lfls_poster_o2De tal padre, tal hijo comienza con una entrevista escolar al pequeño Kita y sus padres a fin de que el niño logre ingresar a un prestigioso colegio privado. En esta primera escena se plantean los arquetipos primarios, los moldes que van a ser construidos a través de la película.  Los entrevistadores serán los encargados de trazar una suerte de genograma, intentando representar el núcleo familiar a partir de ese esquema. Aparece una fotografía prolija y apolínea en escena y el tiempo pareciera detenerse ahí, en esa impresión de permanente felicidad.

El tiempo avanza y, con él, esa felicidad primera se va trastocando a un ritmo vertiginoso. La familia de Kita descubre que  el pequeño en realidad no es su hijo biológico, intercambiado al nacer, y que su verdadero hijo está ahora con otra familia, víctima también de la misma mala praxis. Este incidente hará aflorar la angustia, la impotencia y las contradicciones que sienten los personajes en un tono sutil y complejo.

Así como en Nadie sabe (2004) o en Still Walking (2008) el retrato de los personajes es minucioso, en este caso Hirokazu abusa de ciertos estereotipos: Ryoata Nonomiya es un arquitecto de clase alta a tiempo completo, padre ausente y exitista; su mujer es una  tierna  y pasiva ama de casa. Kita es el hijo único de este matrimonio y, como tal, tiene la dura responsabilidad de cumplir con los mandatos paternos; introyectada la Ley, acepta su destino.

El otro matrimonio, perteneciente a una clase media-baja, muestra a una familia más numerosa en la que se encuentra Saiki, un padre mucho más interesado en pasar tiempo con sus hijos pero indiferente a la meritocracia social. La madre de esta familia es de armas tomar y hace valer su opinión y su autoridad. Entonces, clase alta se traduce como signo negativo en la medida que es despreocupada por sus hijos, adicta al trabajo, con sesgos autoritarios.

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En tanto se trata de una película sobre el aprendizaje, el personaje de Ryoata Nonomiya adquiere centralidad; a fuerza de exponer sus contradicciones internas y manifestar sus inseguridades debe aprender qué significa ser padre. La película pone en evidencia con naturalidad una duda respecto al instinto paterno y su potencia sanguínea: ¿es realmente allí de donde emana? Desde ese emergente los personajes transitan un estado de naturalismo a riesgo de tomar la peor decisión posible, camino que irán desechando gradualmente a lo largo de la película.

Sin embargo, el padre es el personaje principal de la historia ya que, por un lado, es el gran arquitecto de la obra y, por otro, es a él a quien va dirigido todo este periplo. En ese sentido quedan visiblemente ocultados (y esta quizás sea la falla principal de la película) los procesos identitarios que van produciéndose en los niños frente a los cambios drásticos de su entorno. De esto sólo se ven atisbos pequeños, pero las elipsis no resuelven sino más bien alimentan esa conflictividad.

Es destacable el manejo impecable del registro de lo público y lo privado y el tenor con el que cada espacio es retratado. Hirokazu, al igual que en otras de sus películas, utiliza los actos públicos o grupales para exponer la tensión entre aquel espacio ideal y este espacio real. Así, los miembros de la familia se bañan y duermen juntos o no lo hacen; saben comportarse protocolarmente en un restaurante o no lo saben. Estos conjuntos de prácticas sociales, ritos y hasta los gestos mínimos de cada personaje no solo definen grupos de pertenencia sino también permiten vislumbrar la medida de sus almas.

Aquí pueden leer un texto de Marcos Vieytes que también se refiere a esta película.

De tal padre, tal hijo (Soshite chichi ni naru, Japón, 2013), de Hirokazu Kore-eda, c/ Masaharu Fukuyama, Machiko Ono, Yôko Maki y Rirî Furankî, 121’.