Desobediencia es la última película del director chileno Sebastián Lelio –tras Gloria (2013) y Una mujer fantástica (2017)-, pero también la primera en habla inglesa, lo que le permite una penetración mayor en la industria cinematográfica internacional. Además, cuenta con un casting de estrellas de Hollywood como Rachel Weisz y Rachel McAdams.

En el inicio de la película asistimos a una típica ceremonia judía en la que un envejecido rabino -el más reputado dentro de esa pequeña comunidad ortodoxa- versa sobre el libre albedrio, la posibilidad de elegir hacer el bien o el mal, y fundamentalmente sobre la libertad que se nos concedió para escoger cómo actuar. No es casualidad que las palabras que pronuncia el rabino Krushka sean en torno a este tópico, dado que ese es justamente el eje central de la película: ¿Elegimos? ¿Somos presos de nuestras creencias? ¿Cuánto influye nuestro entorno en nuestras decisiones? ¿Hacemos lo que queremos o lo que debemos? ¿Cuál es el precio de nuestra libertad? Estas son solo algunas de las miles de preguntas que aparecieron en mi cabeza mientras escuchaba las palabras del rabino. Mientras se invoca la libertad, me pregunto si la libertad existe en ese contexto. En principio, eso resulta bastante inquietante y es justamente esa atmosfera enrarecida, ambigua, opaca la que atraviesa toda la película.

La escena inaugural concluye con el deceso del viejo rabino, lo que resulta el puntapié para el desarrollo de la narración. A partir de ese hecho, se produce el retorno de su hija Ronit (Rachel Weisz), que vive en Nueva York, exiliada de Londres y de aquella aldea judía. Al regresar a su pueblo, Golders Green, para despedir los restos de su padre, debe volver a insertarse en esa sociedad que la expulsó. Allí se reencuentra con Esti (Rachel McAdams) y Dovid (Alessandro Nivola), con quienes en la infancia conformó un trío inseparable, pero también con la hostilidad de sus familiares y conocidos que no esperaban verla en el entierro de su padre.

Es claro que hay algo en Ronit que no encaja, que no se acomoda a las costumbres de esa comunidad. Su estilo de vida en la gran metrópoli se distancia del ideal de mujer propuesto por la ortodoxia: es un espíritu libre, y que además no se ha casado. Evidentemente rompió las reglas de la religión, siendo, en consecuencia, excomulgada. La transgresión que la aisló de todo contacto parental fue la concreción de un amor prohibido. Ronit y Esti tuvieron una relación que fue descubierta precisamente por el rabino Krushka y es una historia conocida por todos en aquel pueblo de normas estrictas.

Ambas protagonistas femeninas se presentan como opuestas complementarias: Ronit parece ser emblema de rebeldía, libertad; es quien abandonó las costumbres y construyó su vida en la gran ciudad lejos de los suyos, para los cuales es una oveja descarriada. El personaje de Weisz, al igual que el de Daniela Vega en Una mujer fantástica no solo desafía a su entorno sino la cultura en la creció como algo dado. En cambio, Esti se queda en la comunidad, se amolda al mundo en el que nació a pesar de sus sentimientos, se mantiene bajo el mando de su marido. Es, en apariencia, un ser oprimido sin brillo propio. Se la presenta artificialmente “rehabilitada” gracias a haber contraído matrimonio con Dovid, como si el casamiento fuera suficiente para aplacar sus pasiones. Por más opuestas que resulten a primera vista, resultan semejantes: las dos son seres en soledad, insatisfechas, nostálgicas, rotas. Necesitan la una de la otra para encontrar el equilibrio, para estar bien, para funcionar. No sabemos precisamente cuánto tiempo permanecieron separadas, pero sí llegamos a percibir que fueron muchos años en los que nada cambió, todo está idénticamente estancado, al igual que ellas.

En Esti, el deseo femenino aparece como algo inexistente. La mujer pierde su identidad al punto de ni siquiera portar su apellido. Esti, no solo no puede hacer uso de su sexualidad de manera plena -por estar condicionada por la práctica religiosa-, sino que tampoco puede hacer pequeñas acciones cotidianas –a priori irrelevantes- que le dan placer. Esta situación cambia hacia el final de la película donde el deseo de las mujeres será un fuego imparable que lo consume todo.

El ritmo de la narración es pausado. Lelio se toma su tiempo para explorar cada situación. Las escenas son largas y repletas de detalles, los diálogos están inundados de enunciados potentes y desafiantes del statu quo. En la película prolifera una atmosfera opresora, los personajes parecen respirar con cierta densidad. El clima londinense, gris, brumoso parece extenderse a la personalidad de los personajes y a los ambientes, luciendo todo sombrío. Es frecuente la utilización de primeros planos en los que la pantalla queda casi cubierta por los rostros o detalles de los personajes. Estos planos parecen sacarte el aire.

Un gran aporte es la extrema franqueza con la que se maneja el trío protagónico. Generalmente, en los melodramas estamos expuestos una maraña de mentiras y enredos, acá todos saben todo. Dovid sabe del amor que existió entre Esti y Ronit. También sabe que al reaparecer Ronit su matrimonio -construido para el afuera- se derrumba. Es por esto que, estando en conocimiento pleno de lo que está sucediendo, debe tomar una decisión compleja: dejar libre a su mujer o vivir en una mentira. Esti no tiene tapujos en recordarle a su marido de quien está verdaderamente  enamorada y que eso es algo que no cambió en todos esos años de ausencia. Más allá de las dificultades que esto tenga, los personajes se hacen responsables de lo que sienten, y se hacen cargo de las consecuencias.

Con Disobedience, Lelio reincide en la temática LGBT, tópico explorado con frecuencia en los últimos años, no solo con mucho éxito, sino también con grandes aciertos, como es el caso de La vida de Adele (Kechiche, 2013) y Llámame por tu nombre (Guadagnino, 2017). Desobediencia no deja de ser un melodrama atípico, con una mirada que se funda en la idea de libertad, insistiendo en la igualdad, el respeto mutuo y la auto-valorización. Lelio continúa explorando universos que hasta hace poco eran dejados de lado, impulsa la visibilización de minorías solapadas por la estructura patriarcal en la que estamos inmersos y nos recuerda que desobedecer a veces es necesario, e incluso inevitable.

Desobediencia (Reino Unido, 2017). Dirección: Sebastián Lelio. Guion: Sebastián Lelio, Rebecca Lenkiewicz. Fotografía: Danny Cohen. Edición: Nathan Nugent. Elenco: Rachel Weisz, Rachel McAdams, Alessandro Nivola. Duración: 114 minutos.