Por Gustavo F. Gros

Una pequeña consideración sobre su concepción de la “ciudadanía”. Elysium no hará historia en los anales del cine de ciencia ficción. Su guión es bastante predecible y no tiene muchas luces, sus efectos especiales son del montón y sus personajes son completamente llanos, estereotipados y bastante sobreactuados (mal comienzo de Wagner Moura en Hollywood). Sin embargo, hay un concepto -probablemente involuntario- muy interesante dentro de la película: los ricos no construyen su paraíso en la Tierra, en barrios privados o “countries”, como generalmente sucede, sino que, por el contrario, lo hacen fuera de ésta; es decir, para realmente “salvarse”, para realmente habitar un lugar mejor, hay que irse fuera de la Tierra y de manera voluntaria (no como en Obliviono Después de la tierra, de recientes estrenos, donde se tuvo que abandonar el planeta por causas involuntarias).
Por ello, el Paraíso es “Elysium”: una especie de país-satélite artificial (tiene Presidente propio y todo) construido por las personas más pudientes y prestigiosas del planeta -magnates anglosajones, europeos del norte, franceses, chinos e hindúes con sus respectivas familias- que orbita alrededor de la Tierray que reproduce sus paisajes y climas más extraordinarios y confortables para albergar una serie de mansiones muy lujosas con familias glamorosas altamente adineradas. En Elysium, la gente no se enferma ni envejece gracias a unas máquinas que curan cualquier tipo de enfermedad, mientras que en la Tierra todo es superpoblación, enfermedad, desamparo, amontonamiento, “latinización”, violencia, villas miseria y pobreza.

Caída, el concepto de caída más bien: desde Platón hasta el cristianismo pasando por gnósticos y judíos, la Tierra, la Humanidad en la Tierra más bien, ha sido un “error”; es una caída y un principio irremediable de decadencia. No obstante, siguiendo una lógica dialéctica simple, “caer” implica estar antes “arriba” de ese lugar a donde se cae y por ello, quizás, somos como extraños en la Tierra, no somos originales -al parecer- de la misma, y tal vez esa sea la razón por la cual nada en la naturaleza del planeta Tierra es benevolente o benigno al ser humano, a pesar de que Greenpeace piense lo contrario; todo en la naturaleza agrede al ser humano, lo incomoda, lo hace sentirse inseguro. El gran Werner Herzog, en su Conquista de lo inútil – Diario de filmaciónde Fitzcarraldo lo dejó más que claro cuando hablaba de esa selva que lo devoraba todo. Por esta causa es que la naturaleza para el hombre no es sinónimo de equilibrio o redención si no, más bien, de demonismo.


Lo interesante es que, en ese futuro apocalíptico que presenta la película, la naturaleza y su demonismo serán sufridos sólo por los pobres. Los ricos, por el contrario, en su país-satélite artificial han logrado domesticarlo. El dinero, por lo tanto, compra confort y el confort no es más que la domesticación plena de la naturaleza: aire acondicionado, calefactores, luz eléctrica, encendedores, agua corriente en canillas, hornos, hornallas, gas natural envasado, grandes jardines y masetas; trueno, fuego, agua, aire, tierra, todos los elementos de la naturaleza han sido domesticados por la tecnocracia del hombre para darle confort al mismo; sin embargo, un tsunami, un terremoto o una epidemia no prevista, y esa domesticación tambalea: la naturaleza vuelve a demostrar su poder, su demonismo incontrolable. Para que eso no suceda, para realmente estar “seguros” de que eso no suceda, hay que irse de la Tierra y Elysium otorga esa seguridad. Obviamente, a los que puedan pagarla.
Si bien estos tópicos no están planteados (desarrollados) de esta manera en la película que, lejos de cualquier ensayo filosófico a lo Martínez Estrada o Rodolfo Kusch, apenas se transforma en un entretenimiento de acción vertiginoso, su principio y final tienen un elemento en común bastante singular: curiosamente, los pobres de la Tierra, cuando abordan transportes espaciales clandestinos con muy pocas posibilidades de sobrevivir y viajan hacia Elysium ilegalmente, a la manera de inmigrantes cubanos y/o mexicanos intentando llegar a la “tierra prometida que les queda más arriba”, lo que buscan mayormente no es quedarse a vivir en ese paraíso, en esa comodidad total, sino conseguir esas máquinas “para ciudadanos” (sólo ciudadanos de Elysium con códigos impresos en sus muñecas están habilitados para usarlas) que puedan curarlos de cualquier enfermedad. Lo que buscan es reconstruir su salud nuevamente, pues lo que el demonismo de la naturaleza ataca en el hombre, por sobre todas las cosas, es su salud.
Y para eso necesitan ser “ciudadanos”. Y aquí está, quizás, la metáfora (el matiz redimible) del film acentuada en su predecible final: ser ciudadano no significa pertenecer necesariamente a una región o a un lugar determinado, si no tener un cierto estatus de vida que permita tener (conservar) la salud. El dinero es salud. El dinero es la ciudadanía y Ser ciudadano (de Elysium) es estar vivo. Es continuar con vida a pesar de la vida misma.

Elysium(EUA, 2013), de Neill Blonkamp, c/ Matt Damon, Jodie Foster, Sharlto Copley, Diego Luna, Alice Braga, 109’.