el-limonero-real-posterSin haber leído El limonero real pero reconociendo la prosa saeriana como tal, es fácil pensar que lo que cautivó a Fontán fue tanto la densidad de su clima como su argumento raquítico. El limonero de Fontán arranca con una panorámica del caudaloso Río de la Plata, al que Saer tradujo como El río sin orillas, título de un libro inclasificable en donde mezcla ensayos sobre la historia de nuestro país con prosa biográfica, pasando de ser narrador a ser personaje una y otra vez. Podría pensarse entonces en el río como una metáfora de la memoria, o de la relación narración-memoria, un espacio no delimitado, en constante movimiento, inabarcable, que nunca deja de fluir. Un espacio que, como los desiertos de los westerns, exceden al hombre y delimita su accionar. Los hombres y las mujeres, sea cual fuere nuestro oficio, inventamos mínimas formas de controlar ese caudal fuera y dentro nuestro, permanentemente, y el arte quizás sea la forma consciente de esa invención. El río sin orillas es un libro de ensayos sobre la Historia argentina cuya prosa se convierte en novela. Saer escribió en algún lado que narrar es, antes que nada, delimitar un espacio y una voz. Pienso que Fontán, a su manera, también ensaya. El resultado es una película que, como los libros de Saer, no encuentra género que la contenga.

rioLa ausencia del familiar que se enuncia en la primera escena de la película bajo la forma del costumbrismo se traduce después en los detalles de la naturaleza que Fontán sabe filmar como si fueran gigantografías del espacio exterior. No dejo de preguntarme el para qué de esa primera escena que resulta una suerte de prólogo explicativo, como si no se tuviera confianza en lo que vendrá. Y, justamente después de ella, viene lo mejor. Emprendemos un traslado en canoa que, como todo viaje, desconfigura el tiempo, partiéndolo en mil pedazos en los que, a fuerza de hipnosis, creemos: pasamos del sol a la lluvia y de la lluvia al sol en unos pocos minutos que parecen horas. A través del lento avance de la canoa, las imágenes nos sumergen en el tiempo de la selva al mejor estilo Conrad, empapándonos a través de su duración y de la indiscernibilidad de la distancia entre la cámara y la costa. Desde el ojo de Fontán, pieles, agua y follaje forman una pesada masa de aire, un espacio asfixiante, tan denso como la humedad que envuelve a los personajes con los que nos iremos cruzando.

limonero1_0Quizás ésta sea una cuestión personal, pero Germán da Silva hace personajes que vi demasiadas veces; se me hace difícil el verosímil de su rostro afectado y su cuerpo varonil que arrastra el trajín de los personajes marginales del nuevo cine argentino. Lo mejor de la película sucede cuando la narración lo olvida. De espaldas, con el sol rajando la tierra, se vuelve el guía de esta excursión que nos lleva de paseo por un territorio desconocido. El exotismo natural de las islas se ve potenciado permanentemente a través de los juegos de lentes, como si su director pintara arriba de las imágenes. A medida que la película avanza, Fontán, como Saer, opera la narración, extrayéndole lo obvio, hasta no dejarnos entender del todo lo que dicen los personajes, no dejándonos ver del todo. En esas abstracciones reside su virtud. Fontán nos ofrece grandes series de cuadros expresionistas y un movimiento suspendido. A tal punto que cuando Da Silva se tira al agua, pareciéramos estar delante de una película experimental. Ya no nos preguntamos por sus motivos, su larga siesta, su paso silencioso, nos dejamos empapar.

captura-de-pantalla-2016-08-26-a-las-5-57-22-p-mLos momentos más bellos, más logrados, más nítidos de El limonero real son acaso los menos realistas. Lo más interesante a nivel experiencia cinematográfica es el efecto de amplificación sensorial. Fontán, cineasta de climas, meteorólogo esquizofrénico, filma el viento y la lluvia como pocos lo filmaron en nuestro cine. Pero esta película pierde la delicadeza alcanzada en El árbol cuando introduce figuraciones que no le hacen falta y se pone efectista usando elementos como la luna gigante, los colores dudosos en algunos planos que parecen no pegar con otros, o el ceño fruncido de Da Silva. Como buscaba, no sin consciencia, el cine en sus orígenes, los gestos de las personas narran mucho más de lo que narra una idea o una intención. Cuando llega el momento de sentarse a comer, todo lo que se mantenía inminente, todo lo que más o menos esperábamos (me pregunto qué esperábamos en realidad) se suspende. Y sólo nos queda el rostro de una abuela con un tic en la boca, el cabello recién peinado de una madre, caras impasibles de adolescentes, los ojos llorosos de un viejo isleño que bebió de más. No sabemos lo que pasa, pero estamos sumergidos en ello. El ensayo, teatral o literario, también se trata un poco de eso. Adentrarse en una selva y cazar una presa, una presa hecha imagen. O como dicta una potente sentencia godardiana: “Para las ideas vagas, imágenes claras”.

Acá puede leerse otra nota sobre El limonero real a cargo de Gustavo F. Gros y acá otra de Luis Franc

El limonero real (Argentina, 2015), de Gustavo Fontán., c/Germán De Silva, Patricia Sánchez, Rosendo Ruiz, Eva Bianco, 77′.