Cecil iba a mil. La secuencia del circo romano filmada por Cecil B. De Mille en El signo de la cruz es una de las mejores demostraciones de espectáculo sádico para todo público. Sin repetir y sin soplar se suceden, ante la atenta mirada del basto Nerón de Charles Laughton flanqueado en su trono por un efebo fibrosa pero afeminadamente homosexual, gladiadores que se destrozan las mandíbulas con puños que ostentan puntas de acero, primeros planos de tigres que destrozan hombres no sin ser sobreimpresos antes por De Mille al rostro de una hembra lasciva de la platea, mujeres desnudas que (des)esperan atadas el ataque de lagartos y gorilas, y una fenomenal batalla entre amazonas fellinianas y enanos deformes salidos de Freaks de Tod Browning que culmina con ensartes varios y decapitaciones por ambos bandos, mientras la colosal grúa hollywoodeana -hoy tan sólo bollywoodeana- se recrea en el espectáculo con el paneo interminable de un decorado que a Griffith y a Pastrone juntos les hubiera parecido una exageración. Corría 1932 y, unos pocos fotogramas antes, Claudette Colbert se bañaba en leche con una de sus amiguitas mientras los leones se comían a los cristianos sin demasiado remordimiento. En el mismo año Mamoulian filmaba la conversión del Jekyll de Fredric March en Mr. Hyde (mientras Mr. Hays ya estaba escalando el Sinaí de la industria para que el dedo del Dios Mammón le redactase las tablas del Código) después de atender a una Myriam Hopkins más desnuda que cualquier actriz americana de los próximos treinta y cinco años, y sostener el balanceo de su pierna sobreimpreso en la pantalla durante casi un minuto.