Pablo Cedrón es un capo. En El otro hermano hace un personaje que, sin romper el clima oscuro de la película, es gracioso y querible. Se llama Enzo, un tipo que compra y vende cosas aunque ya no sirvan para nada, un chatarrero. Lo que ya fue usado, heredado, regalado y prestado, lo que tiene destino de basural o fuego, Enzo lo compra. Todo menos gente, “yo no compro gente” dice refiriéndose a unas cenizas. Los personajes de la última de Caetano son como las cosas que compra Enzo: ya no son parte de ninguna franja de la sociedad que podamos identificar, están ahí, tratando de agarrar algo que se le caiga o se le pueda arrebatar al sistema. Si de algunas historias se dice que transcurren en los márgenes, esta transcurre fuera de la hoja.

El lugar es un pueblo chato, casi inexistente, en la que debe ser la provincia menos recordada del país. No hay nada lindo, ni paisajes, ni casas, ni objetos, ni Sbaraglia y sus dientes negros, ni el panzón cara pálida Hendler, ni la insospechada Ángela Molina. Lo agreste solo suma desolación, todo parece un gran baldío. Nada modera el hastío absoluto del ambiente. Nada es simpático, no hay chicos, los perros son amenazas y ni siquiera se los ve.

Bajo ese sol tremendo que no es solo el sol, Caetano firma la película con su arrastre de cine clásico y calle profunda. El duelo final, los dos antagonistas con sus pistolas frente a frente, explicita el western tácito: un forastero llega a un pueblo donde la ley ha quedado en manos de un malvado. En este caso la variante del malvado sádico y perverso sin cargo público aunque claramente relacionado al intendente (Caetano le mete al cómplice una gorrita partidaria de “Compromiso para el cambio”, nombre original del Pro). Cetarti, el forastero, le queda perfecto a Hendler: el uruguayo lleva al drama el personaje anodino y abúlico que suele hacer en comedia. El desinterés y la falta de contacto con lo que lo rodea, más allá del porro y los documentales de Discovery, es su motivación: quiere irse a Brasil para poder no hacer nada. Para eso tiene que conseguir guita y “aprende de Duarte (Sbaraglia) ”, como le dice Enzo, a rascar, a encontrar resquicios más o menos legales para conseguirla. Los billetes son un objeto importante, cada fajo es mostrado y manoseado por Cetarti, que los mete en un frasco de mayonesa ri-K y después en la urna respetada por los pueblerinos, ya vaciada de cenizas.

Duarte es la bajeza absoluta, no hay pecado que no le quepa. Es lo que se llamaba irónicamente “mano de obra desocupada”. Decía que la película andaba más allá de los márgenes: Duarte es la escoria de lo más oscuro y subterráneo de la represión de la dictadura. Apenas se menciona su pasado operando en Tucumán con la Fuerza Aérea, pero reaparece en el secuestro, la tortura y la violación. Como en El clan (la película del pobre Trapero es Disney al lado de esta) pasan las motivaciones políticas, quedan los métodos y es difícil diferenciar cuál es causa y cuál efecto.

Sbaraglia está al borde de la parodia con esa voz aguda y esa asquerosa complicidad campechana tan reconocible en el chanta argentino. Por suerte Caetano nunca le dio bola a la escuelita de la actuación mínima y de la ponderación de lo chiquito, debe saber que hay muchos escondiéndose de los sentimientos y de sus propias bajezas en ese supuesto refinamiento. Ahí está Sbaraglia con sus dientes machacados, con esa sonrisita cínica, con la miradita por arriba de los anteojos de aviación. Y está también esa Ángela Molina flaca y vieja (y Caetano no se privará de ponerle un arma en la mano), sentada delante de una pared toda manchada de la sangre de su marido, de su amante y del hijo de los dos. Y su hijo abriendo, bajo un sol tremendo, la tumba del hermanito muerto antes de que él naciera con su mismo nombre pero con otras debilidades. Y cuando se abre el hoyo vemos el cráneo, sin miedo a la parodia ni al exceso. Y las cabezas destrozadas de los muertos y al final el agujero descomunal que deja ver hasta los huesos en el cuello de Daniel (Alián Devetac). Agujero que absurdamente tapa Certati con la mano, avisándole que la va a sacar y lo va a dejar morir.

No es un error de tipeo, además de filmar, Caetano firma sus películas porque es un autor. Repite modos, temas, guiños sin abandonar el relato ni el clima. Esto es así tanto en sus películas “por encargo” (esta, por ejemplo) como en las más personales. Caetano ya tiene una obra, su producción puede ser leída en relación a sí misma. Para enriquecer esa lectura hay que tomar la obra completa, quererla y agradecerla. Sin embargo muchos críticos se pusieron a repetir ahora que Caetano volvió a lo que sabe hacer y que filma mejor por encargo. El reproche es a Francia, Mala y posiblemente a NK: El documental (Pizza, birra, faso y Bolivia están a salvo en el altar sagrado, gracias a Dios). Francia es una gran película y Mala es obviamente un experimento, una búsqueda y una confrontación con géneros vapuleados, de la que muchos de estos críticos solo pudieron hacer un chiste con el título como si ese juego de palabras no hubiera estado ya enunciado por la misma película. Pero más allá de eso, lo que está faltando es agradecimiento y respeto, no ya por el director, sino por los propios sentimientos. Si podés darte cuenta de que el tipo sabe lo que está haciendo, de que tiene un manejo cinematográfico total (ambiente, personajes, tramas y subtramas, narración, cinefilia), date un minuto para decir que en eso que no te llegó puede haber algo que no estás sabiendo ver o que hay que poner en relación con el resto de la obra. Querete un poco más, a vos y a tus placeres.

Acá pueden leer otra visión de la misma película por Marcos Rodríguez

El otro hermano (Argentina, 2017), de Israel Adrián Caetano, c/Leonardo Sbaraglia, Daniel Hendler, Ailán Devetac, Ángela Molina, Pablo Cedrón, Alejandra Flechner, 112′.