El pequeño vampiro es una película amable que va de menor a mayor y que no presenta grandes novedades en el mundo del cine animado contemporáneo. Esta coproducción europea, basada en una exitosa saga literaria escrita por Angela Sommer-Bodenburg, nos narra varios cruces que son interesantes y que estructuran el relato: la metáfora sobre la diversidad y la idea de lo distinto, que es lo que construye el sentido último de la película; y también el intercambio entre una familia moderna americana, definida por un determinado consumo naturalizado (cuestión que nunca se problematiza), y el viejo mundo en el que habitan los vampiros (la Transilvania de siempre revisitada con un aire a la Tim Burton).

La película comienza con una trama obvia en la que predomina la corrección política pero, a medida que los acontecimientos se van desenvolviendo, la historia empieza a hacerse más fluida y divertida. Cierto imaginario sobre el que trabaja este film animado le debe mucho a la estética y mirada timburtoniana (sobre todo en lo que refiere a la adolescencia y esa tristeza que el autor de Ed Wood problematiza en sus obras mayores) ya que es sobre este universo sobre el que se anclan sus personajes. Es el tono de El cadáver de la novia el que flota en el aire cuando uno ve El pequeño vampiro, operando a su vez como una influencia ineludible a la hora de pensar las coordenadas estéticas.

A medida que la película y los personajes logran establecerse, el aspecto narrativo del film mejora exponencialmente más allá de las citas posibles. Una familia de humanos se va de vacaciones a Transilvania y el hijo de la pareja (Tony) se encuentra obsesionado con la existencia real de los vampiros ante la mirada incrédula de sus padres. A su vez los vampiros viven recluidos de los seres humanos de los que temen (y con razón). La metáfora de la segregación y la corrección política que esta conlleva es tratada de modo gentil para el público que ve la película, evitando subrayados simplones que degradarían y empobrecerían el tema. Siguiendo la estela de la saga de X Men, pionera en pensar desde lo ficcional y desde las entrañas del imperio sobre todo en cuestiones relacionadas a las minorías, en El pequeños vampiro el choque de mundos, o de civilizaciones (para utilizar la expresión del filósofo conservador Samuel P. Huntington acerca del choque de civilizaciones que tan de moda estuvo en la década del 9O), es el nudo argumentativo del film de Richard Claus y Karsten Kiilerich.

Luego de un inicio confuso y aburrido en donde aparecen demasiados personajes y la historia no termina nunca de construirse en la segunda parte del film la moralina se corre de escena y la película crece. Una disfuncional y ambigua pareja de cazadores de vampiros le inyectan una necesaria dosis de adrenalina a la historia, y llevan a que Tony y Rudolph, un niño y un vampiro, ambos de 13 años, se conozcan y pasen a confiar y creer el uno en el otro, y a pensar la posibilidad utópica de un mundo sin segregación (cuestión que en Europa hoy no pareciera darse más que en la fantasía de ciertas películas como esta).

La posibilidad de pensar un futuro sin violencias irracionales entre los seres humanos propios de una fantasía hippie no impide que la película ponga a la vista del espectador la dificultad de que esto se produzca en el plano de lo real. Si bien la corrección política a la Disney no falla, también es cierto que en la segunda parte la trama presenta pocas fisuras y la moraleja de este cuento no afecta en demasía el resultado final ya que estas dosis de corrección política son aliviadas con algunos gags y personajes muy logrados que ayudan a que la travesía sea placentera. En este sentido el personaje más destacado del film (y que pide a gritos algún protagónico a la brevedad) es el de una vaca vampira voladora que ayuda a nuestros héroes en este viaje iniciático. El viaje de El pequeño vampiro es una aventura que transforma y modifica a los personajes, para devolvernos la posibilidad de evadirnos de las fatigas de lo real

El pequeño vampiro (Alemania/Holanda/Dinamarca/Gran Bretaña, 2017), de Richard Claus, Karsten Kiilerich, c/Jim Carter, Rasmus Hardiker, Alice Krige, 80’.