La muerte de un sistema solar depende del tamaño de su estrella. Frankie (Isabelle Huppert) es una estrella. Una estrella del cine francés (e internacional, entendemos), pero también lo es en el sentido de que su gravedad atrae a todos los que la rodean. A sus fans (o más bien, los fans de sus películas), y sobre todo a los planetas y satélites que la rodean, es decir, su familia y amigos.

Frankie es una estrella en extinción. Está muriendo, tiene una enfermedad terminal. Por ello, a modo de despedida -sin pompas, sin drama, como la película misma- los reúne en -los atrae a- Sintra, en Portugal.

Los senderos boscosos por los que los personajes deambulan y conversan conducen, geográficamente y en palabras, a Frankie. El resentimiento de su hijo Paul (Jérémie Renier), sobre todo, que planea irse a vivir a Nueva York. Frankie -según él- busca digitarlo todo y decide ponerlo en contacto con su amiga maquilladora (claro que alguien tan vanidoso no puede tener otra amiga que no sea una maquilladora) a la que ha invitado a la misma ciudad. Pero el contacto es buscado a modo de casamentera, una especie de celestina que intenta, a su manera, enmendar errores pasados con un hijo que no soporta la radiación intensa de su madre.

Aunque todo esto puede sonar dramático, se contrasta con largas caminatas con las manos en los bolsillos, gesto aburguesado de un turismo europeo que es ya casi un género cinematográfico en sí mismo. Como Linklater con sus enamorados paseanderos y filosóficos, o Woody Allen con sus neurosis tragicómicas. En Frankie hay una intención de aligerar ese drama de fondo con este tipo de puesta, contemplativa en la fotografía (Sinta es bellísima) y naturalista en los diálogos. Sin embargo, algo se pierde en este ejercicio.

La más afectada es Marisa Tomei, que interpreta a Ilene, la maquilladora neoyorkina. Su presencia y carisma se pierden un poco en el relato coral que se termina armando, y la construcción de su personaje (principalmente mediante el vestuario y los encuadres), que intenta hacerla accesible y terrenal, no la terminan de favorecer. Ira Sachs, el director, parece obstinado en descuidar su imagen innecesariamente, sobre todo si se supone que Ilene resulta atractiva (así lo mencionan en la película) para el hijo de Frankie. La situación que ellos comparten resulta ser en la que se devela el misterio de la hostilidad de Paul para con su madre. Por lo que el personaje de Tomei, más allá de los intentos de “aterrenarla” (un pecado en sí mismo), no deja nunca de ser apenas un artilugio del argumento para que la trama avance y descubramos un misterio que tampoco se termina de volver interesante del todo.

En su intento de realismo, situaciones que se presentan potencialmente conflictivas (Tomei llega, inesperadamente para Frankie, con un novio que trabaja en películas como Star Wars) no son llevadas siquiera a un punto de comedia. Quizá algún comentario simpático hay al respecto, pero nada particularmente memorable. Un romance adolescente entre la nieta de Frankie y un joven local en la playa se vuelve incómodo con un actor que lucha para darle naturalidad a su inglés, por lo que la comedia que se obtiene de estas escenas es, en general, involuntaria.

Por lo que, en resumen, Frankie empieza generando un interés genuino, apoyada en la interpretación de los actores; por su naturalidad, en general, pero sin demasiado brillo para nadie. El guion nunca les da oportunidad para destacarse, ni siquiera a Isabelle Huppert, la propia Frankie. Así que ese interés se disipa pronto, y uno se queda más por los paisajes que otra cosa.

El plano final, en que todos son atraídos por Frankie, llevados al borde de un abismo (a ver la puesta del Sol, que podría ser la misma Frankie) para luego continuar siguiéndola en el regreso, como hormigas detrás de la reina, es potente y simbólico. Entendemos que los caminos (esos que atravesaban charlando y con las manos en los bolsillos) siempre llevaban a Frankie, y aunque no lo supieran, ella los conducía. Entendemos que ellos eran sus pequeños átomos, separándose constantemente, que la constituían como un astro que ahora se apaga.

El problema es que este plano final también se presenta como un gran subrayado. Y con una fuerza que llega demasiado tarde, demasiado débil. No hay ninguna explosión atómica en este Sol que se queda, a fin de cuentas, demasiado en nebulosa.

Calificación: 5.5/10

Frankie (Francia/Portugal, 2019). Director: Ira Sachs. Guion: Ira Sachs, Mauricio Zacharías. Fotografía: Rui Poças. Montaje: Sophie Reine. Elenco: Isabelle Huppert, Brendan Gleeson, Jérémie Renier, Marisa Tomei, Pascal Greggory, Greg Kinnear, Vinette Robinson, Ariyon Bakare, Senia Nanua. Duración: 100 minutos.