Poster-50-Sombras-ascensorjpgAtención: Se revelan detalles de la trama.

Consideraciones previas para el lector:

1. No leí el libro ni tengo intenciones de hacerlo, por lo que la nota refiere única y exclusivamente a lo visionado en la pantalla, es decir, a la adaptación cinematográfica. Adiós y gracias por su tiempo a quienes abandonaron la lectura al finalizar esta oración.

2. Abandone toda esperanza quien entre al cine en busca de erotismo. Vamos, que la estrenan en grandes cadenas comerciales y está calificada para mayores de 16, no seamos incautos. Habiendo hecho esas aclaraciones y estando el lector conforme con ellas, puede continuar. Trato hecho.

La formalidad del trato, las cláusulas y las negociaciones devienen como síntoma de la película en sí. Juro que antes yo era una persona normal. Breve sinopsis para aclarar a qué me refiero: Anastasia, estudiante de literatura inglesa, inocente, pura, virgen, pudibunda y demás adjetivos que quepan en el estereotipo, conoce a Grey, magnate de mirada penetrante, cuerpo de atleta griego, maneras elegantes, pero –pobre- sin corazón. En medio del cortejo Grey expresa su naturaleza sadista y para llevar a cabo cualquier práctica sexual incita a la estudiante a firmar un contrato. Hasta dónde ha llegado la burocracia. El contrato en sí funciona como una suerte de McGuffin, un gancho que genera suspenso pero, en realidad, no cumple una función en la trama.

Lo que sí es importante remarcar es que la caracterización de Grey hiperboliza propiedades que lo elevan a la personificación del capitalismo envilecido en neoliberalismo: burocratizando hasta el coito seduce a su presa –en todo sentido de la palabra- con grandes ostentaciones de poder económico (regalos estrafalarios variados y -no podía faltar- el viaje en helicóptero). Es un empresario que invierte en telecomunicaciones y en agrocultivos en África. ¿Se puede dudar de su malignidad? En este caso ese mal no está puesto para seducir -como bien puede suceder: recordemos al personaje de Robert Mitchum en La noche del cazador (Night of the hunter. Charles Laughton. 1955)-; este mal está hecho para repeler.

Friday-Vancouver-Fifty-Shades-Grey-stars-Jamie-DornanApenas conoce a Ana, Grey le explica que quienes lo conocen saben que no tiene corazón –y sí, los diálogos son un potingue deslucido de frases que las novelas folletinescas vienen rumiando hace eones-.  En pocas palabras, se lo representa como a un psicópata: infancia “complicada” que jamás se explica, imposibilidad de empatizar, gusto por la violencia… De hecho ella, al ver su carácter dominado, lo llama asesino serial en tono jovial aunque sin gracia.

Por otro lado está Ana, quien, si bien claramente no tiene el poder adquisitivo de Grey, no es marginal. Estudia literatura inglesa, por lo que el romanticismo en su carácter cae de maduro, pero considerando el período de florecimiento de su objeto de estudio nos encontramos con la época victoriana, cuando la revolución industrial se encuentra en su apogeo y el decadentismo poético –del que Thomas Hardy, autor favorito de Ana, fue exponente- marcaba el paso de una economía “libre” hacia una economía industrial y financieramente concentrada. Es decir, lo que choca en las representaciones de los personajes son diferentes formas de producción.

El lugar elegido para desarrollar la acción es Seattle, ciudad con tradición romántica en el plano cinematográfico, que albergó a los enamorados de Sintonía de amor (Sleepless in Seattle, Norah Ephron, 1993), a series como Grey’s Anatomy y donde se filmaron algunas escenas de Crepúsculo. En ese sentido se remarca la ruptura que busca 50 sombras de Grey, con el amor entendido en términos sentimentales. De hecho, el primer contacto físico que tiene Ana con Grey es en el momento en que va a entrevistarlo a la oficina, donde un plano muestra empequeñecida a la mujer en relación con el gigantismo del edificio erguido en todo su sentido fálico. Además, la primera vez que Grey la ve, ella está gateando luego de una caída tan aparatosa como inverosímil. De esa manera se pone de manifiesto desde los primeros minutos la relación que se establecerá sin siquiera la necesidad de mediar diálogo. Es por eso que el manejo de la cámara y los planos buscan subsanar con locuacidad todo lo que los diálogos vomitan en forma de corazón.

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El mensaje moralizador es el de la joven inocente que escapa de las garras del mal. Una especie de caperucita roja que no pudo domar al lobo feroz, porque Tanguito se equivocó: el amor no es más fuerte. No puede luchar contra la deformidad que encarna un producto que no termina de cerrar en términos de producir efectos sensitivos, no perteneciendo ni al erotismo, ni al thriller, ni al drama más llano, aunque adopta tonos de comedia que se trasviste bajo las formas que buscaban, con grosero exceso, ser cualquiera de las opciones anteriores. Aunque camine en el valle de las sombras no sienta temor alguno porque en realidad no va a sentir nada.

50 Sombras de Grey (Fifty Shades of Grey, EUA, 2015), de Sam Taylor-Johnson, c/  Dakota Johnson, Jamie Dornan, Eloise Mumford, Marcia Gay Harden, Victor Rasuk, 125’.