18369408Fecha #1: Miércoles 6, 13, 20 y 27 de agosto, de 19:30 a 21:30 hs.
Lugar: Avda. Congreso y Avda. Cabildo, Belgrano, CABA.
Valor: Curso completo: $300.- Clase: $85.-

Informes e inscripción: marcosvieytes@hotmail.com / 15-6554-4721 / 4784-1292.

Entre 1956 y 1995, Claude Sautet dirigió 14 películas. Tuvo éxito de público durante la década del 70, cuando filmó como ninguno y más que ninguno a Romy Schneider (Las cosas de la vida, Cesar et Rosalie, Una historia simple), y cierto prestigio crítico en la primera mitad de los 90 gracias a sus dos últimas películas (Un corazón en invierno y El placer de estar contigo), pero nunca fue maldito ni canónico, dos formas de conseguir protagonismo. Alrededor de la actriz austríaca, tres o cuatro actores, entre los que se destacan Michel Piccoli, Yves Montand y Serge Reggiani, encarnaron un retrato colectivo de la pequeña burguesía urbana francesa. Debajo de la superficie realista y poco estridente de su cine, hay una concepción fabulosa de la puesta en escena, elaborada a partir de la sintética narración del cine estadounidense de los 40 y 50 (Classe tous risques, con Lino Ventura haciendo de criminal y padre de familia). El género, entonces, le sirve no como un fin en sí mismo, sino como el marco adecuado para expresar tipologías psicológicas universales en una coyuntura social precisa. El trabajo con sus actores es afín al del sistema de estrellas del Hollywood clásico, pero el contexto cotidiano en el que actúan privilegia un tipo de identificación menos idealista. Sereno en apariencia, el cine de Sautet es poderoso y a menudo devastador. Si el primer plano era una piedra basal de Hollywood para edificar al ídolo, la funcional dinámica del plano y contraplano es fundamental en las películas de Sautet y hace con ella prodigios de sutileza dramática y emocional. Porque el plano-contra plano de Sautet establece una relación íntima que siempre incluye a un tercero ausente y presente a la vez. Durante el rodaje, ese tercero era él mismo, que provocaba alteraciones en la puesta por la atención a detalles técnicos (cambios de lentes entre uno y otro plano, tamaño de los marcos, encuadre por arriba o debajo de los hombros), tanto como por la precisa y paciente dirección de los actores, a quienes dirigía emocionalmente conteniéndolos y alterándolos según el caso. Esa batería de recursos imperceptibles repercute en el inconsciente del espectador, que comparte un grado de intimidad inusitado con los personajes, y sustituye al director como tercera figura del plano, desde la que el deseo parte o sobre la que pivotea. El cine de Claude Sautet funciona en modo solitario y en modo social. Del primero participan especialmente Max y los chatarreros y Un corazón en invierno, y del segundo César y Rosalía y Un mal hijo. Al modo solitario también podríamos llamarlo autista habida cuenta del tiempo que los personajes de ambas pasan encerrados en sus pensamientos, muy a menudo a bordo de sus autos. En las otras, el ensimismamiento individual es sustituido por retratos de grupos compuestos por personajes que se relacionan consigo mismo y con el entorno más o menos fluidamente. Las preocupaciones son mucho más cotidianas, el dinero no es una abstracción sino el medio para unos fines precisos que el espectador no desconoce, y los cuerpos ocupan un lugar concreto en el espacio.

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Miércoles 6: análisis de Max y los chatarreros (1971). El protagonista de Max y los chatarreros (Claude Sautet, 1971) es un psicópata, pero no lo parece por sus orígenes, su cultura, su formalidad, sus maneras. Aun siendo miembro de la policía, su aspecto y rol de investigador está más cerca de evocar a los antihéroes románticos del cine negro estadounidense que cualquier maldita policía groseramente corrupta. Monacal aficionado a la relojería, Max es un cruzado más oscuro y socialmente peligroso que otros no tanto porque porta un arma sino porque tiene a la ley de su lado y ningún sentimiento lo atraviesa salvo la pasión de los inquisidores, que consiste en tratar de darle al mundo la forma perfecta y fatal de sus obsesiones en las que no hay lugar para la distensión, el placer la alegría. Todos los que circunstancialmente le rodean, incluidos un viejo compañero de la juventud y la prostituta que trabaja para este y se enamorará de él, serán víctimas de su punitiva represión.

cesar-et-rosalie-1972-12-gMiércoles 13: análisis de César y Rosalía (1972). Dos hombres se disputan durante toda la película a una mujer que oscila entre uno y otro para finalmente alejarse, cansada y confundida, de ambos. Romy Schneider está llegando a la casa de uno de ellos después de haber vivido sola con sus hijos en otra ciudad durante dos años. En el contraplano están Montand y Frey, que con el tiempo se hicieron amigos, desayunando juntos sin que ninguno de los dos se imagine su aparición. En estas historias de parejas (des)integradas por un tercero tan concreto como virtual que perturba con su mera presencia un vínculo establecido, es la cámara y, con ella, el espectador, quien acaba siendo el tercero en discordia, situado en tierra de nadie, focalizado en un rol indefinible, intermedio, fantasmal.

Miércoles 20: análisis de Un mal hijo (1980). El protagonista de Un mal hijo no tiene cuarenta años, pero cuando empieza la película vuelve a Francia después de haber pasado cinco en una cárcel de Estados Unidos, condenado por transportar heroína. Durante ese tiempo ha muerto su madre, y su padre no está en el aeropuerto para esperarlo. Y ese padre a la vieja usanza, ese “burro de trabajo” tosco, esa bestia frágil cerrada sobre sí misma según lo describe su amante, responde a De Gaulle y el orden viril de la primera mitad del siglo XX, previo al 68. El hijo es un huérfano de esa generación, acaso sin las posibilidades materiales e intelectuales de la pequeña burguesía para instrumentar prácticamente esa agitación de los valores establecidos llevada a cabo una década antes del tiempo en el que transcurre la ficción. El mal hijo del título irónicamente triste, es malo por seguir siendo hijo, y esa es una responsabilidad que le compete tanto a él como a los que le rodean.

569_sautet2Miércoles 27: análisis de Un corazón en invierno (1992). Daniel Auteuil es un luthier prodigiosamente cerebral que, ante la oferta de amor hecha por la violinista que lo admira con los ojos infinitos de Emmanuelle Béart, se cierra sobre sí mismo y hace de su profesionalismo una máscara mortuoria. El corazón de Stéphane está conservado en formol tanto como su figura frecuentemente aparece detrás del blíndex de una cancha de squash, la vidriera del bar, las ventanillas de los colectivos, los parabrisas de un auto: defensas que levanta para preservar su aséptica transparencia de pecera. Terminará mirando la realidad (que para esta clase de personajes siempre está en otra parte) desde afuera, sólo que Sautet envasa la intemperie ontológica de ese hombre en el interior de un café desde el que ve alejarse la amistad y el amor, acentuando todavía más su soledad, su turbio malestar siempre disimulado, por el contraste entre su retraimiento y el ámbito de bullicioso y cálido intercambio social que le rodea pero no lo atraviesa.

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