El mensaje de 2001: Una odisea del espacio 50 años después, por Joan de Buen

La semana pasada se cumplieron 50 años de una de las efemérides más importantes de la historia del cine: el estreno de 2001: Una odisea del espacio. Esta obra mantiene la misma vigencia que en 1968, síntoma de su importancia capital en la trayectoria del séptimo arte. Se trata de una creación referencial que nutrió de inspiración a los cineastas actuales de referencia debido a su profundidad. Stanley Kubrick, director y padre de otras obras maestras como La chaqueta metálica o La naranja mecánica, quiso envolver su película de conceptos metafísicos que iban más allá de la plasmación de una historia narrativa. Filosofía, espacio, concepción del universo, cosmogonía -conceptos que han maravillado al ser humano y que han impulsado sus avances sociales- se materializaban en esta obra culmen de la ciencia ficción. La evolución humana es el hilo conductor, junto con la aparición de la tecnología espacial y sus posibilidades -y fracasos- en un futuro próximo.

Kubrick inicia una empresa altamente complicada, trasladar paralelamente a la pantalla la obra de Arthur C. Clarke. Pese a ser una apuesta a veces arriesgada, se trata de un proceso que ha nutrido el cine de grandes clásicos; es el caso de Drácula al plasmar la obra de Bram Stoker, de Ian Fleming y su arquetípico 007 cuya primera aparición fue en Casino Royale, o de El Padrino de Mario Puzo. La obra inicia su plasmación visual con un metraje que impacta, una banda sonora que nos avisa de que no nos encontramos ante una creación convencional. El argumento principal, segmentado en varios saltos temporales y espaciales, marca su inicio en los orígenes del ser humano y como éste, gracias a un monolito de procedencia desconocida, avanza en sus conocimientos sobre el mundo que le rodea -convirtiendo así un objeto convencional en una herramienta para avanzar y dominar al adversario. La abstracción narrativa provocó que las críticas mostraran su escepticismo en relación con el mensaje que se quería transmitir, invitando a los espectadores a conversar, discutir y debatir sobre la obra que habían visualizado. Este ejercicio de debate es lo que convierte 2001: Una odisea del espacio, en una obra culmen de la cinematografía. Más allá de tus apreciaciones personales sobre el origen del universo, sobre la vida extraterrestre o sobre tu percepción del mundo, todas las interpretaciones convergen y se adaptan. En cualquier punto del mundo, e indistintamente de tu formación, todos encuentran sus inquietudes representadas. Agnosticismo, teología, ateísmo o incluso universalismo: todos los segmentos confluyen, quedando manifiesta su autoridad y su pericia inherente.

En cuanto a las cuestiones técnicas, la obra muestra verosimilitud científica, junto con unos efectos especiales espectaculares en cuanto al contexto en el que fue originada. La banda sonora, con piezas como “Así habló Zaratustra”, se ha convertido en un elemento que forma parte del imaginario colectivo. La película consiguió un premio Oscar por sus efectos especiales y actualmente una copia se encuentra presente en el Registro Nacional de Cine que forma parte de la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos.

La obra está dividida en cuatro partes bien diferenciadas, todas ellas profundizan en la narrativa y nos ofrecen un punto de vista diferenciado, otro símbolo de la calidad directiva de Kubrick: “El amanecer del hombre”, “TMA-1 (Anomalía Magnética de Tycho no. 1)”, “Misión a Júpiter” y “Júpiter y más allá del infinito”. En la tercera parte encontramos un elemento que también ha marcado profundamente la historia del cine y el imaginario colectivo, la presencia de la inteligencia artificial HAL-9000 y su conocimiento heurístico. Su revuelta personal y su autoconciencia también envían un mensaje potente que guarda relación con las posibilidades malignas que puede ofrecer la inteligencia tecnológica.

La parte final nos ofrece una visión filosófica sobre el mundo, se trata de un segmento ampliamente debatido y analizado, interpretaciones poliédricas y a la vez todas ellas válidas. El apodado “Niño de las estrellas” es hoy un concepto metafísico que no voy a describir, siguiendo los consejos del maestro Kubrick: “Los espectadores son libres de especular a su antojo sobre el significado filosófico y alegórico de la película […] no es mi deseo cartografiar verbalmente 2001, ya que, en ese caso, los espectadores se sentirían obligados a encontrar algo determinado y, en caso de no hacerlo, sentirían que se pierden algo”. Una reflexión sobre la evolución humana con plena vigencia 50 años después.

1 Comentario

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Richard Castelmorerespuesta
23/04/2018 en 11:46

Execelente!

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