En cuerpo y alma: Una de amor, por Gisela Manusovich

Atención: Se revelan detalles importantes del argumento y la resolución final.

Ademán
de tocar tu piel
resplandor
dulce contraluz
las desdichas del mundo no están
quiero entrar donde espera el sol.

(Vida siempre. Spinetta Jade)

En cuerpo y alma habla del amor, y si les digo que lo hace con ciervos libres en un páramo nevado y dos enamorados que sueñan lo mismo, no podríamos entender que escape de lo cursi y sensiblero. Pero lo hace, de verdad lo logra, cortando el azúcar con sangre, con mucho silencio y con muñequitos de Playmobil.

Es que no habla del amor romántico y salame, habla sobre el fenómeno del amor, sobre lo que estructuralmente acontece en la psiquis humana, cuando irrumpe el amor.

María llega al matadero como la nueva controladora de calidad de carnes. Llega esquivando el sol y cualquier encuentro con otra mirada. María sufre algún tipo de trastorno del espectro autista -pero no por eso la película se dedica a hablar centralmente del tema, lo que la convierte en inclusiva en serio-: es estrictamente apegada a las reglas, a los ritos, a las formas, a una limpieza impoluta y a la literalidad.

Endre es el gerente en finanzas del lugar y lo gestiona desde su oficina allí arriba, hace mucho que no baja, la cámara reencuadra permanentemente su aislamiento. Sin embargo Endre le entrega su rostro al sol de la mañana húngara y se complace.

Al cruzar sus miradas, María enfrentará el sol y Endre descenderá al encuentro de un inconfortable amor.

La película presenta dos grupos de animales: los ciervos y las vacas. Los ciervos son una creación onírica, están libres en un páramo nevado, tienen agua límpida y hojas verdes, Eros los acompaña. Las vacas son reales, se amontonan en el matadero esperando su turno para morir, buscando el último sol, Tánatos las escolta.

Los ciervos son María y Endre.

¿Quiénes son las vacas?

María y Endre, en la realidad.

Para María la carne son reses colgando, desangrándose, que se miden, se pesan, se califican con estricta racionalidad.

Endre posee en su propio cuerpo miembros inertes.

Pero ambos se sueñan fuertes, potentes, sensuales y juntos.

Y acá esta la clave, ellos dejarán de ser vacas porque se sueñan ciervos, y los sueños engendran el deseo.

A María todo lo del amor le es ajeno, pero está decidida a emprender la titánica tarea de atreverse a sentir. En esa verdadera faena descubre la belleza hipnótica de la música; vivencia texturas, olores, visiones. Ejercita primero con los muñequitos de Playmobil, luego con cosas inanimadas de la vida cotidiana, después pasa a los animales, hasta que finalmente llega a los humanos, una verdadera evolución. Todo lo aprende, lo intenta, sabe que convertirse en cierva para ella es casi imposible, pero apuesta todo a esa mínima posibilidad.

A Endre le cuesta mucho volver a la conquista, se frustra rápido. Está cómodo en su encierro, tranquilo. Descarta rápidamente la posibilidad de darle continuidad al único encuentro que tuvieron,  lo siente como un fracaso. Intenta con bronca guardar el colchón inflable que usó durante la visita de María pero se resiste, el colchón se resiste, como el mismo Endre, que se sigue soñando ciervo y la busca, desesperado. Como si algunas cosas -como el montaje que los une, a María y Endre, de manera obstinada- y su propio inconsciente conjurarán a favor de ese amor.

Los vidrios, los reflejos, los velos interceden entre María y el mundo. También la apartan.

Tras un vidrio algo sucio, Endre cortará con María quien sufre de tanta literalidad que ella misma terminará haciéndolo.

María procura su propia muerte como la de aquellas vacas, y lo consigue. Logra liquidar definitivamente su parte vaca. Su sangre brota ahora como de una fuente vital. Ya no será vaca, ya tiene el deseo en su cuerpo, logró encontrar(se) en el placer estético, en una paja reveladora, en la humedad del parque, en aquello sin lo cual ya no soportará vivir.

Con el llamado salvador del amor, María (re)nace desde la desnudez y sale de la bañera ensangrentada, como parida, la María ciervo, la María sintiente. Ahora las estructuras se hacen más laxas y aparece la transgresión. Se puede pisar el suelo y mancharlo todo, se puede desoír las recomendaciones médicas y salir corriendo a meterse desnuda en la cama de Endre. Los dos con un brazo roto. Como si pudieran abrazarse a medias pero lo suficiente para no morir.

Con el amor la carne muerta deviene en cuerpo vivo, caliente, pulsional. Con el suave gesto de recogerle el brazo, María convirtió lo inerte en una parte necesaria de su amor.

María tenía razón. Es el triunfo de lo literal. Del amor así, torpe, parco, lleno de luz, en donde las fallas se acomodan y los ciervos ya no son necesarios.

En cuerpo y alma (Teströl és lélekröl, Hungría, 2017). Dirección: Ildikó Enyedi. Guion: Ildikó Enyedi. Fotografía: Máté Herbai. Edición: Károly Szalai. Elenco: Alexandra Borbély, Géza Morcsányi, Zoltán Schneider, Ervin Nagy. Duración: 116 minutos. Disponible en Netflix

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