Goces, estertores, fluidos, gemidos, deseos, “devenir mujer”, “comportarse como un hombre”, intentar ser alguien en la vida y no sentir culpa por ello. Un chico le avisa a su novio que ya está preparado para tener sexo, y éste le sugiere que previamente se realice una ducha anal porque le da asco que pueda haber algún contenido no deseado. ¿Qué es la ducha anal? ¿Cómo se hace? ¿Si quiero tener sexo anal me voy a cagar encima? El adolescente no puede con tantas dudas en su cabeza, entonces hace que su mejor amiga lo llame para justificar su huida. Al día siguiente, consulta al gurú del sexo de su escuela secundaria, un adolescente de 16 años, llamado Otis Milburn (Asa Butterfield) quien lleva adelante una Clínica Sexual.

El plan de estudios del colegio Moordale es vetusto, estructurado bajo marcos teóricos conservadores, elitistas, que reivindican la abstracción de los conceptos y se desligan de la praxis; es totalmente demodé. Átomos, moléculas, protones y neutrones refieren al universo de la química, y los profesores utilizan esos términos para explicar los casos de clamidia que aparecieron en la escuela. Jóvenes corren por los pasillos, portan barbijos, gritan confundidos y creen fervientemente haber contraído la enfermedad por haber simplemente tocado a un compañero. La única esperanza que les queda es Otis, hijo de la sexóloga del pueblo (la grandiosa Gillian Anderson), quien transmite todos los conocimientos que aprendió en su casa y brinda consejos a cambio de dinero.

Sex Education, creada por Laurie Nunn y producida por Eleven para Netflix, fue una de las series más populares de la plataforma en 2019. Se destaca por poner en evidencia las falencias del sistema educativo respecto al sexo, la lucha de las mujeres jóvenes en el terreno creativo y profesional, las tensiones sexuales no deseadas, los abusos, las humillaciones, las presiones maternas y paternas, la sororidad femenina y las aspiraciones personales. La segunda temporada instala una pregunta ingeniosa: ¿qué es lo que tienen en común las mujeres? ¿Es el goce suplementario del que tanto habla Lacan? ¿O se esconde algo más? Freud dirá que la mujer es un enigma y que no es posible saber qué quiere de él –digamos que el célebre “¿Qué pretende de mí?” no lo popularizó Isabel Sarli, sino el padre del psicoanálisis–. Lo cierto es que la pregunta-abanico que abre Sex Education se instala en los tejidos de lo político. Si una mujer joven desea ser escritora, artista, docente o repostera deberá renunciar a su simpatía, cortesía, amabilidad, generosidad para adquirir un comportamiento más rudo, agresivo, competitivo. En el terreno político parecieran no convivir plácidamente los rasgos femeninos y los masculinos, pareciera que la mujer debiera renunciar a sus cualidades esenciales para simplemente arrojarse a luchar en el lodo.

“Mostrar el pene les da poder” espeta Ola tras recordar un incómodo momento que vivió con un hombre al regresar a su casa por la noche. El pene como elemento fundamental para el acto de la dominación masculina y el fantasma del abuso sexual como presencia imaginaria y/o real del hombre o varios hombres atestiguando el ritual de demostración de la virilidad. Las tetas grandes, el culo redondo, el short revelador o el escote pronunciado como provocaciones que deben ser limitadas, controladas, castigadas. Los gestos o signos de femineidad son “insultos”, el sujeto masculino se siente atacado por ellos y de allí nace el impulso agresor. Esa motivación lleva a buscar la posición de subordinación del Otro y la obtención de un poder. La mancha de semen en el jean ultrajado de Aimee (Aimee Lou Wood) es la prueba de un poder que debe ser obtenido. La autoridad masculina está previamente resquebrajada, hecha trizas, el abusador debe abusar para poder alcanzar ese poder. La usurpación del ser está estructuralmente planificada, el cuerpo femenino pasa a ser el dador de fuerza, vigor y virilidad. El acto vandálico se comete para poder alcanzar –o, mejor dicho, recuperar y/o restaurar– el trofeo de un usufructo: la virilidad perdida.

Las adolescentes británicas de Moordale descubren que lo que tienen en común es que padecen las mismas injurias al intentar dejar una huella en la vida social. Aimee desea con todas sus fuerzas ser repostera, cocina una torta en forma de conejo, pero su simpatía es malinterpretada por un hombre en el colectivo quien se masturba en la pierna de ella y le deja el jean manchado de semen. De modo pedestre y bromista, una vez ya en la comisaría para asentar la denuncia, Aimee le dirá a Maeve –su amiga, confidente y fiel consejera–: “No pasa nada. Básicamente me estornudó. Una acabada es como un pene que estornuda”. Lo de Laurie Nunn es un chicaneo a las irreverencias sociales que hemos naturalizado hasta el hartazgo. La premisa “no fui yo, me obligó a hacerlo”, que abandera toda excusa exculpadora cuando de agresiones sexuales se trata, es una de ellas, siendo su dimensión incomprensible una de las más atenuantes y eficaces para los abusadores. La mancha de semen en el jean de una mujer es como un moco expectorado en la vía pública. Es algo natural. No hay nada de malo en ello. ¿Es algo natural? ¿No hay nada de malo en ello? Nunn aboga por desnaturalizar lo naturalizado en clave cómica y cómplice con un espectador avispado y con otro que debe abandonar la somnolencia.

La sororidad femenina trasciende la razón de clase, raza y etnia. La solidaridad entre mujeres sólo puede consolidarse mediante la trascendencia de esos factores. Lo femenino como punto de encuentro y unión. Las diferencias de idioma, estrato social, color de piel, pertenencia socio-cultural, gustos personales pueden variar, pero la causa es lo que verdaderamente nos aúna a todas en un mismo lugar. Sex Education logra plantearlo como tema y no como problemática, la serie no se caracteriza por presentar un elenco integrado por jóvenes de facciones perfectas y cuerpos esbeltos, sino por la inversión de los estereotipos.

El ideal de la mujer y del hombre blanco, de clase media, que se difunde a borbotones como canon de belleza, se altera e incluso se demuestra que no existe. Los feos, las obesas, los rechonchos, los cachondos, los llenos de acné en el rostro, los nerds, las chatas, las culonas, los negros, las cimarronas, las blanca color teta, las frígidas, los pajeros, las histéricas, los boludos, los árabes, los africanos, las deformes, las petisas, los narigones, los crespos, los vírgenes, los adolescentes en general tienen su representación en la pantalla chica. El lugar de enunciación en Sex Education no corresponde al convencional punto de vista hegemónico de clase media/alta, blanquecina, occidental, capitalista y patriarcal. La cultura híbrida es parte constitutiva de la Gran Bretaña contemporánea y Nunn lo registra con una estética colorida, vintage, de texturas nostálgicas, estampas cálidas, en una escuela secundaria ubicada en las cercanías de un bosque. Un cuento de Andersen sobre el universo adolescente, un musical sobre sexualidades disidentes, una comedia de iniciación y un drama social para el Estado.

¿Cómo le hago bien la paja a mi novio/a? ¿Quién debe comprar la pastilla del día después? ¿Si tengo fetiches sexuales estoy loco/a? ¿Qué mierda es la clamidia? ¿También provoca la conjuntivitis? ¿Por qué no llego al orgasmo? ¿Por qué no puedo masturbarme? ¿Lo que dice Google contribuye o empeora las cosas? ¿Qué? ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Por qué? Mmm… los protones y los neutrones… No, el plan de estudios debe modificarse con premura. Mientras tanto, Otis y su madre Jean nos ayudan a aquietar y eliminar -de a poco- los prejuicios y tabús que venimos acarreando desde hace largo rato.

Calificación: 9/10

Sex Education (Gran Bretaña, 2018). Creada por: Laurie Nunn. Elenco: Asa Butterfield, Gillian Anderson, Ncuti Gatwa, Emma Mackey, Connor Swindells, Aimee Lou Woods, Kedar Williams-Stirling. Duración: 45 minutos. Disponible en Netflix.