otra.

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Boxeadores, bailarines, provocaciones, niños, hombres, travestis, inocencia, maldad, encantamientos, feminidad, masculinidad, modernidad, tragedia, dualidad, belleza, vuelos… La maravillosa pieza de Tchaikovsky sigue siendo representada en diferentes formatos y sus cisnes seguirán dando que hablar; sus cisnes seguirán indagando -de un modo u otro- aquel pecado original y bíblico que nos hizo comer la manzana del Árbol; aquel pecado original que nos hace preguntar: ¿por qué teniendo el paraíso eterno, la perfección en sentido platónico, preferimos, sin embargo, caer (también) al infierno, a la vastedad de la imperfección? ¿Por qué inocencia y conocimiento son contrapartes? ¿Por qué teniendo el amor incondicional de la Francisca, dejamos todo y caemos en el terrible amor de la Lucía? Cisne blanco, cisne negro, un mismo amor y la muerte (final) unificando todo posible criterio… “Perfecto” decía entonces una “iluminada” y feliz Natalie Portman mientras se desangraba en el escenario agonizando… “Perfecto” dijeron casi todos los que asistimos al Teatro del Libertador San Martín aplaudiendo de pié a Sofía González y el recuerdo fresco y latente de cada uno de sus vuelos blancos y negros.