«La escena de la Delpy discutiendo con Ethan Hawke con las gomas al aire es genial», me dice mi amigo, joven crítico de cine. Estamos hablando, por supuesto, de Antes de la medianoche, la película de Richard Linklater que transforma en trilogía la historia el amor de Celine y Jesse, ahora un matrimonio con dos hijas pequeñas que atraviesa una crisis durante unas vacaciones en Grecia.

Mi joven amigo tiene razón. La escena a la que se refiere es la penúltima de la película. Los dos están en un hotel junto al Mediterráneo, sus hijas han quedado al cuidado de amigos en la casona donde han pasado las vacaciones. Ellos -y nosotros- suponemos que han ido hasta ese lugar para disfrutar de su intimidad junto al mar más bello del mundo.

Sin embargo, Celine está molesta; no le gusta el hotel, dice; los espectadores sabemos que el origen de su disgusto es anterior, es el que ha motivado casi todas las discusiones que hemos visto hasta el momento. Ella se ha sentado sobre la cama, Jesse comienza a besarla y acariciarla, ella responde con esa languidez plena de deseo de la que solo son capaces las mujeres. Jesse le baja los breteles del vestido; en el gesto del hombre hay familiaridad y excitación al mismo tiempo. Celine no lleva corpiño, sus pechos quedan al descubierto, no son exuberantes, tampoco pequeños, guardan la justa proporción con su cuerpo elegante, delineado por curvas firmes y delicadas; Jesse empieza a acariciarlos y besarlos.

De pronto, sin que nada parezca anunciarlo, Celine comienza una discusión, Jesse abandona su grata tarea y responde a su mujer. La discusión crece y se prolonga, el clima erótico entre los dos se ha trasladado a la disputa. Todo el resto de la escena mostrará a Celine discutiendo con los pechos al aire; no se preocupa por subirse los breteles, no le importa, a su marido tampoco. Celine va y viene por la habitación, cada vez más enervada; sus pechos son dos faros más atrayentes que la discusión. Este es el elemento que transforma a la escena en «genial». Si ella se hubiera subido los breteles, ocultando sus pechos, nuestra atención, decepcionada, se hubiera concentrado en el filoso diálogo de amor y desamor, como en tantas comedias matrimoniales. Pero la semidesnudez de Celine le da un tono distinto, le agrega un aire de sensualidad y desafío, una alarma erótica que permanece activada durante toda la escena. Habla, al mismo tiempo, de una pareja tan unida por el amor y el erotismo, como afectada por el comienzo de un inevitable desgaste.

Jesse se excita con tanta facilidad como, planteada la discusión, convierte esa excitación en ira. Celine exhibe su belleza semi desnuda como una inconsciente afirmación de femineidad. No en vano están a orillas del mar en donde comenzó todo: la filosofía, el nacimiento del dios único, el progreso de una forma de entender el amor (la monogamia, el discreto encanto de la celosía y afines), entre tantas otras cosas. La semidesnudez de Celine tiene algo de La libertad guiando al pueblo, sin las ínfulas heroicas del cuadro de Delacroix; se asemeja más -no podía ser de otra manera- a algunas de esas estatuas clásicas -griegas o romanas- que exhiben con indolencia uno de sus pechos entre los pliegues caídos de sus túnicas, el deseo montando su lánguido espectáculo con sospechosa candidez.
La Celine semivestida o semidesnuda es, en ese momento, encendida de declinante amor, poseída por el ímpetu mitológico de Erinias o Afroditas, una de las Furias, y sus pechos son arietes de su ira de hembra. Que el resto de su vestido continúe todo el tiempo ajustándose a su cuerpo acentúa aún más su sensualidad, la flecha de su sexo clavándose en la débil convicción masculina de Jesse. En armonía con el paisaje y su historia, Celine se ha transformado en la mujer, arquetipo encarnado de una femineidad con todos los matices. ¿Jesse? Me olvidé de él. Cuando vuelva a ver la película juro prestarle la atención que se merece.

Hermosa escena, superior al resto de la película. Sin embargo, hay algo que suena mal en el entusiasmo de mi amigo. Reparo en ello días después, reviso su breve elogio: “las gomas de Celine”. He ahí la cuestión.

La metáfora que identifica a los pechos femeninos con el caucho y sus derivados industriales tiene más de treinta años en nuestra habla popular, ya está impuesta, es utilizada tanto por hombres como por mujeres, aun cuando su invención y uso mayoritario sean patrimonio masculino. Ha desplazado al universal “tetas”, noble voz que comprende todas las funciones del órgano femenino, la erótica pero también la nutricia, la estética tanto como la de protección maternal (órgano presente e irreemplazable durante toda nuestra vida, los hombres nos destetamos de nuestra madre para luego cobijarnos en la cálida protección que nos ofrecen las de nuestra compañera; por eso, con sabiduría ancestral e inconsciente, Celine discute con Jessie exhibiéndolas).
La teta está un tanto relegada en el lenguaje popular, limitada mayormente a su función alimenticia, pero es solo un resguardo temporal. Ajena a las modas, la teta siempre está, y volverá en cualquier momento con toda la fuerza de su redonda presencia. Los pechos nunca pasan de moda, aun en su misión individual (“Dar el pecho”). Juntos tienen un uso literario irremplazable. Los senos, en cambio, han perdido prestigio, en parte porque pueden también abarcar al seno materno, otra zona de la geografía femenina. En su función literaria suenan antiguos, casi cursis. Las mamas tienen un exclusivo uso médico, dejémoslas para quien quiera componer una oda ginecológica.

Pero ¿por qué ‘las gomas’? ¿De qué hablamos cuando hablamos de gomas? ¿Gomas de borrar, de eliminar errores del pasado inmediato? Las mordemos distraídos, mientras pensamos, adheridas a la punta del lápiz, insípidas, resistentes al nervioso contacto dental. ¿Pelotas de goma? Juegos infantiles, estación intermedia en el camino a la ansiada pelota de cuero, siempre más pequeñas que nuestros deseos. Condenadas al puntapié, en poco tiempo se desinflarán y abrirán en gajos inservibles. ¿Neumáticos de automóvil? ¿Alguien puede imaginar un destino más alejado de Eros que acariciar una cubierta, sea nueva o recapada (ni pensar en morderla o pasar la lengua por su superficie dura y acanalada, concebida para desgastarse en la rugosidad del asfalto)?
¿Quién fue el guarango que equiparó a las gomas con los pechos femeninos? ¿Qué pasaba hace treinta y tantos años como para que se difundiera con tanto suceso esta grosera metáfora industrial que denigra la delicada consistencia femenina, suave mixtura de tejidos y piel coronados por la gloriosa y mutable dureza del pezón?

‘Limones’. Esa era la palabra. En nuestra juventud, los pechos eran “los limones”. Entonces parecía grosero. Pero entonces éramos ingenuos. La metáfora era perfecta desde la similitud material con ese fruto oval, tirando a redondeado, que culmina en un vértice incitante. El color entre verdoso y amarillento, índice de juventud o de sabrosa madurez. El limón incita a ser sorbido, a enfrentarse con su desafiante acidez. El limón nutre, cura e incita; igual que un pecho. Su pulpa puede ser exprimida con la misma delicadeza que lo hacen los labios de un bebé, para darle un mejor sabor a nuestros alimentos.

No, no éramos groseros cuando decíamos “¡Qué limones!” ante el paso de una mujer joven y enhiesta. Éramos justos; quizá, sin saberlo, poetas.

¿Qué pasó en el mundo para que los limones transmutaran en gomas? No tengo respuestas, como para tantas otras cosas. Sólo estoy seguro de que deberíamos avisarle a Jesse: su mujer tiene dos espléndidos limones que él debería elogiar y honrar a manos y boca llenas con la suavidad y el cariño que merecen si quiere conservarla a su lado. Dentro de ocho años –cuando la saga debería continuar- la historia cítrica de Celine será otra. Si aún estamos aquí, aquí estaremos para comentarla.

En tanto, sigamos combatiendo la batalla perdida de los limones contra las gomas. A veces uno gana aun siendo perdedor.