1. Estamos en problemas desde el principio. El título –El padre de mis hijos– está enunciado desde una primera persona que es claramente una mujer. Pero que no habla de ella, sino de otro, de un hombre –de ese que será padre y que la hará madre- y de los hijos. Ni un rastro de la mujer para empezar: importa el padre, el hombre, los hijos.

2. Reconozcamos algo: el título anuncia lo que la película cumplirá. Se pondrá el centro de su mirada en el padre, en los hijos, desplazando a la mujer al lugar de la enunciadora de la historia. Y nada más.

3. La primera escena parece ir en otra dirección. Una pareja en pleno acto sexual. La mujer le pide a su compañero que se ponga un preservativo, éste se niega. El acto sexual termina abruptamente: ella argumenta que no quiere quedar embarazada. Parece que la decisión está en ella, aún cuando el hombre insiste. “Por una vez que cogemos”, le dice Gastón (Javier Drolas) a Eva (Mora Recalde), poniendo en ella la responsabilidad de acabar con el espacio de placer. Pero también poniendo de relieve que, para el hombre, las consecuencias no importan. Es solo el cuerpo de una mujer. Lo que pasa con ella no es de su incumbencia ni se observa ese desdén desde una perspectiva crítica.

4. La pareja se rompe, la situación parece ser el corolario de molestias que no conocemos y que se arrastran desde antes. Eva deja a Gastón, se va de la casa que comparten. Sin embargo, algo parece no cerrar en el final de esa escena. Que Eva llame a Gastón para que le ayude a poner en marcha el auto parece preanunciar lo que va a venir.

5. El recorrido de Eva durante esa noche la lleva de regreso a los espacios familiares. La casa de la hermana primero, invasión a un espacio ocupado por un hombre que instala la imposibilidad de la hermana por ayudarla. La casa de los padres, después, donde recala finalmente. Lo que escuchamos del padre (Horacio Fontova) –la idea de organizarle una fiesta de cumpleaños a Eva- y de la madre –que cuestiona su relación con Gastón- la devuelve a un territorio cifrado en la adolescencia. O, lo que es lo mismo, volver a un estado donde los procesos de decisión se mezclan entre los ¿deseos personales? y la imposición familiar.

6. La primera vez que vemos a dos personajes laterales femeninos –su hermana Alicia (Paula Carruega) y su amiga Laura (Romina Richi)-, ambas ponen el sexo en el centro del relato. Pero ese ingreso de lo sexual en el diálogo es ilusorio: no importa el sexo como deseo de la mujer, sino el enaltecimiento del sexo masculino. La hermana habla del pene de su pareja como un Aconcagua que debe escalar; Laura, en cambio, cuando ve en la puerta de la escuela a quien fue su amante ocasional, más que hablar de su propio placer, se concentra en resaltar “cómo se mueve” el hombre.

7. Las dos mujeres, aparentemente liberadas de la presión social –una vive sola, la otra con su hija- terminan buscando lo mismo: un padre para sus hijos. El rápido embarazo de la hermana lo confirma. Y la recurrencia de Laura a la necesidad de un padre que contenga la rebeldía de su hija Indiana (Margarita Páez), despoja de todo interés su esfuerzo como madre tratando de educarla. La madre ya no importa: es sólo el receptáculo donde crece el futuro bebé, es quien debe hacerse cargo de la educación de los hijos. Pero lo que necesitan es un padre. O lo que es lo mismo: un hombre.

8. Lo que no aparece en la película es una presión social sobre Eva hacia el embarazo. Que en su cumpleaños número 38 la hermana anuncie el suyo no parece generar una presión, sino una puesta en segundo plano del personaje en la escala familiar. La presión se la genera Eva por la edad o por motivos que la película no se molesta en explicar o siquiera sugerir. ¿Qué es lo que lleva a esa mujer que no quiere quedar embarazada a que al poco tiempo busque desesperadamente tener un hijo? No lo sabremos nunca. Pareciera que la comedia por sí misma no debe justificar las razones por las cuales se establezca una relación mínimamente lógica entre los hechos.

9. El pasaje no tiene transiciones. Su amiga Laura le sugiere una aplicación para “buscar chongos”. Pero si el enunciado pone en primer lugar lo sexual, cada uno de los encuentros en pantalla se frustran por las dificultades que cada uno de los hombres expresa en relación a su fertilidad. Deja de importar el placer, incluso la posibilidad de una relación de pareja: lo que importa es concebir, responder a un mandato social que de pronto está internalizado en el personaje. Una mujer, al fin, viene al mundo para procrear.

10. El deseo de la mujer queda reducido a la concepción. Una escena en el comienzo puede llamar a confusión, cuando el ocasional amante le practica un cunnilingus en el auto –lo cual generará un desagradable comentario del mismo personaje en público, más avanzada la historia. La escena es sintomática de los problemas del discurso que sostiene la película. En la primera parte, los dos están bebiendo en un bar y él le propone hacer lo que ella quiera. El corte lleva a la escena en que están en el auto, con ella practicándole una felación (¿eso es lo que ella quería hacer? ¿responder al deseo o la fantasía del otro?). En aquel final de la escena tampoco es ella quien expresa lo que quiere, sino que de nuevo es el hombre el que impone lo que hay que hacer.

11. El modelo se repite cuando entra en el juego el personaje de Gonzalo (Julián Lucero), su ginecólogo, quien confiesa a Eva que ella le gusta. Cuando Eva va a tener sexo con Gonzalo en su consultorio, no parece partir de un deseo personal –en la cita previa ella termina yéndose y dejándolo solo- sino por un doble motivo: para quedar embarazada y para cumplir con el deseo del hombre.

12. Que disfrute –al menos eso parece- de las situaciones sexuales no implica que su deseo esté puesto en primer lugar. Por el contrario, desconocemos qué quiere Eva de la relación con un hombre, que busca o qué necesita de ellos. Eva se transforma en pura superficie en la que los hombres escriben sus propios deseos, sobre el cual imponen lo que ella debe hacer. Gonzalo desecha, casi con desprecio, el semen congelado que Eva lleva para ser fertilizada. Pablo, el joven alumno, la impulsa a irse con él a la casa en el Tigre –y con el argumento de que él es distinto al resto de los hombres. Su propio padre, la lleva a jugar al tenis como en la infancia y la impulsa a ayudar a su hermana porque ella es más fuerte. Eva no se resiste nunca: deja en claro que es una mujer sin deseos propios, que reduce su vida a seguir, a obedecer las decisiones de diferentes hombres. Ningún esbozo de crítica aparece en la película a esa situación de su personaje central: peor aún, se construye la comedia alrededor de esas características.

13. Si hay un momento en que la idea de la película respecto del lugar de las mujeres queda claro es en la visita a la casa de su hermana. Le cuenta que está saliendo con alguien que le ha confesado que se masturba antes de verse con ella. La hermana no tiene una opinión ni la permite de Eva: llama a su pareja para que, como hombre, dé una opinión definitiva. El criterio del hombre se impone nuevamente sobre el de las mujeres.

14. Ni siquiera Indiana, la hija de Laura, que parece exhibir una rebeldía a toda prueba, permite otra opción. En la escena en la que Laura la conmina a quedarse encerrada en la habitación, de nuevo es el hombre el que asume el lugar de la resolución de problemas. Gonzalo va a hablar con ella, que le saca el dinero de la billetera y vuelve dócil al living donde le pide perdón a su madre y le da la razón cuando dice que necesita un padre. El dinero actúa como elemento de reacomodamiento, pero hacia Eva y la madre, la aparición de un hombre parece restaurar por arte de magia un equilibrio perdido. Aquello que las propias mujeres, dice esa escena, no son capaces de resolver.

15. El padre de mis hijos es una película vieja, al borde de lo reaccionario. Presenta a las mujeres como lo hacía el cine argentino hasta mediados de la década del 90, negándoles lugar y opinión. Ni siquiera su planteo es demasiado distinto del de Rompecorazones, una película de Jorge Stamadianos de 1992: en ella, una mujer al borde de los cuarenta busca desesperadamente quedar embarazada y termina recurriendo a un ladrón que entra en su consultorio, altamente fértil, para lograrlo. Las referencias de la película de Martín Desalvo no están dadas justamente por la comedia moderna, sino por los relatos pauperizados del cine argentino de la década del setenta. Lo cual se nota especialmente en las escenas sexuales, torpemente filmadas para que no quede ni un rastro de desnudez. Filmadas en  fuera de campo –mostrando, por ejemplo, unos pies que se mueven en la cama-, o quedando ocultas detrás de algún objeto –un sillón, por ejemplo- exhiben un pudor exagerado que recuerda la picaresca de hace cuatro décadas, que al menos tenía la excusa de querer evitar la censura de la época. Aquí no hay nada de eso. Pero eso sí, una escena en el comienzo, en el que, nada sutilmente, el sexo de la mujer queda tapado por un cactus. Después de pensar al sexo de la mujer como espinoso, lo que hace doler, no es posible esperar demasiado más de la película.

16. Una semana antes de esta película se estrenó Invisible, que también pone a una mujer en relación con la maternidad en el centro del relato. Pero la Ely de la película de Giorgelli es puro cuerpo cruzado por la duda puesto en pantalla todo el tiempo. Ely decide sobre su cuerpo, no acepta la irrupción del otro, mientras en paralelo se revela la imposibilidad de todo diálogo. En la película de Desalvo, la mujer no toma decisiones por sí misma y la película sostiene una mirada de dominación masculina y del mandato familiar. La mujer como un cuerpo que tiene internalizado su realización a partir de la reproducción. La reproducción como paso inescindible de la conformación de una estructura familiar. El mandato social se impone: la felicidad de la mujer se reduce a la maternidad –véase la cara de las dos hermanas cuando nace el bebé, o la línea de diálogo de Eva cuando cree estar embarazada y va a ver a Gonzalo “Hacé lo que quieras, vos sos médico, yo soy madre”-. La rebeldía ante el mandato social y familiar no existe. La película quiere cifrarla en el final cuando Eva logra hacer arrancar el auto sin intervención de su pareja o de su padre, o cuando se dedica a tocar el bajo y componer en su casa. El problema vuelve cuando vemos que su primera canción se llama “Canción para Pablo”, reafirmando que todo lo que hace es para un hombre, no para ella misma. En tiempos tan revueltos y de tanta militancia por los derechos de la mujer, una película como ésta es, ideológicamente, un paso muy atrás en esa batalla, en tanto reafirma una forma de seguir mostrando una imagen de mujer que no se condice con los tiempos que corren.

El padre de mis hijos (Argentina, 2018). Dirección: Martín Desalvo. Guion: Alejo Flah, Agustina Gatto. Fotografía: Nicolás Trovato. Edición: Agustín Rolandelli. Elenco: Javier Drolas, Romina Ricci, Mora Recalde. Duración: 85 minutos.