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La aventura como escape al tiempo y el espacio cotidianos es el resultado de una exploración recurrente en el cine de parejas, amores, encuentros y desencuentros que la modernidad ha hecho omnipresentes. En el pasado, el cine clásico recurría a entramados simples en los que un chico conocía a una chica, atravesaban infinidad de obstáculos e impedimentos para concretar su amor, y finalmente llegaban a un punto de equilibrio que podía ser la concreción de la unión o la separación definitiva. Con matices, la comedia y el melodrama romántico abordaban amores felices y ligeros, o trágicos y tortuosos, con la confirmación de su devenir apoyada en los sucesivos motivos temáticos que punteaban el desarrollo narrativo: encuentro, flechazo, enamoramiento, conflicto, separación, reencuentro o desencuentro definitivo. Más allá del happyo tragic end, lo esencial era el tránsito por esos estadios, por esas etapas del amor, que se convertía en el eje de cada historia.

El cine moderno introdujo como conflicto central y como detonante de los impedimentos a la felicidad las mismas neurosis de los personajes. Desde la comedias de Woody Allen como Annie Hall o Manhattanhasta los dramas existenciales de Michelangelo Antonioni como La noche o El eclipse, los dilemas internos de los personajes, sus dudas respecto al futuro, sus deudas con el pasado, su incomodidad con el tiempo que les ha tocado vivir, instalaron un tiempo donde la aventura se hizo ardua en su devenir interno, imposibilitando toda salida al exterior del individuo, todo verdadero registro del otro.

En ese pantano de sentimientos que impiden salir fuera de la “aldea” a vivir una aventura se encuentra Alix (Emmanuelle Devos). Es actriz y al inicio de la película la vemos representando una obra de teatro en Calais, pero debe regresar a París para participar de un casting para un posible papel. Alix tiene más de 40 años, es inmadura, no sabe bien lo que quiere, se lleva a las patadas con su hermana, elude los reproches de su madre, no sabe administrar el poco dinero que cobra y se encuentra en una etapa de abulia e indecisión en su matrimonio con Antoine. Su desorden mental la protege frente a una realidad que no quiere o no puede asumir, que en un momento se conecta con la maternidad postergada, que en definitiva tiene que ver con la asunción de las responsabilidades de la adultez.

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En su viaje de regreso a París intercambia miradas furtivas, cargadas de interrogantes, seducción contenida y anhelo de acercamiento, con un hombre sentado unos asientos más adelante en el tren. Ese hombre es Doug (Gabriel Byrne), profesor universitario de más de 50 años con ojos tristes y cansados que parece algo perdido e intrigado por el juego que propone el encuentro con Alix. Qué hace él ahí, hacia donde se dirige, por qué la aborda preguntando sobre la ubicación de una iglesia, son excusas para que a partir de entonces veamos cómo sus caminos se cruzan a lo largo de una jornada extendida, suspendida en horas prologadas y definidas por sucesivos relojes que no avanzan.

A partir de ese viaje inicial en tren, que para Alix no es la salida de ese hogar sino el regreso (porque ella vive en París), la película va a seguir su tiempo de aventura (como lo declara el título original de la película) y los múltiples roles que se va a atrever a interpretar. Graciosa, infantil, indecisa, apasionada, actriz y mujer se combinan en ese teatro de la vida que el director Jérôme Bonnell delinea con una estética plástica y luminosa, llena de ventanas con rayos de sol, humores sutiles y un erotismo cálido y sensual. La película se afirma cuando se concentra en sus protagonistas y se dispersa cuando introduce otros personajes u otras situaciones. El episodio con la hermana es uno de los puntos más flojos, casi innecesario en su forzada introducción y con algunas frases que solo subrayan ideas que habíamos comprendido.

Las conexiones directas que establece la película con otras similares sobre encuentros sexuales o amorosos como Una relación particular (Une liaison pornographique, 1999) de Frédéric Fonteyne o Vendredi soir (2002) de Claire Denis la colocan en una tendencia muy propia del cine francés (aunque hay una contaminación temática que hoy puede exceder ese territorio) que consiste en colocar a individuos al límite de la desconexión respecto al entorno en vínculos intensos con extraños casi fantasmales. Esa displicencia cool y superada que caracteriza a los parisinos cinematográficos de cierta estatura intelectual (real o pretendida) aquí se pone entre paréntesis para dar espacio a los juegos de los amantes antes que aspirar a desentrañar sus motivaciones. Lo que hay que reconocerle a Bonnell es que dota a sus personajes de cierta ligereza, cierto dejo de ironía que nunca cae en la burla pero nos impide tomarlos muy en serio y relajar la tensión ante la espera de una resolución.

El tiempo de los amantes (Le temps de l’aventure, Francia/Bélgica/Irlanda, 2013), de Jérôme Bonnell, c/Emmanuelle Devos, Gabriel Byrne, Gilles Privat, Aurélia Pétit, Laurent Capelluto, 104’.