La isla caribeña de Cuba se asocia para nosotros inmediatamente con dos imágenes emblemáticas que exponen dos posiciones encontradas y antagónicas respecto de ella, casi diría dos maneras de ver la vida. Por un lado, el paraíso turístico de playas de aguas cálidas y clima de fiesta, y por el otro, la figura del activista argentino Ernesto Che Guevara, uno de los líderes de la Revolución Cubana de 1959 que, junto a Fidel Castro y otros guerrilleros, derrocó a la dictadura de Fulgencio Batista, condescendiente con el imperialismo estadounidense.

En este contexto, Los caminos de Cuba (2019), opera prima del realizador argentino Luciano Nacci, si bien neutral en cuanto a acoger distintas posiciones testimoniales, sienta de entrada una posición al optar por dar voz a las vivencias de los oriundos de la isla. El documental está narrado por una primera persona, la del viajero extranjero que es testigo de las vidas y de las experiencias que le relatan los protagonistas, y que las comparte con el público mientras añade algunas de sus impresiones personales.

Por otra parte, es interesante destacar la temporalidad en que transcurre la película. El viaje del narrador, rescatando los testimonios que encuentra a su paso, discurre durante el mes de octubre de 2016,  poco tiempo antes del fallecimiento de su líder más emblemático, persistente y controvertido como fue Fidel Castro. Esto le imprime el sello de haber logrado captar el sentimiento cubano de una época y de una generación para la cual la revolución cubana sigue viva, ya sea porque la han vivido directamente o bien porque han vivido las consecuencias de un estilo de gobierno socialista en su vida cotidiana. En este punto, es interesante el efecto de dar movilidad a las fotografías en blanco y negro de la revolución cubana que se insertan en el film, consiguiendo así el tono poético de un pasado que no está petrificado, sino que sigue fulgurando a medio camino entre lo vivo y lo que tiene el sello de la nostalgia que lentamente languidece.

En cuanto a su estructura, el documental va intercalando mediante un montaje adecuado fragmentos de testimonios en plano fijo, fotografías de archivo en blanco y negro de los tiempos de la revolución e imágenes del paisaje que rodea a los personajes o de sus quehaceres artesanales cotidianos, que se acompañan de música claramente tradicional e identificable con la isla.

Más allá de las innegables bellezas de la isla, el narrador no la retrata desde la mirada tradicional del turista consumidor, sino con la mirada del viajero errante que apunta a dejarse sorprender por el descubrimiento de algo nuevo. Esto se capta en la decisión de alejarse de la Cuba de postal con su Habana vieja y sus complejos hoteleros en playas de ensueño, para internarse por caminos y paisajes menos bulliciosos e interesarse por historias menos transitados y más marginales. De ahí que sus protagonistas sean representantes de las clases populares como el taxista con quien el narrador inicia su viaje, los campesinos y el entrenador de béisbol de Viñales, las mujeres artesanas del yarey en Trinidad, los músicos callejeros o los jóvenes artistas de Cienfuegos. Lo bonito se encuentra entonces inesperadamente ahí, en esos paisajes detenidos en el tiempo; en esos rostros curtidos por el trabajo y en esas voces que resuenan desde las alegrías y los sinsabores de la vida.

A medida que van transcurriendo las experiencias de los entrevistados, se destaca y desprende de ellos su particular modo de vida. Los entrevistados realizan trabajos artesanales, que están anclados fuertemente en las tradiciones locales, vinculadas a una transmisión familiar que pervive de generación en generación. De los testimonios no se desprende queja insatisfactoria ni codicia, sino que valoran los momentos de felicidad ligados a la dignidad de poder ser artífices de sus propias producciones y de poder sostener lazos de familia y de trabajo que resisten el paso del tiempo, gracias a un sistema político más igualitario en materia de salud y educación.

Para un espectador urbano, el contraste entre estas elecciones de vida y la suya, agitada, hiperconectada e hipertecnificada, probablemente invite a la reflexión. El documental, sin entrar en la cuestión valorativa respecto de qué sistema político es mejor (ya que no hay ninguno perfecto), logra llevar nuestra atención hacia esa vida sencilla y apacible, en contacto con sus raíces y su historia. Si hay algo que el capitalismo tiene como efecto es precisamente el arrasamiento de las marcas identificatorias del sujeto que lo arraigan a su tierra, para transformarlo en el uniforme consumidor globalizado, atiborrado de múltiples estímulos y diversas mercancías que supuestamente harían su felicidad. Sin darnos cuenta, cada día renegamos de nuestros atributos distintivos para pertenecer al orden de lo igual y entonces la nobleza de esas historias que defienden sus marcas distintivas frente al avance del capital, nos interrogan.

Otro punto en el cual Los caminos de Cuba nos interpela es respecto de nuestra idea de libertad. Cuba rápidamente se asocia a dictadura y es claro que el borramiento de la disidencia, no es precisamente un valor. Pero, ¿de veras nos creemos más libres en el capitalismo? ¿o la única libertad que tenemos es la de elegir responder o no al imperativo de producir y consumir en el libre mercado?

El documental de Luciano Nacci encuentra su valor al brindarnos una mirada que no fuerza bajadas de línea explícitas, sino que se abre a la sorpresa, a lo inesperado. De esta manera, lejos de caer en valoraciones morales, construye a Cuba como un misterio, como un enigma inagotable capaz de hacer arder al espectador en preguntas, antes que en certezas. Como reza el título de la película, los caminos que se pueden transitar son varios, pero no siempre conducen al mismo lugar. En este sentido, estas otras voces cubanas tienen el valor de recordarnos que es posible vivir de otro modo; con un estilo más austero, más solidario, más vinculado a lo que verdaderamente importa.

Calificación: 7.50/10

Los caminos de Cuba (Argentina 2019). Guion, montaje y dirección: Luciano Nacci. Fotografía: Pablo Franco. Duración: 61 minutos. Disponible en Cine Ar Play.