En la mira (End of Watch), de David Ayer

Por Hernán Gómez.

David Ayer escribió dos películas que en su momento me gustaron: U571 y Día de Entrenamiento. El muchacho nacido en Los Ángeles acusaba recibo de los géneros. Aunque no eran perfectas ni descollaban, ambas películas crecían en tensión con el correr de los minutos, volviéndose cabalmente respetables. El ex Marine Brian Taylor (Jake Gyllenhaal) y Mike Zavala (Michael Peña) son dos policías que patrullan diariamente el peor barrio de Los Ángeles. La puesta se construye desde Taylor, que esta filmando el día a día laboral, desde el punto de vista del botón y su tarea de establecer la ley y el orden en el barrio que poco tiempo antes gobernaban los afroamericanos. Pero ahora un flagelo más letal azota las costas de L.A.: los latinos.

La película se concentra en la comunidad mexicana, asentada allí desde hace unas cuantas generaciones, y denuncia los carteles ya instalados en el país. Se nota claramente que el efecto Obama les dio paz a los negros, al menos por un tiempo, a quienes se muestra más que amigables y, sobre todo, leales. La comunidad latina decente esta reducida a unos pocos planos en una fiesta de quince, donde  los polis bailan, se emborrachan y disfrutan de la vida con sus parejas. Zavala, que es latino e hijo de mexicanos, le cuenta a su compañero que fumaba cannabis todo el día hasta que conoció a su mujer y, gracias a ella, se hizo policía y su vida encontró sentido.

Con los minutos la película se empieza a caer a pedazos. En la secuencia que presenta a los villanos dentro de una camioneta oscura, fumando porro y disfrutando de las armas de asalto que poseen, uno de los forajidos también esta filmando, como testimonio de nada. Aunque sea difícil de creer, los negros que están a punto de recibir una lluvia de plomo también están filmando su encuentro a la luz de un tanque de aceite de veinte litros en llamas. Esa acumulación arbitraria de filmaciones en video destruye el verosímil inicial rápidamente.


Después de salvar a dos niños en una casa que se incendia, los policías son condecorados y dan con una serie de hechos relacionados al cartel de Sinaloa. El retrato de los movimientos de la banda es casi infantil. Son tan ineptos que se dejan ver a simple vista con sus 4×4 a todo volumen y sus 9mm vintage con incrustaciones de diamante. Como si el poderío de esas organizaciones se asentara en la ostentación de las rentas de la droga. Hay un momento en el que los policías se topan con la DEA. Uno de ellos les explica que están interfiriendo con sus tareas y que no están preparados para enfrentar semejante estructura, pero los muchachos no pueden parar.

Taylor se casa, le informa a su compañero que va a ser padre, y una llamada de un capo del cartel le pone precio a sus cabezas. Sin solución de continuidad, los latinos le tienden una trampa y a cobrar. Con un falso final nos muestran como son acribillados sin piedad, y cuando los delincuentes ríen sobre los cadáveres mostrando sus dientes de oro, llega la caballería y les da de comer pólvora por el culo. Con un fundido a negro, volvemos al entierro de Zavala, ya que Taylor zafo casi inexplicablemente. La película cierra con una placa dedicada a los policías caídos en cumplimento del deber. El más que merecido homenaje no tenía que ser tan ordinario.



Mucha gente odia y desprecia al cine de Hollywood. Generalmente también detestan a los Estados Unidos de América. ¿Por que? Por el ánimo belicista del Gran País del Norte, complementado con un trabajo de logística depurada para controlar los gobiernos de turno en los cinco continentes. En América Latina tuvimos la desgracia de probar las mieles del imperio desde los 60 hasta los 90 en dosis de máxima pureza. En Hollywood, en cambio, la mirada lavada del héroe americano cambio en los 50 con la llegada de directores como Ray, Fuller y Aldrich. Gracias a ellos, generaciones posteriores mostraron un retrato mucho más realista, tanto en los contenidos bélicos, como políticos. Igualmente, si uno revisa se nota a las claras que las películas más solventes son la que se hacen cargo de la historia y no las bravuconadas republicanas. El espectador de hoy tiene mucha mas información que antes y ya no es tan fácil exponer alegremente la falsa moral. Sin embargo, En la miraes un ejemplo de ello. 

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