Por Marcos Vieytes.

Puro placer del folletín impuro. Me sorprendí siguiendo sin esfuerzo y con mucho interés las idas y vueltas de En trance. Siempre tuve prejuicios contra Danny Boyle. No vi Trainspotting y como, además, siempre fui un chico ejemplar, no me tentaron sus excesos ni me sentí jamás representado generacionalmente por el cine de este tipo de poco más de 50 años que me parece, como mucho, un honesto continuador de Tony Scott con más e inmerecida importancia que su compatriota. Cuentan rápido y sin demasiado criterio mil cosas a la vez, aunque terminen resultando mucho más clásicos de lo que parecen y les importe, sobre todo, entretener, pero entretener con personajes atractivos, buena selección de actores y haciéndosela pasar bien al espectador con tanto proceloso ruido audiovisual y tanta palabra, en el fondo, arrulladora. ¿Qué significa para estos señores hacer que los espectadores la pasemos bomba? Ponerle acción al asunto, colores al plano, sentimientos a los vínculos, relativamente poca duración al plano, aunque porte más contenido y sentido del que parece, sólo que condensado. En trance empieza con un empleado de una subastadora de arte contándonos que ahora ya no hay robos como los de antes porque las medidas de seguridad tampoco son las de antes. La elemental comparación entre el pasado y el presente se impone, pero la nostalgia no campea, porque el cine de Boyle es un cine del instante, más allá de cuánto nos guste la actualidad recontratecnificada, las relaciones rápidas, el intercambio de datos, la velocidad. Pero este presente del cine de Boyle tiene conciencia del pasado, aunque más no sea como mercancía, materializado aquí en las pinturas y en la memoria perdida del protagonista. El espectador ignora al principio si es un truco para quedarse con el botín o si la amnesia es real. En todo caso, la identificación con el personaje será relativamente débil o más bien inestable, para luego dispersarse hacia otros personajes y terminar por no aquerenciarse con nadie, o acaso con el todos de la cámara, que es menos la semisubjetiva de un creador personal mostrándonos su mundo que la de un servidor impersonal permitiéndonos navegarlo. Boyle sabe que no hay nada nuevo bajo el sol, lo que no le impone la carga de reverenciar a otros (cineastas, en este caso), sino de ir para adelante haciéndole caso a su voz.


Que es la del mundo virtual, la autopista de la información, la pantalla táctil, pero todo ello dotado de una cierta textura física y de un placer sensorial juguetón de tan colorido. Los cómplices del protagonista terminan aceptando que el chabón no recuerda dónde puso el Goya robado después de sacarle todas las uñas de los dedos menos una (o dos), y deciden llevarlo a una hipnotizadora para que acceda a la información. En ese punto reconocemos estar en una comedia que roza el absurdo. Ni qué decir cuando la hipnotizadora los convence a todos de someterse a terapia para demostrarse vulnerables ante el protagonista, que no abre su inconsciente por temor a que lo maten una vez revelado el secreto. Ustedes dirán que no hay lógica alguna en lo que estamos viendo, pero ¿quién precisa de la lógica? Además, si Rosario Dawson es la hipnotizadora y más tarde hace un desnudo frontal, ¿quién podría negarle algo? Esto parecen los delirios de un calenturiento, pero si hay una lógica en la película es la del poder femenino sobre el hombre, transformado en fetiche circunstancial en pro del fetiche mayor.


Esto que empieza como comedia termina con excesos casi melodramáticos que no hacen sino volver todo más absurdo y enrevesado, sin que nos importe remontar el hilo argumental para ver si nos permite salir del bosque en el que nos extraviamos felizmente en compañía de un Vincent Cassel que funciona muy bien con los directores que exponen su evidente vulnerabilidad malamente disfrazada de rudeza (sin ir más lejos, Cronenberg en Promesas del este). En el camino volvemos a encontrar fragmentos del encanto de las películas en las que un grupo sofisticado de ladrones hacía del robo de obras de arte un arte en sí mismo, la célebre distancia melancólica entre el plan y su realización, una cierta teoría del espectáculo como hipnosis consentida, un gran santuario arquitectónico que cobija todas las pinturas perdidas u olvidadas con el aura sagrada ausente de Benjamin trocada en impulsos electrónicos, y un final abierto marca siglo XXI que recupera la riqueza inmediata y profunda del arte popular, por masivo que sea, capaz de parir involuntariamente asombros como los que a principios del siglo pasado despertaban los seriales en los surrealistas.