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Hay un muñequito en la película -es virtual y forma parte de un videojuego (¿aplica ‘video’ a esta altura de la tecnología?)- al que el protagonista habitualmente se conecta. El bichito tiene una apariencia inofensiva, dulce, pero a la hora de interactuar con el jugador se vuelve agresivo y malhablado. Algo de ese espíritu hay en Ella que, recurriendo a una puesta naif en todos y cada uno de sus aspectos formales -tonos pastel con abundancia de color rosado, música suave, actuaciones calmas, una iluminación notoriamente solar y un montaje plagado de insertos que repliegan los recuerdos amorosos de Theodore (Joaquín Phoenix)-, aborda las interacciones humanas (o no) en la era moderna, con una amargura y un nivel de ironía que me fue creciendo con el correr de los días. A priori Ella representa todo el cine que me repele, inmaterial e insustancial, y de hecho me acerqué a ella con las peores expectativas; sin embargo pude dejarme llevar y disfrutarla. Ese simple hecho fue el que me dejó pensando si, acaso, no había algo más debajo de su bondadosa superficie.

Si bien la narración se sitúa en un futuro indefinido, ninguno de los avances tecnológicos que pueden verse se siente demasiado lejano de nuestra realidad presente; eso la vuelve tangiblemente pesimista. La fluctuación histérica del deseo a través del ciberespacio es un fenómeno cada vez más visible, desplegando sobre el mundo real un paisaje serializado y desconectado.

Jonze se vale de un actor tremendamente físico como Joaquín Phoenix para explotar lo que yace debajo del disfraz. Con la quietud corporal –y no sólo quietud sino también cierta mansedumbre asexuada- a la que lo somete, logra explorar el inherente y agobiado estado anímico que termina fluyendo por su mirada, cual si fuera una máscara neutra, como hizo Michael Gondry con Jim Carrey en Eterno resplandor de una mente sin recuerdos. También como lo hiciera con Cameron Díaz en ¿Quieres ser John Malkovich?, aquí Jonze toma a Amy Adams y la despoja de todo glamour exhibiéndola natural, lo que algunos entenderán como afeada.

A una mina como Scarlett Johanson, objeto de deseo sexual exuberante, pulposo, la convierte en sólo una voz (Samantha) que, para colmo, surgirá de un perfil que combina el estado emocional actual del protagonista (en pleno proceso de divorcio) con la relación con su madre. El sexo, entonces, se limitará a la sublimación, y la voz será cariñosamente imperativa. En un solo momento Theodore está cerca de parecer un hombre de familia dominante, antes que un hijo errante y melancólico. Un cuadro familiar cuasi completo se forma cuando Samantha propone integrar a una chica para suplir la inexistencia de su cuerpo. La fallida cita culmina con Theodore y Samantha apañando a la jovencita que llora desconsoladamente por no poder ser parte de eso que ellos representan para su ideal. Quien la expulsa del triángulo es el mismo Theodore quien no puede lidiar con sus propias emociones.

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Samantha es un sistema operativo creado para organizar la vida de los usuarios, tanto a nivel personal como emocional, en un mundo alienado por la informática. Luego de ver una publicidad, el protagonista decide comprar el sistema. La publicidad es de esas que resultan deplorables, con aires poéticos, filmada en cámara lenta y con una voz grave pero suave que recita frases de un existencialismo barato y cursi. Lo curioso es que Jonze filma una película que resulta una extensión de este tono publicitario, lo que en cierta forma puede entenderse como un gesto irónico en una película que, en más de una oportunidad, se acerca a la comedia. La subjetiva de ellos mirando a la pareja que come junto a unos niños podría corresponderse tranquilamente con cualquier propaganda de McDonald’s (hay que pestar atención a la presencia y el color de la caja de papas fritas, el tipo de iluminación y el travelling) y la escena en que Samantha le envía su composición para piano, la música y las imágenes me hicieron pensar, nuevamente, en las publicidades líricas que, encima, suelen pertenecer a multinacionales o bancos. El capitalismo y su capacidad para ofrecer triviales soluciones a los problemas graves generados por su inhumano mecanismo. Cuanto más dentro del sistema, más distanciados de la realidad, como queda de manifiesto en el plano de Theodore recostado sobre la playa en pleno día, acompañado por su celular/novia, mientras a su alrededor vemos a personas de diversas edades disfrutando del espacio vivo y de los demás allí presentes. Todos ellos son espejo de una clase media y media/baja integrada por distintas etnias: los únicos humanos con estas características que aparecen en una película plagada de gente muy blanca y económicamente estable (exceptuando a la abogada asiática, aunque de alguna manera forma parte del status quo norteamericano).

En los últimos días, uno de mis contactos en Facebook (ya que estamos hablando de conexiones virtuales y redes sociales) compartió un estudio científico realizado en Inglaterra que afirmaba que la voz de la mujer afecta notablemente el cerebro del hombre, en tanto que la del hombre ocupa muy poco espacio en el de la mujer. Con todas las controversias del caso, la voz de Samantha podría aplicarse tranquilamente a este hallazgo científico. A medida que la ‘conexión’ entre ambos crece, el protagonista se va sumergiendo en un universo cada vez más extraño y desequilibrado. El lugar de la mujer en la película no es para nada positivo, aunque Jonze disfraza la débil misoginia del relato reproduciendo un universo masculino que de tan sentimental se vuelve andrógino. Todos los hombres en Ella pululan con cara de soñadores, y son románticos, idealistas y emocionalmente estables. Las mujeres, en cambio, son impredecibles. La voz de Samantha es una hiperbólica representación de la veleidosa naturaleza femenina que no puede ser retenida, mientras que las cartas de Theodore figuran un sentimiento inamovible o al menos que puede perdurar intacto en el recuerdo.

HerAdemás de la voz operativa que va enredando la cabeza y el corazón de Theodore cada vez más, el pequeño cúmulo de féminas que rodean al protagonista no brinda un panorama mejor. Entre mujeres que fantasean con gatos muertos, que anhelan un marido o que estallan ante la rutina y el equilibrio, Samantha se convierte en la mujer ideal por no implicar un compromiso real, como lo señala Catherine (Rooney Mara), ex mujer de Theodore, durante el almuerzo de divorcio. En esta escena se inscribe la idea de que el proceso madurativo entre hombres y mujeres es dispar e irreconciliable. Luego de haberla visto a través de los recuerdos de Theodore como una chica joven y fresca, Catherine reaparece con el pelo más corto y vestida como una mujer adulta, en tanto él permanece inmutable en su candidez. Pero esta maduración femenina resulta extremadamente cruel desde la perspectiva del protagonista, víctima constante de los volátiles sentimientos femeninos.

Aquí pueden leerse un texto de Paola Menéndez y otro de Emiliano Oviedo sobre la misma película.

Aquí puede leerse un texto de Marcos Vieytes sobre Joaquin Phoenix.

Ella (Her, EUA, 2013), de Spike Jonze, c/ Joaquin Phoenix, Scarlett Johansson, Amy Adams, Rooney Mara, 126’.