El sonido de los tulipanes: lo policial sobre lo político, por José Luis Visconti

La historia de El sonido de los tulipanes puede contarse de la siguiente manera: Tonio (Roberto Carnaghi), antiguo militante de izquierda, está reuniendo pruebas que exponen a sus ex socios de la época guerrillera como parte de un entramado en el cual, por debajo de la explotación del negocio de la recolección de residuos, se potencia un gran negocio inmobiliario a costa de un asentamiento popular. Una noche, Tonio es encontrado muerto en la bañera de su casa, vestido de mujer, y su pareja Alicia (Ana María Castel) sospecha que ha sido asesinado. Contada de esa manera, esa historia es una ficción política, a partir de los nexos que se pueden establecer entre el poder real representado por el dinero y el nominal establecido en la forma de un gobierno aunque no se lo mencione de manera explícita.

El planteo de una ficción política implicaba poner en el centro a Tonio, o alguno de sus socios como Bertolini (Gerardo Romano), para contarla desde esos personajes. Pero en El sonido de los tulipanes ambos personajes son secundarios. El protagonista –que marca el punto de vista de la historia- es Marcelo Di Marco (Pablo Rago), hijo de Tonio, con quien desde hace un tiempo no tenía una buena relación. Pero por sobre todo, Di Marco es periodista. La introducción de la figura del periodista instala una narrativa diferente, en la cual la dinámica de la profesión se funde con el lugar que ocupa como hijo de Tonio. En un punto, a Marcelo no le interesa ese nudo político que se intentaba desatar (de hecho, señala en un par de oportunidades que su padre deliraba), sino saber qué es lo que pasó. No importa, en fin, la investigación de lo político (dice que su padre era muy hábil para escribir sobre lo que no es real; lo acusa de no saber lo que pasa en las calles), sino de la materia periodística que implica determinar si una persona se suicidó o fue asesinada y quién fue, en ese caso, su asesino.

Esa diferenciación que proviene de lo periodístico se traslada a la película como un desplazamiento que involucra lo genérico. La intriga política que es la base de toda la historia queda a un lado, y en todo caso, cuando se la retoma esporádicamente, se tiende a la dispersión en personajes y situaciones cuya relación no quedan del todo claras. La ficción política cede su lugar a la intriga policial. El interés se centra entonces en la aparición de datos o pistas que pueden llevar al asesino de Tonio y no a la construcción de una historia que alude a la reconversión empresaria de algunos ex jefes de la guerrilla armada producida en los años 90 y a la implicancia que ese movimiento tuvo en la escena política.

En ese desplazamiento, lo que se provoca es una situación perjudicial para toda la película. Cuando el dato político deja de ser importante, lo que ocurre es que la trama policial vuelve intercambiables los datos que la sostienen. Si deja de importar el motivo que generó una situación, como ocurre aquí con la relación entre Tonio y Bertolini, ese motivo puede ser reemplazado por cualquier otro, sin que se altere el funcionamiento genérico en el que se asienta. De esa decisión surge que no quede claro, incluso, que la historia transcurra en 2001 como se ha señalado: en todo caso, la fecha es intercambiable porque es difusa en su formulación y porque no tiene ningún anclaje temporal que permita fijarla. Ni el momento histórico, ni las referencias políticas tienen algún peso en la narración, y dejan de interesar porque lo que importa, a fin de cuentas, es la resolución del enigma policial.

Ante esa deformación de la idea original, es el periodismo como forma lo que se pretende enarbolar como eje de sustentación. Pero en ese punto El sonido de los tulipanes confunde el guiño cómplice al espectador con la referencia explícita que se vuelve burda y contraproducente. No es necesario mostrar que Di Marco trabaja en un diario que se llama Paladín, cuyo lema es “Un guardián contra la corrupción”. No aporta nada ver a Carrizo (Bernarda Pagés), la jefa de Di Marco, en una reunión de sección, hablando de que “hay que hacer explotar todas las bombas juntas” e instando a sus subordinados a que “presionen y manipulen” para lograr una noticia. Tampoco mostrar que el canal de noticias se llama “NT”, o que veamos las tapas de Paladín y tengan el mismo diseño que Clarín. Si el objetivo de la historia era mostrar la manera en que un medio de comunicación trabaja sobre las noticias, no es necesario escuchar a Carrizo recibiendo órdenes superiores para frenar la supuesta investigación de Di Marco, ni ver la tapa en la que exponen la foto de Tonio muerto en la bañera con el título “Mariposa Tecnicolor”. En todo caso, esa mirada habla peor de los periodistas que del medio, si uno se atiene a las reacciones de Di Marco ante lo que ocurre: el diario y su jefa se vuelven detestables cuando frenan su investigación pero se redimen en el final con el titular relacionado con Bertolini. Lo que esa mirada omite es que el medio no cambia, se adapta a las situaciones como un método, ya no de supervivencia, sino de orientación de la opinión pública. Lo que se ve es la práctica habitual, no la excepción. En ese camino, la película se convierte en aquello que pretende cuestionar en un principio sobre el periodismo (en especial cuando Tonio critica a su hijo por lo que escribe): no se interesa, al igual que los medios, por llevar a fondo la investigación de los entramados de poder, sino exhibir la muerte, los cuerpos despojados de su significación política.

El sonido de los tulipanes pierde su potencialidad desde el momento en que prefiere refugiarse en el antagonismo entre padre e hijo y cuando, para compensar su corrimiento genérico, suma un conjunto de personajes cuya lateralidad implica un peso narrativo nulo –los narcos de la villa, el pintor, el cura acusado de violador- o que obligan a forzamientos exagerados en la trama –el Laucha (Gustavo Garzón), Carolina (Calu Rivero)-. Lo que queda es lo que la película pudo ser si se hubiera animado a aquello que señala Di Marco en relación con la muerte de su padre; es decir, revolver en la basura para encontrar algo. Y lo que en definitiva termina siendo, pura superficie genérica que no puede salir de sus propias confusiones.

Calificación: 4/10

El sonido de los tulipanes (Argentina, 2019). Dirección: Alberto Masliah. Guión: Alberto Masliah y Hernán Alvarenga, con la colaboración de Lucas Santa Ana. Montaje: Emiliano Serra. Dirección de Arte: Augusto Latorraca. Elenco: Pablo Rago, Calu Rivero, Gerardo Romano, Roberto Carnaghi, Iván Masliah, Gustavo Garzón , Atilio Veronelli. Duración: 95 minutos.

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