indio_pelicula (1)A mi hermano, que me transmitió esta pasión alegre.

Y a mi vieja, que le gustaba Mi perro dinamita.

1. La mano subía y bajaba con suavidad por el aire y los dedos golpeaban cálidamente sobre la mesa. Una mano morena y gastada por los años, llena de arrugas, que acompañaba el ritmo alegre de alguna milonguita que sonaba en la radio. Era la mano de mi abuela en sus últimos años. La recuerdo bien. También recuerdo verle ese mismo gesto a mi vieja cuando sonaba algún tema de Los redondos en el radiograbador que mi hermano y yo teníamos, un grabador negro y rectangular, pequeño, que lo había traído mi viejo y que, según nos contó, se lo había olvidado Leonardo Favio en uno de los micros de larga distancia qué el manejaba por esa época. Recuerdo ese gesto y recuerdo a mi vieja decir que le gustaban Los redondos. También recuerdo, y lo lamento porque hoy ya no la tengo para decírselo, lo mucho que a mí me gustaba que a ella le gusten Los redondos. Recuerdo a mi hermano trayendo los cassettes grabados de los discos, escritos con birome los nombres de cada uno, y poniéndolos una y otra vez mientras jugábamos a la pelota en el fondo de casa. Los recuerdos de mi infancia se remiten básicamente a esas dos actividades. La música de Los redondos y la voz del Indio Solari están en mi vida antes que todo; antes que la escuela, antes que las mujeres, antes que los libros, antes que nada. Podría decir que son el primer amor. El primer amor consciente, acaso.

En una película de Hugo Santiago que encontré recientemente, un documental sobre el músico Christophe Coin, el director avisa que no puede ser objetivo, que ama a Crhistophe Coin y que ese trabajo va a ser manipulado y subjetivo como todos. Este texto tampoco puede ser objetivo, mi amor por el Indio Solari me lo impide, por eso elijo hablar en primera persona, por eso elegí empezar por los recuerdos personales antes que por la película. Porque hablar del Indio es hablar de mí, porque esta vez estuve frente a la pantalla pero también estuve dentro de ella. Porque estuve ahí y porque estoy acá. De eso se trata.

Las miles de personas que estuvimos por estos días en el Luna Park fuimos a ver una película, una película que es el registro de un show que el Indio y los fundamentalistas del aire acondicionado dieron en La Plata en 2008, pero la forma de vivirla fue distinta. Distinta a lo que se vive habitualmente en el cine, a lo que vivo yo habitualmente en los cines. Veo muchas películas y más de una vez me pasan cosas en el cuerpo cuando las veo. Sensaciones y  emociones que trato de manifestar lo mejor posible cuando escribo. Lo distinto tiene que ver con cierto retorno a lo primitivo, con cierta ritualidad pagana y festiva que remite a otros tiempos, tiempos en los que el cine se veía de pie, como lo hicimos todos los que estuvimos ahí miércoles y jueves, pero a esa postura de los cuerpos, la cual se supone a priori contemplativa y estática, hay que agregarle el movimiento compulsivo y alegre generado por el contagio que produce la música de Solari y compañía. No se puede hacer otra cosa, no se lo puede vivir de otra manera, así como este texto tampoco puede ser otra cosa más que lo que es.

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La cosa, justamente, pasa por el cuerpo, por lo que nos pasa en el cuerpo como conjunto de relaciones que conviven y lo constituyen como tal, y Los perros sapiens, autores del libro Redondos ¿A quién le importa?, lo explican bien: “No están -las cosas, las historias- en otro lugar que en nuestros cuerpos”…. “No hay que salir a observar, hay que intensificar la presencia”. Eso implica encontrarse una y otra vez, indagarse (indagarnos) y preguntarse por aquello que vibra dentro nuestro. Esa presencia también implica un rechazo, un decir no a todo aquello que pretenda reproducir y sistematizar un modo de expresión volviéndolo vacío, quitándole su singularidad. Expresión mediática que no es más que pura pose, pura postura. En cambio, la toma de posición, la renuncia tiene que ver con atender las necesidades del cuerpo. Con “una suerte de fidelidad a lo que pasa”, dicen los Perros…

Por eso la película del Indio no puede ser otra cosa más que el registro en vivo de un show. Porque de ser otra cosa estaríamos enfrentándonos a eso que siempre, tanto con Los redondos como en solitario, Solari se ha negado: la reproducción de la pose impuesta por el mundo del espectáculo. Las reglas preestablecidas del juego, que atentan contra las ganas de ser lo que se quiere ser cuando se quiere ser. La película observa la comunión -una de tantas que hubo ese año, pero una siempre distinta- entre los artistas y el público, el gesto cómplice del cantante con su banda y con los que están/estamos ahí. Y también acá. Cada uno de esos gestos es devuelto por una sonrisa placentera, por un llanto conmovido, por una boca abierta que exhala nervio y humo, por unos ojos cerrados que miran el cielo al tiempo que miran hacia adentro. Esos encuentros múltiples obedecen a razones tan personales como intransferibles.

Por eso el sentimiento “No se explica, se lleva bien adentro”, como reza el cantito clásico de cada recital. Porque explicar sería anular la esencia del movimiento, de lo vivo, negarle a la poesía lo que tiene de misterioso. Allí también aciertan los Perros Sapiens: “no se trata de decir esto es esto, se trata de esto.” El Indio es, y nosotros somos con él, somos una manera de ser, animada por aquello que se percibe auténtico, concreto. Su música y sus letras nos dicen algo y nosotros les decimos algo a ellas también. Así se produce el encuentro, no hay bajada de línea, no hay obturación de la horizontalidad. En la película hay tantos planos del músico y su banda como del público. El movimiento se replica: el guitarrista se sacude con el instrumento y un chico en andas imita el gesto agitando sus manos en el aire; la banda aplaude al público y el público a la banda. La película abre y cierra con un plano frontal y general que comprende el escenario y el campo en partes iguales. La circularidad es la forma que justifica la película.

indio 32. Escribir sobre cine es escribir sobre la propia experiencia, sobre el propio gusto, es una forma de interrogarse acerca de las cosas que nos componen y nos afectan, como esta pasión que, como dije arriba en la dedicatoria a mi hermano, es alegre. A mí hermano también le debo el ser hincha de River y el amor por el tenis (aún recuerdo cuando me sentó, allá a comienzos de los noventa, frente al televisor para ver la final de Wimbledon entre Sabatini y Graff).

La idea de la pasión alegre fue referida por Spinoza y continuada por Deleuze en una serie de clases que el filósofo francés dictó a principios de los ochenta y que luego fueron desgrabadas y posteriormente reunidas en el libro En medio de Spinoza. Hay pasión cuando algo pasa, y su carácter alegre tiene que ver con el afecto que potencia la acción, con el movimiento.

Entonces, esta pasión es alegre porque en principio me pasa y en ese pasar está el devenir racional articulado por afectos. La pasión afecta. Y esa afectación produce un efecto, un resultado que no es sino este texto, que puede ser bueno o malo o no importarle a nadie, cosa que tampoco importa, pero que es una acción concreta y evidente y da cuenta del hecho de estar vivo, de estar en movimiento. Enfermedad que se disfruta. Goce del cuerpo ante el hecho que ocurre. Movimiento del presente, acto del recorrer, según la idea Bergsoniana de las imágenes.

Esta pasión es alegre, y este texto tal vez sea la única manera que tengo de justificarla.

La película del Indio y los fundamentalistas del aire acondicionado es extraordinaria. Extraordinaria en el sentido en que Deleuze hablaba del cine de Eisenstein en La imagen-movimiento: una acumulación de imágenes ordinarias que produce una singularidad. En lo singular está lo extraordinario, se trata de un proceso cuantitativo que deriva de la acumulación de planos que, producidos por separado no son más que instantes privilegiados, momentos señalados (nunca pose ni postura quieta), pero que al juntarse, al ir acumulándose, revelan un hecho notable y singular que sólo puede ser percibido de manera consciente en su organicidad concreta.

indio 4Es extraordinaria en el sentido en que Hitchcock le explicaba a Truffaut por qué le había interesado llevar al cine la novela Los pájaros de Daphne Du Marier. Porque se trataba de pájaros ordinarios, de pájaros de todos los días (gaviotas, gorriones, cuervos, no buitres ni aves rapaces). Lo singular y perturbador de la película estaba allí, en la progresión paulatina y acumulativa de esas aves inofensivas que, al unirse y contagiarse de su fuerza, se volvían una amenaza natural y arrasadora para el entorno.

La película del Indio es eso, lo singular se produce tanto arriba del escenario como abajo, pero no hay separación alguna de fuerzas, estamos todos juntos, adentro de la pantalla y afuera en el piso del Luna Park; somos lo mismo, la misma máquina de potencia ensamblada por lo ordinario y singular de cada plano, una selección de culminaciones y gritos que colisionan entre sí. La misma masa de cuerpos estremecidos por la celebración que se renueva, no que se repite. “De los redondos para los redondos”, dice una remera por ahí. Todo empieza y termina en el mismo punto, el círculo es la forma perfecta, como el Estadio Único de la Plata en el que fue filmado el show, que también se revela circular en cada uno de los planos aéreos que se muestran. El círculo nos iguala y nos contiene. Y en este caso, los pájaros no son del día sino de la noche, se los oye cantar como siempre, pero esta vez también se los ve. Una oscura y ordinaria multitud que baila en las llamas y que se ofrece, de manera singular, mejor que nunca.

Indio y los Fundamentalistas del aire acondicionado, la película (Argentina, 2015), de Carlos Solari, 110′.