Partamos de la noticia: Jonah Hill, el comediante californiano que se dio a conocer con Supercool y terminó de conquistar un lugar en la fábrica de sueños con sus papeles en El juego de la fortuna, El lobo de Wall Street y Comando Especial, tomó la silla plegable y se puso a dirigir. Un paso no previsible, pero tampoco sorprendente. Sus interpretaciones perspicaces dejaban entrever a un sujeto inquieto y con un universo propio profundo. A la hora contar su historia, optó por un terreno transitado, tanto en lo personal como en lo profesional: el despertar adolescente de un chico de Los Ángeles durante los 90. Recurrir al arcón de los recuerdos para poner en marcha un relato, es un procedimiento que establece rápidamente zonas fértiles y otras de peligro. Jonah Hill logra aprovechar las primeras y eludir las últimas, gracias a un pulso y sensibilidad agudos. Partiendo de sus experiencias adolescentes como skater, capitaliza su conocimiento de los márgenes urbanos californianos y la cultura noventosa para alimentar una historia que rápidamente adquiere vida propia, lejos del pantano de la nostalgia personal o generacional.

La divisa oficial de la maduración son los golpes, y el plano inicial de la película ya nos pone en situación: Stevie (Sunny Suljic) se golpea ferozmente contra la pared del pasillo y al caer es molido a palos por Ian (Lucas Hedges), su brabucón hermano mayor. Sus torsos desnudos hablan de que es verano, y el silencio de la casa, de que no hay padre, madre, tutor ni encargado que salve a Stevie de la golpiza.

Las habitaciones de los hermanos otorgan las primeras coordenadas temporales y también preanuncian el recorrido de nuestro pequeño protagonista. En la de Stevie hay sábanas de las tortugas ninjas, una vieja consola de videojuegos Nintendo y remeras de Street Fighter, Ren and Stimpy y Beaves and Buthead. En la de Ian, cassettes grabados de Stretch and Bobbito, icónico programa radial sobre hip-hop de aquella década, cd’s de Black Sheep y Cypress Hill y una colección de gorras. Stevie mira y toma objetos con gran fascinación. La habitación de su hermano es, para él, la isla de todos los tesoros del mundo.

Filmada en 16mm, la película luce un grano que poco se parece a las 240 líneas de resolución de los VHS, tan en boga por esos días. Sin embargo, el soporte elegido no sólo cumple como señuelo de un tiempo que pasó, sino también aportando su textura rasposa a una historia que también lo es. Tan utilizado para el registro de documentales testimoniales sobre historias de los márgenes urbanos y sociales, el 16mm marida bien con este cuento que circula por los bordes despintados de Los Ángeles, con patinetas que deben eludir basura y pastos crecidos.

Es el cumpleaños de Ian. Él, Stevie y la madre de ambos (Katherine Waterston) lo celebran cenando en un restaurante. De fondo, se escucha a Seal cantando Kissed from a rose. Sin advertir la incomodidad de sus hijos, ella les cuenta que se siente atraída por un tipo, aunque le parece medio mujeriego, para concluir contándole a Ian que en su fiesta de dieciocho, ella lo estaba amamantando. Comenzamos a saber quien se encarga de hervir el agua de este géiser llamado Ian. Aún así, la extrema juventud de esta madre hace que no podamos considerarla como la pieza que inició el efecto dominó. A su modo, y con sus baches, ella está, se preocupa, quiere. Y lo mismo ocurre con cada personaje en esta película.

En los 90 no hay bateas de buenos y malos. Este es uno de los aspectos más sobresalientes de la película. A su tiempo, cada personaje va exhibiendo las razones de su conducta, compartiendo motivaciones y temores. Si no lo hace con texto, lo hará con una mirada o simplemente callando. La película expresa un profundo afecto por sus personajes, se mantiene cerca de todos ellos y no los hace rehenes de un mensaje.

Stevie frena con su bici. Al otro lado de la calle, dos grupos: unos niños jugando con pistolas de agua y, a su lado, unos adolescentes en la puerta de un local de skates en el que trabajan, molestando a vecinas y al tipo que vende beepers en el local de al lado. Este grupo es el que le saca una sonrisa. La decisión está tomada. Stevie merodea el local de skates hasta que logra ingresar a la pandilla, primero en calidad de mascota, y luego como miembro pleno, con sobrenombre incluido, en base a su carismática combinación de honestidad y arrojo.

En casa, el cambio de posters en la pared del cuarto anuncia que el cascarón se rompió. Salen dibujos animados, entran skaters, armas y escudos. El de la chica en bikini no lo cuelga, queda para más adelante. Le canjea a su hermano algunos videojuegos por un vieja patineta y comienza a ensayar. El sábado no será noche de Blockbuster con mamá, sino de práctica de skate en el patio trasero. En los 90 es una película de iniciación pura y dura. Que contenga sutilezas y matices respecto de otros exponentes, no quiere decir que se salga del molde. Sus coordenadas son visibles, al igual que la función de las acciones y los personajes. Veamos, si no, la conformación de la pandilla. El negro, el mestizo, el chicano, el blanco y el niño. O el líder positivo, el líder negativo, los soldados y el novato. El plus de esta obra radica en que se detiene a escarbar sobre la superficie de esos personajes “de fórmula”, y en que, en los momentos más bellos y tiernos de la película, surgen conversaciones que demuestran el amor, la coherencia y la virtud subyacentes. 

Sin embargo, hay que decir que se percibe cierta colisión entre dos búsquedas de Hill. Ir hacia un registro pardo, pequeño y naturalista de la adolescencia en las adyacencias de una gran urbe, con pausas que permiten indagar en las sutilezas de los personajes, o ir hacia la nostalgia contada de forma académica y con todos los condimentos que los recuerdos de una época dorada requieren. Se siente como que las pretensiones del director exceden el rango dinámico del relato y entonces nos topamos con situaciones que se resuelven con diálogos que suenan a baldazos de información y otras con un trazo que no es tan fino como lo esperábamos. Cosas que pasaríamos por alto, si no fuera porque la película había creado en su etapa inicial enormes expectativas.

El andar en skate no es sólo una actividad que estaba en boga en esa época, ni tan solo el deporte predilecto de Jonah Hill. Es la disciplina que mejor representa a ese momento de la vida. Es un juego que se toma en serio, es la demostración de la hazaña, pero ya no para lograr la admiración de tus padres. Es exploración, movimiento y caída. Es golpe, machucón y pandilla. Esos segundos en el aire son breves, pero lo son todo. Son tribu, identidad y rechazo al mundo tal como está girando. Sin embargo, la tabla que asoma como un trampolín hacia la evasión, es también la que lo lleva a Stevie a conocer los márgenes de la ciudad, allí donde viven, justamente, los marginales. Con ellos, en pacífica comunión, los skaters comparten las escalinatas de un tribunal, e incluso conversan, y es así como la película, sin alharaca alguna, suma otro ingrediente, en absoluto despreciable: un semblante no domesticado de los sin techo, donde nos cuentan que alguna vez, no hace mucho, antes de ser escupidos por este régimen carnicero, tuvieron un empleo, una casa, una familia, una vida similar a la nuestra. Y cuando aún estamos digiriendo esta idea, una redada policial viene a interrumpir con una racia este enjambre de vida. Stevie logra fugar y así agrega otra cucarda a su adolescencia.

La potentísima banda de sonido de la película, compuesta por himnos de aquella década, pero también por licencias muy astutas que logran conmover en varios pasajes, estuvo a cargo de Trent Reznor (fundador de Nine Inch Nails, una de las bandas más emblemáticas de los 90) en colaboración con el compositor Atticus Ross. Ambos habían ganado el Oscar a Mejor Banda de Sonido en 2011 por el film Red Social. Otro gran trabajo de la dupla, en este caso forjando un híbrido entre el fulgor hormonal y la nostalgia que da en el blanco sin empalagar.

La melancolía de la película no es la del director por los 90. Es cierto, la ausencia de redes sociales obligaba al encuentro y la película rinde tributo a ello. Lo que hay en verdad es melancolía adolescente por el niño que ya no volverá, y para ello, igual da qué época sea la que transcurre. O quizás no. El grunge, ese oscuro sonido que dominó la década, tal vez sea una punta para analizarlo. Recuerdo un capítulo de Los Simpsons en el que Homero le dice a Bill Corgan, cantante de los Smashing Pumpkins, banda grunge emblema de los 90, “Gracias a su música nostálgica, mis hijos dejaron de soñar con un futuro que yo no puedo darles”. La nostalgia, nos revela Homero, no está en Jonah Hill, sino en los mismos 90. Luego de la caída del Muro y de la esperanza en el socialismo, con “El fin de la historia” de Francis Fukuyama, el triunfo de la globalización y el retorno de las guerras imperialistas, los jóvenes dejaron de soñar. Es innegable que la incertidumbre es constitutiva de la adolescencia, pero también lo es que la forma de transitarla será distinta si la rebelión y el espíritu transformador brillan radiantes o se encuentran en cuarto menguante.

Calificación: 7/10

En los 90 (Mid90s, Estados Unidos, 2018). Guión y Dirección: Jonah Hill. Fotografía: Christopher Blauvelt. Edición: Nick Houy. Música: Trent Reznor, Atticus Ross. Elenco: Sunny Suljic,  Katherine Waterston,  Lucas Hedges,  Alexa Demie,  Na-kel Smith, Olan Prenatt,  Gio Galicia,  Ryder McLaughlin,  Stephane Nicoli,  Kasey Elise, Craig Reed,  Jerrod Carmichael,  Cici Lau. Duración: 84 minutos.