1134dSomos todos patéticos. Es imposible no reconocerse en alguno de los personajes de El juego de la silla, aunque sea en un mínimo detalle. Y por más pequeño que sea nos impide la risa, genera identificación y nos llena de vergüenza. La ópera prima de Ana Katz incomoda, nos recuerda hechos reprimidos en el inconsciente.

La trama es sencilla: Víctor (Diego de Paula) es argentino pero vive en Canadá, la empresa donde trabaja lo manda por negocios a su país natal y visitará a su familia durante 24 horas. Con tan solo seis personajes y prácticamente una sola locación Katz construye un clima, en sus múltiples escenas, que oscila entre lo grotesco y lo triste. Todas transcurren en ese corto lapso que comparte junto a su madre, sus dos hermanas, su hermano y su ex novia. Víctor, notablemente incómodo y tolerante, se irá asfixiando junto al espectador, incrementando lo insoportable mientras se desnuda la vida de una familia innegablemente parecida a casi todas.

En este debut Ana Katz no sólo dirige su propio guion, sino que también interpreta de modo impecable a una de las hermanas, quien posee algún retraso madurativo. Se luce en el papel quizás más difícil, resaltando su capacidad de actriz en una de las escenas más tortuosas, cuando se propone homenajear a Víctor guitarra en mano. Todos los personajes de El juego de la silla juegan a ver quién es más patético, incluso el hermano mayor que se esfuerza por complacer a todos, llevando la exasperación que provoca hasta el límite.

El juego de la silla pone el foco en la familia como Esperando la carroza pero, a diferencia de la divertida historia de mamá Cora, en la familia Lujine todo se pinta de gris. Katz logra una atmósfera insoportable a fuerza de planos cerrados y ambientes pequeños. Aunque muchas de las escenas son dantescas, jamás cruzan el límite de lo creíble.

1134aHay un personaje que compite por el centro de la escena con Víctor: su mamá. Encarnando a una señora insoportable, Raquel Bank ejecuta a la perfección la parte que le toca: comanda el desequilibrio familiar y, de menor a mayor, deja en evidencia los rasgos psicóticos y la repartija de traumas que conviven en ella. La dirección de actores es el aspecto más logrado de la película. Con mayor o menor participación, los seis interactúan de manera brillante, sin exageraciones. Los personajes se construyen exclusivamente a partir de sus voces y sus cuerpos, y con ellos nos cuentan sus particularidades, ninguno describe al otro, nadie tipifica, no hay nada que deba leerse para conocer o redondear la personalidad y aptitudes de cada uno.

La película pone en ridículo varios rituales típicos de la clase media. La cena, el movilizarse en grupo y sin coche propio por la ciudad, los trabajos desagradables y rutinarios y las sobremesas forzadas. Pero a Katz no le importa el contexto político, económico ni social. Solo el núcleo pequeño de una familia, exponiendo sus miserias, el patetismo y la negación.

Para muchos esta película podrá ser una comedia, para otros un drama. Dependerá el grado de identificación de cada espectador para decidir a qué género pertenece. Ese es el juego que plantea Ana Katz.

Aquí puede leerse la segunda entrega del Especial Ana Katz.

El juego de la silla (Argentina, 2002), de Ana Katz, c/Diego De Paula, Raquel Bank, Luciana Lifschitz, Ana Katz, Verónica Moreno, 93′.