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Asistimos al reinado de las familias no convencionales. Si en algún momento del siglo pasado hubo algo así como una “familia tipo” –ya saben: mamá y papá y dos o tres hijitos encadenados por siempre jamás- podemos irnos olvidando pues ya no existe más. El acta de defunción se firmó en la década del 60 y el mundo occidental en pleno asistió al sepelio durante esos años de gris retroceso que la mercadotecnia académica francesa bautizó con el ostentoso nombre de “posmodernidad”.  Durante su etapa más álgida, el neoliberalismo, un sinónimo menos careta para referirse al mismo fenónemo, trajo aparejados cambios vertiginosos como nuevas leyes de divorcio, nuevas formas de trabajo pauperizado y nuevas corrientes migratorias que a la larga acabaron por producir sociedades más abiertas e inestables y, también, en algún sentido, no tan hipócritas. (Aunque sea por justicia estadística, algo positivo se tenía que poder rescatar de aproximadamente tres décadas de derrotas ininterrumpidas). 

Pero El pasado, del director iraní Asghar Farhadi, no es una película con temática sociológica ni mucho menos, si bien muchas de estas cuestiones configuran su telón de fondo y funcionan como un vago sonido ambiente. El pasado es, por sobre todas las cosas, una película contemporánea que tematiza con un ojo quirúrgico la manera en la que el pasado nunca pasa sino que sobrevive en el presente y moldea, de un modo u otro, los días que nos quedan por vivir. Esta cualidad quirúrgica se nota particularmente en la construcción de los personajes. El argumento se centra en tres personajes principales: Marie (Bérenice Bejo, nominada al Óscar como mejor actriz de reparto en 2011 por El artista), su futuro ex marido, Ahmad (Ali Mossafa), y Samir, la actual pareja de Marie (Tahar Rahim, el pibe que en 2009 se comió el mundo con Un prophète de Jacques Audiard).

La historia arranca con la llegada de Ahmad a Francia, directo de Teherán. Ahmad ha venido sólo por unos días, para terminar los trámites del divorcio, y Marie le ha pedido que, mientras tanto, se quede en la casa que están remodelando con Samir. Allí viven, además de la pareja, las dos hijas de un matrimonio previo de Marie, Lucie y Léa, y Fouad, el hijo de 9 años de Samir. Es una convivencia tirante y llena de conflictos, como pronto descubrirá el resignado Ahmad, único personaje que logra mantener la calma durante toda la película, con una buena onda y una serenidad mental poco comunes si consideramos que viajó miles de kilómetros con el único propósito de firmar los papeles que autorizarán a su mujer, a quién no ha dejado de querer completamente, a casarse con otro tipo.

Sin embargo, hay muchas cosas de las que Ahmad no está al tanto. La primera y principal es la situación de la esposa de Samir, que se encuentra en un estado de coma profundo, debido a un intento de suicido tras descubrir que Samir la engañaba con Marie. En realidad, ninguno de los personajes está cien por ciento seguro del motivo de ese coma, pero la situación les es suficiente para amargarles la vida. Especialmente, a Lucie (Pauline Burlet), la hija mayor de Marie, que desde entonces odia a su madre y a su futuro marido por la impunidad con que siguen adelante con su relación.

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Esa muerte en suspenso, representada por el cuerpo ausente de la esposa de Samir, ese limbo permanente y ese malentendido brutal y sin arreglo posible, actúan como el ojo de la tormenta en torno al que gira cada vez más rápidamente la historia. En el medio, cada cual intenta, a los tumbos, como puede o le sale, seguir con su propia vida: Marie y Ahmar, quienes trabajosamente buscan constituir una nueva familia, Lucie que sólo quiere escaparse de la culpa y de su casa, no ver más las caras de su madre y de su nueva pareja, o el pequeño Fouad, que reacciona de la única manera en que puede reaccionar un nene que intuye que su madre está casi muerta.

El pasado ostenta la rara virtud de mantener un nivel de tensión dramática muy elevado y parejo, mientras desgasta metódicamente la psicología de sus protagonistas sin permitirse en ningún momento estallar ni caer en la sensiblería estúpida o en los ríos de lágrimas al estilo Meryl Streep cuando no está inspirada. El pasado opera reconcentrando la tensión, no se expresa a los gritos, no ofrece descomunales muestras de dolor y emoción, sino que mira con bronca y putea por lo bajo, juega con los silencios y los malentendidos, a medida que Asghar Farhadi, director y guionista, va dejando pasar una y otra vez cualquier oportunidad de un desenlace fácil y melodramático.

El pasado (Le passé, Francia, 2013), de Asghar Farhadi c/Bérénice Bejo, Tahar Rahim, Ali Mosaffa, Pauline Burlet, Elyes Aguis, Jeanne Jestin, 130’.