Erase una vez en Italia: Una vida difícil, por Paula Vazquez Prieto

uysejyj4Una vida difícil no es solamente una de las mejores comedias que ha dado el cine italiano en su historia sino una de las películas que mejor ha retratado el tránsito de la Italia fascista a la nueva nación del milagro económico con la justa combinación de lucidez y desilusión. La comedia, menospreciada por la crítica de entonces como un género menor apoyado en convenciones y en el brillo de un star system en alza, ofreció en los años de su esplendor una mirada aguda y nada complaciente sobre un presente complejo y cambiante. Nada más difícil que dar cuenta del ahora con justeza y perspectiva. Directores, guionistas, algunos productores, todo un andamiaje industrial –con sus luces y sus sombras-, se animó entonces a mirar de frente ese escenario plagado de espinas más que de rosas, y dio nacimiento a una sátira consciente y lúcida, genuina en la recuperación de la propia tradición, del propio pasado, y ajustada a las demandas de una industria con claras aspiraciones comerciales pero que por ello no renunciaba a su comunión con el pueblo.

Filmada un año antes de la que sería la película más recordada de Dino Risi, Il sorpasso, Una vida difícil presenta un notable contrapunto al cinismo que cimentaba en aquella al personaje de Vittorio Gassman. Silvio (Alberto Sordi) interpreta aquí a un joven periodista, partisano e idealista, que inicia su combate contra las fuerzas alemanas de ocupación en los tiempos del armisticio del 8 de septiembre de 1943. Si Bruno Cortona, el Gassman de Il sorpasso, despreciaba la Historia y se hacía protagonista a fuerza de trampas y bocinazos, el Silvio de Sordi honra en cada uno de sus actos la memoria de su propio pasado. Tras escapar con sus compañeros de las armas enemigas, y luego de dormir varias noches en un cementerio, llega a un pequeño albergue ubicado en Càntu Cermenate, en la región de Como. Atrapado por un oficial “tedeschi” y a punto de ser fusilado, será salvado providencialmente por Elena (Lea Massari), la hija de la patrona del lugar. Ese será el único golpe de fortuna que tendrá Silvio en su vida, porque como él mismo le cuenta a su hijo tiempo después, “la fortuna no es algo que él haya buscado”.

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El encuentro con Elena marca un hito fundamental para la vida de Silvio, y para la historia que narra la película: por un lado, Silvio verá enfrentado su compromiso con sus ideales en el marco de su vida pública, con sus propios deseos humanos en el orden de la vida privada; por el otro, la película recorrerá la historia italiana a lo largo de veinte años, desde los últimos años de la guerra hasta la eclosión del milagro económico, con la misma tensión entre la dignidad y la claudicación. Una vida difícil se mueve en ese territorio de encrucijadas permanentes. La primera de ellas es la aparición de Alberto Sordi, bufo por excelencia, uno de los grandes actores que ha dado la comedia del mundo, en una tragedia sorda, sin explosiones melodramáticas pero sí resuelta con un tono de lograda amargura. A medida que avanza la vida de Silvio, surgen sus mayores disyuntivas. Luego de la guerra, llega la paz y el regreso a la vida civil, fuera del campo de batalla. Ahora la lucha se libra en la prensa y Silvio cree en la libertad y la independencia de su pequeño periódico, financiado entonces “con el dinero de los trabajadores”. Así cubre cada una de las noticias candentes, se torna provocador con sus titulares, y se arriesga en investigaciones comprometidas. Cuando inicia su vida con Elena, fuera del matrimonio y de la seguridad de un empleo mejor remunerado, la fidelidad a sus convicciones revela un notable sacrificio. Viven en una pieza sin cocina, comen de vez en cuando, llevan los zapatos rotos. Como son jóvenes, vivir a pan y cebolla no parece demasiado grave, apenas una nueva aventura. Pero el rechazo del soborno de un poderoso industrial corrupto, el embarazo de Elena y la responsabilidad de un hijo, una condena política y dos años de cárcel, lo confinan a una posición marginal en la sociedad y a una lucha permanente en el seno de su propia familia. La vida se ha tornado tan difícil para Silvio porque Italia se ha convertido en un país donde el éxito va de la mano de la traición y la mezquindad, porque quienes perdieron en las elecciones del 48 pronto llegan para vengarse, porque la frivolidad y el egoísmo han sustituido a la genuina convicción de que se puede ser una nación próspera repartiendo la riqueza entre todos.

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Una vida difícil mantiene el tono del relato con un pulso admirable. Mérito de Rodolfo Sonego –uno de los guionistas emblema de la época junto a Cesare Zavattini, Suso Cecchi D’Amico, Sergio Amidei, Age y Scarpelli, Ettore Scola y Ruggero Maccari, y muchos otros que me estoy olvidando-, y también de Dino Risi que parece estar en su mejor forma. Amarga y dolorosa, Una vida difícil no deja de ser una comedia. Sordi ofrece un Silvio único, un hombre dolido de saber que su pasado reciente y la historia de su país ya no le interesan a nadie. Escribe la novela de su vida en la cárcel, mientras protesta por las malas condiciones en el presidio y vive a encierro y pan duro, y cuando sale nadie quiere publicarla. Demasiado provocadora, demasiado seria, demasiado triste. Nadie en Italia quiere leer nada sobre la guerra, la miseria, la lucha partisana, sus compromisos, su integridad. La nueva Italia es ahora de ese capital que coloniza todo, industrias, medios de comunicación y conciencias. Mientras él tomaba el edificio de la RAI luego de un violento ataque a Palmiro Togliatti, quien fuera el emblemático líder del PCI, su amigo Franco (Franco Fabrizzi) se tomaba un capuchino en el bar de la esquina. Cuando sale, es Franco quien viene a buscarlo en su macchina deportiva mientras él no tiene plata ni para el colectivo. El mundo ha cambiado.

Una de las claves de Una vida difícil es el uso de la elipsis. Ya la primera, que nos traslada desde la primera noche de Silvio en su refugio del molino con una pata de jamón colgando en el techo, hasta otra noche tres meses después en la misma cama, en la que se encuentra también Elena, con el hueso de la pata en la misma posición, muestra la astucia con la que Risi y Sonego han construido el relato. Los hitos de la vida italiana de posguerra, desde la firma del armisticio, la liberación de Italia, el referéndum por la monarquía o la república, hasta la muerte de Stalin, corren junto a los dilemas cotidianos de Silvio, sus frustraciones, sus intentos de negociar con ese nuevo orden que ha venido para quedarse. Una vida difícil todavía hoy nos dice desde la pantalla que la comedia italiana estaba entonces en su apogeo, que fue clave para ello el despegue de la industria, la sintonía de sus creadores, el talento del genial Sordi y la aparición de una inolvidable Lea Massari. Risi y Sonego dieron una vida única a cada una de sus escenas, dotándolas de notable complejidad, mostrando a un hombre peleando día a día por su dignidad y su destino, y a un país agrietado definitivamente, ya no solo entre Norte y Sur sino entre quienes resisten y quienes dieron la espalda a la Historia y a la dignidad para disfrutar de las mieles de una vida confortable.

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Aquí puede leerse un recorrido por las voces de la commedia all’italiana. Traducción José Miccio.

Una vida difícil (Una vita difficile, Italia, 1961), de Dino Risi, c/Alberto Sordi, Lea Massari, Franco Fabrizzi, Lina Volonghi, Antonio Centa, 118’.

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