Por Paola Menéndez.

Hay gente capaz de arruinarle la fantasía al más pintado, respondió Felipe cuando en la clásica tira de Quino, Susanita lo caracterizó como ‘El llanero solterón’. De alguna manera, esta afirmación podría apreciarse en clave  de advertencia si tomamos el reciente estreno de Gore Verbinski El llanero solitario.
‘El llanero solitario’, emblemático personaje creado por George Trendel hacia 1933, pertenece al género western. El western constituye, como pocos otros géneros tal vez, un complejo entramado político-moral que no sólo aborda en profundidad la relación entre el individuo, la sociedad y el Estado sino que además lo hace con una economía efectiva. Justamente, dada la imbricación moral – política, las tramas son  paradigmáticamente simples, el lenguaje directo y los personajes susceptibles de provocar (en lo bueno o en lo malo) una identificación con los espectadores. La potencia del western radica en problematizar en clave sencilla la modernización y el pasaje de un estado de comunidad (Gemeinschaft) a uno societario (Gessellchaft). Esta diáfana clave que acuña la quintaesencia del género, resulta un tanto estéril en este largometraje que no sabe -o ni siquiera  intenta- transitar los tópicos del western en concordancia a una construcción narrativa argumental consistente. La impresión que resulta es similar al fracaso de una receta culinaria: los ingredientes están todos,  solo que mal combinados. 
La película abre con la construcción de una caja china enunciada desde una feria. Una especie de museo de curiosidades hará las veces de escenario principal que enmarcará, a su vez, la narración de la leyenda de El llanero solitario. Walter Benjamin decía que las colecciones culturales de los museos constituyen, muchas  veces, la huella de los mártires del pasado. Estos testimonios tienen la posibilidad de vivificar la historia o  de cosificarla de acuerdo al aura que el espectador establezca con la obra. En ese sentido, el narrador y el personaje principal sobre el que gravita la película es el noble salvaje, el indio Toro. Aquel otrora representante de una cultura aplastada es parte de un museo de feria y desde allí, podemos percibir el advenimiento de una narración acrítica  en  tiempo de mito. Toro, pieza de museo, se constituye como demiurgo de la obra de John Reid en un intento infructuoso por vivificarlo, vivificándose. 


Así, aparece uno de los principales personajes de la historia: el ferrocarril. La narración de Toro comienza con un plano general de lo salvaje: bisontes, caballos, inmensidad natural y un tren atravesando el paisaje. En un vagón encontramos al  conspicuo abogado John Reid aferrando un libro de John Locke permitiéndonos intuir su lema de vida: Fiat iustitia et pereat mundus (‘Que se haga justicia y desaparezca el mundo’). En efecto, el ferrocarril además de intercambiar mercancías y vínculos económicos, transporta personas, es el símbolo más evidente de los procesos de modernización. En este caso, un abogado que viene del mundo del progreso y trae consigo la ley. La única garante, al parecer, de proteger al ciudadano común frente al poderoso. John Reid se plantea entonces como un personaje hiperbolizado a un extremo ridículo en el que en la mayoría de los casos no produce hilaridad sino pena. El dispositivo queda más expuesto  cuando se pretende hacer un contrapunto con su hermano, el ranger.  Éste,  que resulta otro tópico bastante recorrido por el western al marcar la oposición entre lo viejo y lo nuevo en la confrontación entre hermanos – baste mencionar a Gregory Peck y Joseph Cotten en Duelo al sol  también constituye un elemento mal explotado en la película. Como señalamos John Reid se presenta como necesariamente ridículo e imposible de ser tenido en cuenta seriamente por su hermano. Esto implica que todo el progreso, la construcción del ciudadano y el amparo de la ley que articulan visiones irreconciliables y dramáticas son retratadas aquí  desde la superficialidad, narrada a través de los manierismos del abogado Reid.
Justamente, es la elección de una clave de caricaturización tan obvia la que configura una de las peores aproximaciones para este personaje entrañable. Por ello, el problema no radica -como muchos críticos señalaron- en que “el papel le queda grande” a Armie Hammer sino que el tenor con el que se ha construido el personaje queda desdibujado o subsumido a Toro habiendo además una considerable falta de química en la pareja. Las actuaciones individuales son más o menos correctas – el sparrowmetro lo dejo a vuestro criterio – no así podríamos decir lo mismo del guión que ciertamente desconcierta. Es que Verbinski va y viene y resulta difícil de seguir. La película está plagada de elementos que no terminan de asimilarse ni entre sí ni para el espectador. Por ejemplo, ¿cuál es el sentido de abordar con tanta nitidez el canibalismo de X e ignorar la virulencia de la batalla con el indio?  Y si es western con humor, ¿por qué se apela al ridículo –o una mala explotación de slapstick– como única posibilidad de gag durante más de dos horas?


El humor debería hacernos sobrellevar la tragedia de la dualidad desgarradora de estos hombres, expulsados por su comunidad de pertenencia -uno por Malinche, otro por civilizado- pero que al mismo tiempo conllevan en su interior esa esencia genérica. Sin embargo, en este film el humor ridiculizador la desdibuja o  peor aún, la evade. No hay emoción ni en lo bueno ni en lo malo.  El pasaje de la legalidad a una inscripción clandestina o pacificadora de los héroes – Toro y el llanero-  queda indefinido o circunscrito a una decisión personal frente al mundo corrupto. La soledad es el precio que paga el sujeto moderno del capitalismo: una especie de exilio ininterrumpido al interior de su voluntad.
Así,  tal como es posible de percibir en el comic, la reflexión sobre la violencia y la ley – y de cómo la ley se funda en la violencia- cobra sentido. La película contiene escenas de violencia individual, bélica, institucional y las muestra, en cierta medida,  para justificar su status de película de acción dejando de lado cualquier posibilidad de ser pensada desde otra perspectiva. La violencia confiere poder: “Eliminar a un hombre es algo muy duro. Le quitas todo lo que tiene y todo lo que podría tener”, dice William Munny, un retirado y empobrecido pistolero en Los imperdonables. Ciertamente, la violencia es una fuerza trágica que el largometraje se empeña en mostrar a través de artificios y peleas exuberantes pero hay otro tipo de violencia –o reflexión sobre la misma-  que con idéntica fuerza se esfuerza en ocultar. Cabe preguntarse,  yendo más allá del sello Disney y conocida cosmovisión (Weltanschauung),  por qué este recorte.
Por último, el acto de justicia final para este héroe sería el de realizar una película acorde a su figura.
El llanero solitario (The Lone Ranger, EUA, 2013), de Gore Verbinski c/Johnny Depp, Armie Hammer, William Fichtner, Tom Wilkinson, Ruth Wilson, Helena Bonham Carter, James Badge Dale y Barry Pepper. Guión: Justin Haythe, Ted Elliott y Terry Rossio, ‘149. Copias: 212 (152 en 35mm, de las cuales 29 son subtituladas y 123 dobladas al castellano; y 60 digitales 2D).