Todos quieren un pedazo de Zama, no solamente los indios que acechan a los conquistadores, escena que se vislumbra por un momento con la cámara de Abramovich y donde se logran escuchar las órdenes de Martel a los gritos mientras los indios entran y salen de plano en medio de esos pastizales con el cielo de fondo color turquesa. Así se alternan escenas interesantes y otras no tanto, hasta llegar a tener por varios minutos a Martel en plano mirando lo que sucede en el set, que para nosotros se presenta en off. Tal vez lo más aburrido de la película, ver la reacciones de ella a algo que no podemos determinar es definitivamente aburrido.

Años Luz, la película de Manuel Abramovich, transcurre en el set de Zama, con Martel como figura refulgente; en los créditos aparece como productora, junto a Almodóvar como coproductor. La película abre con el primer mail tímido en que el director le propone filmar, que sea la protagonista de su película, a lo que Martel le responde que está a años luz de poder ser protagonista, pero que igualmente le gustaría conocerlo. Un punto de partida singularmente simpático.

Martel es una mujer común y corriente, por ahí pita un habano, pero nada más. Lo más lúcido es su cine o ella hablando del mundo. Sin dudas los mejores momentos son cuando dirige actores y podemos apreciar en plano el intercambio. Una escena, en particular, rigurosa, con Daniel Veronese repitiendo varias veces el texto con mínimas variantes que Martel ordena con raigambre, es sin duda el mejor momento de la película. No le encuentro mucho sentido de ser a un documental de observación sobre una película, aunque sea Zama, cuando hay poco material y sin acceso a todo el set. Particularmente detallado en medio del metraje, la comunicación en la que, otra vez por mail, Abramovich le dice que le gustaría continuar filmando pero que entiende sus molestias.

En los días del estreno, mientras parte de la crítica se debatía entre si era una obra maestra o una mierda calculadora -como la mismísima encarnación de la “grieta”-, la película sumaba tantos detractores como adoradores, pero, al menos entre la crítica, dejaba al desnudo intereses personales que poco tenían que ver con las cualidades cinematográficas y mucho con competir a ver quien puede interpretar más profundamente los signos, o quien es el primero en descubrir, venerar o desenmascarar a la película fetiche del momento.

Todos quieren un pedazo de Zama, muchos cineastas, Vicuña Porto, los cinéfilos, por odiarla o por amarla, todos quieren parte de ese hecho cinematográfico.

Nunca tuve especial predilección por el cine de Martel, vi todas sus películas en el cine en sus respectivos estrenos y si bien pude ver con claridad el virtuosismo del manejo del lenguaje, no encuentro una empatía natural con sus contenidos, con sus formas, no sé muy bien qué, ni cómo describirlo. Hasta la llegada de Zama, que parece tener otra pátina, otras texturas más abstractas, la búsqueda de la identidad o el extravío todo; hay algo que funciona conmigo como ninguna otra de sus películas. Una funcionalidad indeterminadacasi desde su concepto, apoyada fuertemente en su diseño de sonido que nos acerca de manera diferentes a las imágenes y ciertos puntos específicos que están muchas veces fuera de campo. El tono del sonido, el nivel de amplitud que la naturaleza tiene dentro de las imágenes, que se cuela por el timbre y las texturas distribuidas en espacios y tiempo constituyen una pieza disímil y asombrosa. Casi como un mantra, la película vibra circularmemente en una especie de ruido blanco con imágenes que se traduce en una sensación más que en nada, poco perceptible desde las ideas concretas. Martel desarrolla una sensación propia sobre la obra de Di Bennedetto, una idea primaria que permite introducir el universo absorto de Martel.

Al final de la película, Abramovich vuelve a poner en pantalla el intercambio final en el que Martel le dice que le gustaría sugerirle algunos cambios, cuestión que funciona de forma ambigua al ser productora de la película. Igual poco importa todo lo que se diga o muestre sobre Zama.

Yo también pretendía una parte de Zama.

Años luz (Argentina, 2017). Dirección: Manuel Abramovich. Duración: 75 minutos.