Por Luciano Alonso
Un hombre no es sincero cuando habla de sí mismo, dale una máscara y dirá la verdad.
Oscar Wilde
La tecnología se vuelve cada vez más sofisticada y habilita la posibilidad de un tipo particular de espionaje que supera las fantasías conspirativas del más paranoico. A través de mecanismos de control efectivos y reales, se puede almacenar y registrar, de manera masiva, todas las comunicaciones que mantiene un individuo. Utilizar una computadora o un teléfono celular es consentir esa vigilancia. Es cierto que siempre ha existido la posibilidad –accidental o programática- de obtener beneficios de la información, y que siempre ha habido fugas, mentiras, encubrimientos, ficciones; sin embargo, el gran problema de fondo siempre es de orden social, político y económico: quiénes detentan el poder y qué uso hacen de ese ejercicio. 

En la historia (breve y terrible) de la humanidad, no es raro que los intereses económicos de una minoría decidan sobre el destino de un país entero, en detrimento de la conveniencia de la mayoría. En el espectacular e imprescindible cómic Watchmen, Alan Moore resume la idea en una hermosa frase: “Who watches de Watchmen?” (algo así como “¿quién vigila a los vigilantes?”). El espionaje informático es, entonces, la consecuencia lógica de una sociedad neurótica y enferma que privilegia un modelo de vida impuesto por un sector, donde prevalece el egoísmo y la vanidad, y donde las nuevas tecnologías habilitan nuevas disfuncionalidades sociales.
El quinto poder es una película que, sin ahondar en todas estas cuestiones, acusa recibo de la importancia que tienen; intuitivamente, opera en dos direcciones simultáneas que plantean una paradoja encantadora: por una parte, erige un discurso que intentaría demostrar que la revolución no puede convertirse en un espectáculo mientras que, por otra, convierte ese mismo discurso en un espectáculo. Es decir, en una película de Hollywood. Materialmente imposible, la película se transforma en una paradoja absoluta y total, y su mejor acierto es confirmarlo. Hacia el final, cuando las exigencias de la narración imponen conclusiones, admite su propia imposibilidad, su propia ineficacia. Esta observación no debe entenderse como una crítica, sino como un extraño cumplido.

Detrás de cada teléfono celular, detrás de cada computadora, se esconde una red de intrigas y ambiciones: fantasías ciberpunks que se vuelven auténticas. Todo indica que el alcance y la dimensión de la conciencia trasciende los límites propuestos. La naturaleza caótica del deseo responde a un sistema cuantificado y cuantificable que se convierte en tema de discusión y especulación financiera. Asistimos a una era de cambios. La revolución es un proceso en marcha. La pregunta es si estamos formando parte activa o pasiva de los hechos, ya que resulta innegable que el cambio de paradigma está en pleno desarrollo.
Assange, interpretado por Benedict Cumberbatch, es la mente maestra detrás de WikiLeaks, el famoso sitio de internet que revolucionó el periodismo (y la manera en que la información circula y en que los individuos se relacionan e involucran con esa información). La propuesta, aunque simple, fue tremendamente efectiva y giró en torno a la posibilidad de brindar un espacio virtual para que los usuarios difundan información de manera anónima, masiva y directa, sin filtros ni censura (aún en caso de que dicha información perjudicara el interés de otros). Así planteado, no parece algo muy diferente de lo que internet siempre ha sido. Salvo por el hecho de que la información, incluso en internet, no circula tan libremente como suponemos.

El caso WikiLeaksvendría a demostrar que la censura es un hecho y qué pasa cuando cierta información que debía permanecer oculta, sale a la luz. Basta con mencionar el caso de Bradley Manning –caricaturizado con innegable encanto en la película-, quien fue un soldado del ejército estadounidense que filtró, a través de WikiLeaks, miles de documentos clasificados acerca de las guerras de Afganistán e Irak, incluidos numerosos cables diplomáticos de diversas embajadas estadounidenses. El mito dice que logró filtrar dichos documentos a través de un CD regrabable, que llevaba escrito “Lady Gaga”. Si los medios de comunicación representan el cuarto poder y, desde que la tecnología digital es un asunto masivo, internet representa el quinto poder, el problema con estas nuevas rutas de circulación de datos, según las declaraciones de Assange, es la vigilancia.
Lamentablemente, la película se empantana cuando intenta desentrañar el enigma de la personalidad de Assange y de su colega, Daniel Berg, como si eso fuera efectivamente relevante. Se convierte, así, en otra película cobarde, realizada con la tibieza característica de quienes hablan sobre el fuego, pero no se acercan demasiado. ¿Qué importa si Daniel Berg tiene sexo con su novia o no? ¿Qué me importa a mí si Assange baila como pulpo en la pista de baile o no? ¿Es relevante todo esto cuando se supone que el asunto pasa por otro lado?

Parece que no somos capaces de detenernos a analizar un fenómeno como éste, con toda la complejidad que representa. Necesitamos distraernos. Somos intelectualmente tan, pero tan, perezosos que basta una pequeña distracción para olvidarnos de toda gravedad posible. Lo curioso es que este asunto está más relacionado con una dinámica neurológica que con cuestiones culturales. No somos capaces de mantener la concentración demasiado tiempo. Así que, finalmente, se impone el caos sobre el orden. El caos de la opinión generalizada y diletante.
La ficción y la realidad pierden importancia. Y puede que Assange no tenga razón, por la sencilla razón de que se tiñe el pelo. Como espectadores, somos manipulables. Pero, además de ser manipulables, somos vanidosos. Y nuestra vanidad es creer que no somos manipulables. Y así es como nos controlan. Y nos mantienen obedientes.

NOTA: Para escribir esta crítica, he consultado el siguiente libro:
*Assange, Julian (2013) Criptopunks. La libertad y el futuro de Internet. Buenos Aires, Argentina. Marea Editorial.

El quinto poder (The Fifth Estate, EUA, 2013), de Bill Condon, c/Benedict Cumberbatch, Daniel Brühl, Carice van Houten, Laura Linney, Stanley Tucci, 124’.