la_larga_noche_de_francisco_sanctis-401362427-largeCalle que sabe decir

Calle que miente al callar

Quiere partir sin hablar

Quiere aguantar y salir

Calle si quiere escapar

Que preparate a morir

Calle si quiere vivir

Que ya te vino a buscar

Calle que sabe callar

Calle que vuelve a mentir

(Calle, de Alfredo “Tape” Rubin)

Nadie salió indemne de la última dictadura. Ni nuestra literatura, ni nuestro cine, ni nuestras mentes, por supuestoEl escritor Humberto Costantini anticipó lo que se venía. Su cuento La promesa, anterior a 1976, se cierra con “los muchachos… parece que se les ha ido un poco la mano”, frase que refleja un ambiente donde la represión es cada vez más feroz y habitual.

En 1984, publicó La larga noche de Francisco Sanctis. Su trama es tan atrapante como perturbadora. En pleno 1977, un oscuro empleado de oficina  -que alguna vez tuvo una ya olvidada militancia y ahora se ha acomodado a una gris vida burguesa- es contactado por una antigua compañera de facultad con una excusa banal. Cuando se encuentran ella le da un encargo inesperado. Debe avisarles a dos personas que no conoce que serán secuestradas esa misma noche.

La novela es un viaje por la internalización del terror dictatorial. A medida que avanza esa noche intensa, las peripecias se entremezclan con las cavilaciones del protagonista ante semejante misión. Mucho de lo que ocurre pasa por la mente de Francisco Sanctis. De ahí su dificultad para trasladarla al cine.

p r e s e n t a LA LARGA NOCHE DE FRANCISCO SANTIS una pelÌcula de Andrea Testa y Francisco M·rquez En competencia internacional del BAFICI 2016 SINOPSIS: Francisco Sanctis (45), un hombre sin compromiso polÌtico, recibe en plena dictadura militar la informaciÛn precisa de dos personas que van a ser secuestradas por el ejÈrcito. Esa misma noche Francisco tiene que tomar la decisiÛn: øArriesgar· su vida para intentar salvar la de dos desconocidos? ACT/AN: Diego Vel·zquez, Laura Paredes, Valeria Lois, Marcelo Subiotto y Rafael Federman. distribuye: PENSAR CON LAS MANOS 2016

En su debut en la ficción, Andrea Testa y Francisco Márquez asumieron el riesgo, descartaron el fácil  recurso de la voz interna y escaparon de las trampas de lo obvio. La película escapa también a los lugares comunes del cine referido a nuestra etapa más oscura. Es más, la dictadura se revela aquí más por sus efectos y por su amenaza latente que por una presencia directa. En este punto, la obra permite una lectura en términos de cine de terror, donde hay una acechanza constante que se esconde en cada pliegue de la noche.

Testa y Márquez estructuraron su obra a través de un interesante juego de contrastes y dualidades. Día y noche, espacios abiertos y cerrados, saber y no saber. El día es para Sanctis el tiempo pleno de la rutina, de los avatares cotidianos. El desayuno familiar, el colegio, la oficina. Es el momento en que puede negar lo que pasa a su alrededor o mirarlo de reojo, pero sin compromiso. Algún resabio de su valentía política pretérita le sirve para hacer un reclamo individual en el trabajo, lejos de cualquier acción colectiva o solidaria. El sueño de la revolución ha dado paso a la vigilia por un ascenso. Francisco Sanctis (Diego Velázquez) se ha adecuado, se ha relegado, hace casi todo lo que hay que hacer. Y cree que su esfuerzo alguna vez será reconocido por su empresa y podrá ascender.

La noche, en cambio, se torna hostil a partir del pedido de su excompañera de estudio y militancia. La conciencia de lo que pasa, la imposibilidad, a partir de ahora, de soslayar lo que sucede, la certeza del horror que allí anida, la ha tornado un territorio desolado e inquietante. Cualquier sonido de pasos por la calle se siente amenazante. En este sentido, pocas películas argentinas han hecho un uso dramático de los pasos, del sonido del taconear como La larga noche de Francisco Sanctis. Alcanza el nivel excelso con que este recurso es utilizado en Invasión, de Hugo Santiago. El deambular por la noche lo sume en un mundo que perturba más por su contundente realidad, plena de texturas. La luz de la calle incluso, con sus tonos ocres o amarillentos, es aquella iluminación callejera y nocturnal que quienes han vivido los setenta recuerdan y que cierto cine argentino de la época ha cimentado en nuestra memoria.

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La escena que transcurre en un cine es fundamental en el entramado de la historia de Francisco Sanctis, porque funciona como metáfora del país en esos tiempos. El protagonista se sumerge en una sala cinematográfica en la búsqueda de una persona que lo pueda ayudar en su misión. Se trata de un joven perseguido, hijo de una pareja amiga. Esta escena, en el libro, transcurre en un bar, por lo que la idea del cine es otro acierto en la adaptación hecha por los propios realizadores. Porque aquí la sala es una noche dentro de la noche. Un espacio clausurado, cerrado, en un punto asfixiante como el que la misma dictadura imponía a todo el país. Allí los dos comulgan en el saber de lo ominoso y en la internalización del miedo. Están rodeados por un público que aúna a los que no saben con los que no quieren saber, atontados por la sanata que los entretiene desde la pantalla del cine. Entréguese, espectador-lector, a todas las analogías que le sugiera esta escena.

El filósofo León Rozitchner advertía que no debía olvidarse que nuestra democracia actual estaba condicionada por la “violencia apaciguadora del terror que la funda”, aquel que el régimen cívico-militar había inoculado en el cuerpo social. Ese mismo que limita nuestro decir o nuestro pensar o acota nuestras demandas sociales. Pocos hablan ya de hacer una revolución o cambiar este sistema que nos rige. En consonancia con la novela de Costantini que le da origen y a contrapelo de muchas de las películas centradas en esos mismos tiempos, esta obra revela los mecanismos sutiles del terror, aquellos que penetran en forma profunda en nuestra mente, esos que nacen con el saber de lo ilimitado del horror y que ponen a Francisco Sanctis, solo y acaso desesperado, en las propias fauces de una noche voraz.

La larga noche de Francisco Sanctis (Argentina, 2016), de Francisco Márquez y Andrea Testa, c/Diego Velázquez, Laura Paredes, Valeria Lois. 76´.