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¿Corresponde exigirle más a una película? En un país sin industria (o con una industria pobre, subsidiada), en el que cada película es una especie de milagro de esfuerzo y azar, parece casi una injusticia ponerse frente a una directora realmente interesante como es Celina Murga y pedirle más. No mejor, sino simplemente más.

No se trata de discutir recursos formales (la fotografía de Poleri es impecable, al igual que el trabajo de los actores); es algo un poco más amplio y, posiblemente, anterior. No creo que se pueda hablar de errores o problemas en La tercera orilla: todo lo que la película se propone hacer, lo hace y lo hace bien. El problema es qué es lo que se proponía. La tercera orilla es una película chica, no por producción sino por perspectiva. Todo está muy bien, pero queda la sensación de que la ambición ya era demasiado modesta al momento de zarpar.

La tercera orilla es el cuarto largometraje de Murga. De esos cuatro, tres están protagonizados por niños y adolescentes, y en el otro (Ana y los otros) están muy presentes. Murga se ha convertido en la directora de los adolescentes, con una perspectiva repetida y construida con un rigor meticuloso: desde un mundo en el que prácticamente no se ven adultos (Una semana solos), hasta una atención excluyente en los adolescentes (Escuela normal). En La tercera orilla los adultos tienen una importancia mayor, pero la perspectiva de la película se ancla en su protagonista, un adolescente encerrado por problemas y encuadres que lo van asfixiando. Ese compromiso absoluto con los adolescentes (y preadolescentes) le da al cine de Murga una sinceridad muy fresca, pero al mismo tiempo lo encierra en un ámbito específico y muy limitado. Más limitado todavía en la medida en que sus adolescentes no son solo circunstancialmente adolescentes sino que son casi exclusivamente adolescentes: no son personajes fuertes que interesan por su individualidad sino que (individuales, bien delineados, correctos) interesan en tanto y en cuanto son adolescentes y atraviesan la adolescencia como experiencia. Hay, creo, algo de la repetición que no hace a la marca autoral sino, simplemente, a repasar territorios ya conocidos. Digamos: no hay casi nada en La tercera orilla que no estuviera ya en Una semana solos e incluso algunos de sus mejores momentos (el karaoke/canto en italiano) son prácticamente iguales.

Se ha hablado sobre el tratamiento de la adolescencia en esta película como forma oblicua de retratar el machismo general de la sociedad. Algo de eso es cierto. Pero una vez que queda establecida la trama, la situación que vive el personaje es tan particular, tan extraña (por lo menos, es lo que resulta de mi experiencia como espectador) que todo lo que ocurre en la película pronto se aleja de la lectura social y se empieza a cerrar, a circunscribir en esta situación individual.

la-tercera-orilla-2014-celina-murga-04Ese efecto queda reforzado por la puesta en escena, tan clara y unívocamente anclada en la mirada de Nicolás (Alián Devetac), el adolescente. Lo que vemos es lo que ve el chico. Somos su mirada. Eso limita el campo de nuestra percepción. Por otro lado, cuando lo vemos a él, lo vemos siempre (y de forma cada vez más acentuada con el correr de la película) encerrado, aislado, cortado de su contexto por el encuadre, separado de su ambiente por el foco que lo acaricia con su exclusividad. Siempre, pero cada vez de forma más violenta, este chico se nos presenta solo, diferente. Eso ancla esta historia en la perspectiva individual.

Lo que narra La tercera orilla no es una sociedad (específica y detallada) sino la interioridad de un personaje. La cámara de Murga lucha denodada y persistentemente por entrar en su personaje. La transparencia que busca y practica es la de su protagonista principal, cuidadosamente construida, agotadoramente desarrollada.

Desde el primer momento sentimos la tensión. La vemos. La palpamos. No tardamos mucho en comprenderla, hasta que por fin podemos trazar el mapa de esta doble familia. Es claro: Murga maneja una gran sutileza, un arte muy refinado que le permite narrar incluso esta situación tan compleja sin caer nunca en facilismos, en diálogos explicativos, en imágenes banales. Todo es dosificación y confianza en el espectador.

Sin embargo, llega un punto (bastante temprano) en el que comprendemos lo que está pasando, y lo que queda (casi toda la película) es una y otra vez la explicación de una tensión que es evidente por la violencia de lo que se nos está mostrando. ¿Por qué tanto y tan detallado desarrollo de un planteo que resulta claro desde el principio (ofrecido con herramientas modernas y moderadas)? ¿Por qué tanta tensión ligera y muda? ¿No sabemos, acaso, que ese chico va a explotar, que tiene que explotar, que tiene el deber de explotar? ¿No lo exige la puesta en escena al acentuar (sin subrayados pero tampoco con demasiados ángulos como para hacerlo interesante) lo mala persona que es este padre machista y lo bueno y sensible que es su hijo de ojos sobrenaturalmente claros?

Si desde el primer momento vemos el moño insoportable en el que vive este chico y, asfixiados junto con él, sabemos que va a estallar, ¿qué es todo lo que transcurre en la pantalla? ¿Qué es lo que vemos? Una y otra vez lo mismo: el detalle del detalle de una situación retorcida, simple. Se ha hablado de la narración de La tercera orilla, pero esa narración no es tal. Lo que se nos ofrece es la muy lenta y detallada dosificación de información y atmósferas. Pero nada transcurre. Nada se mueve. Nada avanza o intenta avanzar. Todo está estancado en La tercera orilla. Ese estancamiento está bien retratado, pero no lleva a ninguna parte. Sí, una situación de un hombre con dos familias es violenta para sus miembros. La sociedad acepta esa situación y la calla. Este chico tan sensiblemente arropado en su rincón retraído de adolescencia la está pasando mal. Lo que sigue es la justificación de algo que, en realidad, no la necesita. Pincelada tras pincelada, el cuadro se construye con un detallismo minucioso, precioso, pero, acaso, innecesario.

Sabemos que el chico va a explotar. Explota de una forma un tanto naif, pero lo hace. Lo naif queda más en evidencia al tener en cuenta la concentración (siempre puesta en los ojos súper azules de Alián Devetac) de una narración que no hace más que macerar una y otra vez la violencia a la que está sometido este adolescente. Tanta violencia expuesta en primer plano exigía una violencia mayor para generar una verdadera ruptura. El gesto melancólico de huir de casa, precedido por el cuidadoso y detallado acto de vandalismo que se perpetra con la meticulosidad de no lastimar a nadie, posiblemente resulte demasiado conciliador. Tanta presión durante 90 minutos sobre los hombros de un chico merecían una respuesta mejor, mayor, menos bucólica.

La impresión que queda es que esa reacción, ahí donde termina La tercera orilla, en realidad debería haberse ubicado al principio del relato. El final es inevitable, está construido con rigor, pero marca apenas un comienzo. Tal vez la película quería cerrarse con la nota esperanzadora. En realidad, cierra con una nota hueca. Ahí, en ese momento sobre el camión, es donde empieza este personaje. La adolescencia es terrible y vivir en un pueblo es feo. Bien, salgamos a la vida. Ahí donde este universo podría abrirse a un espacio dinámico, ahí donde podía pasar algo, donde comienza la experiencia, se cierra la película. Pero la historia -la aventura, la identidad, la vida- recién empieza. Lo interesante está en la experiencia y esa experiencia se nos niega.

Si se nos niega la experiencia, lo que nos queda es una película que transcurre completa adentro de la cabeza del adolescente. La tercera orilla no transcurre en Entre Ríos, sino detrás de esos ojos de mirada tan pero tan intensa que termina por concentrar toda la trama en una única idea. Ese es el verdadero tamaño de la película: el del espacio que queda detrás de los ojos de un chico.

Aquí pueden leer un texto de Luciano Alonso sobre esta película.

La tercera orilla (Argentina, 2014), de Celina Murga, c/ Alián Devetac, Daniel Veronese, Gaby Ferrero, Irina Wetzel, Dylan Agostini Vandenbosch, Tomás Omacini, 92’.