Si Jerónimo fuese una mujer, Esteros sería una película con amplia visibilidad en los diarios y en la televisión del mediodía. si Jerónimo fuese, por ejemplo, Araceli González y Matías fuese Adrian Suar, Esteros se mencionaría en el programa de Mariana Fabbiani, el director asistiría a algún almuerzo de Mirtha Legrand, o se vería demorado en algún letargo alucinatorio, provocado por las preguntas de Fantino; si el romance del film fuese heteronormado, Esteros sería tal vez esa película que Telefé titula “para volver a creer en el amor”. Pero Jerónimo es un hombre, y Matías también, Esteros es una historia de amor entre dos hombres. Su conflicto se ancla sobre la represión del deseo, sobre el tabú que abunda en generaciones vigentes, y si bien sigue siendo una historia de amor entre dos personas, no intentando superar demasiado ese margen, expone con claridad los límites impuestos por una sociedad unilateral y represiva.

Esteros cuenta la historia entre Matías y Jerónimo, quienes comparten la casa de este último durante su niñez en los Esteros del Iberá. Se enamoran a los 13 años, pero deben distanciarse cuando el padre de Matías acepta un trabajo que los obliga a mudarse a Brasil. Vuelven a reencontrarse diez años después, reavivando todos esos deseos que ambos alimentaron, Jerónimo de forma consciente y Matías con mucha culpa.

El padre de Matías es el típico empresario que piensa en la guita, no tiene fondo, es una figura conceptual que ayuda a descifrar las razones del devenir empresarial y heteronormado de Matías. Jerónimo es en cambio, el baqueano del Iberá, estudiante de cine, el hippie que vive con dos mangos. Esta exploración de la brecha entre empresarios y baqueanos, llega a manifestar en su trasfondo un vínculo simbólico entre la homosexualidad aceptada por un lado y la industria reprimida de los “hombres” por el otro: así como Matías se debate sobre su sexualidad, nunca se hace cargo de que su trabajo con la deforestación para la soja destruye los esteros naturales, lugar de sus atesorados recuerdos.

Ambos se encuentran de casualidad, Jerónimo es un maquillador que la novia de Matías contrata. Se rencuentran bajo la mirada de ella, disimulando sus anhelos con cierta dificultad. Matías es maquillado por Jerónimo como un muerto vivo, pero no se hace cargo de su personaje: es un muerto vivo, muerto, sin el deseo irrefrenable por la carne; enroscado sobre sí mismo, Matías se consume en su represión mientras asiste con su novia a la fiesta de disfraces, pero está ausente, anulado por sí mismo. Esto lo lleva a forzar un segundo encuentro con Jerónimo al día siguiente, y quedan en volver juntos a visitar los Esteros, aquel lugar donde fueron felices siendo niños.

Ya desde el comienzo Matías no se hace cargo de nada, su novia le dice que la relación entre ellos no funciona, pero Matías omite hacer comentarios. Tal vez no quiere perder su trabajo, que debe al padre de su novia, o tal vez no se hace cargo porque eso implicaría abandonar su vida actual teniendo que encarar su represión sin escudos que lo sostengan.

Esta prohibición se pone en conflicto constantemente. Es Matías quien se niega a hacerse cargo de su homosexualidad, siendo este el conflicto central de la película. Esta lucha interna se elabora a través de un tratamiento del espacio muy preciso, una proxémica bien definida entre Jerónimo y Matías, entre Matías y su interioridad, produciendo tensiones e incomodidades muy fuertes, generando durante los silencios y las quietudes, movimientos vibrantes y dinámicos que se expanden en ecos profundos sobre la psicología de ambos personajes. Jerónimo y Matías se acercan y se alejan, alternando entre la acción y la evasión.

Junto al presente, aparecen los flashbacks, que reconstruyen los recuerdos de la niñez en donde ellos paseaban juntos constantemente. Ambos niños se destacan con interpretaciones sensacionales; dejando ver algunas similitudes con el cortometraje Matías y Jerónimo (del 2015, que está tremendo), se ve fácilmente en Curotto una sensibilidad especial para dirigir niños.

La construcción de estos recuerdos describe el transcurso y el vaivén entre la inocencia y el despertar sexual, donde los niños comienzan a ser conscientes de su genitalidad y con progresiva comodidad, comienzan a explorarse mutuamente. La cámara parece introducirse en su intimidad al punto de que olvidamos la distancia entre un encuadre y el mundo diegético. Las elipsis nos permiten adentrarnos en su lenguaje puramente cinematográfico, cargado de lúcidas contrariedades: la necesidad de generar vergüenza, proveniente del mundo ajeno a ellos, no logra opacar el avance de su atracción inocente.

Diez años después, al regresar a los Esteros, entre silencios incómodos, se detienen en el lugar donde solían ir de niños. La cámara mantiene su distancia para acentuar la intimidad, pero se acerca cuando ambos se meten al agua y comienzan simplemente a jugar, a empujarse entre ellos, como hacían cuando eran niños. La belleza de su amor renace a través del juego, por un momento recuperan esa inocencia que logra unirlos una vez más. Regresan por la tarde a refugiarse de la tormenta que se avecina, que estalla dejando a Matías sin posibilidad de salir, agarrar el auto y regresar a su vida heterosexual. La secuencia en la casa es el punto culminante del drama, donde Matías queda enfrentado a los ojos de Jerónimo. Sin muchas posibilidades de escape y tras mucho whisky, se entregan el uno al otro, desatando esa contención que los oprime desde la pubertad.

La película corre el riesgo de ser víctima de la fobia de género, la que podría reducirla a la simple genitalidad de sus personajes, quedando a tiro para ser calificada como una película gay (si se busca “esteros + película” en Google, se suma automáticamente la palabra gay), pero Esteros se aproxima con sutileza a las razones de la sexualidad, expone los obstáculos hacia la intensidad de la pasión, desarrolla las preguntas que su trama requiere, quedándose ahí, del lado de la denuncia romántica, de la pasión sexual; donde R.W. Fassbinder hubiese hablado, Curotto prefiere callar y sugerir con un final en auge. En Esteros importa el comienzo de un amor, y aunque es una proclamación un poco ingenua decir que no puede morir jamás, se devela con lucidez la liberación sexual, quedando inmortalizada como una potencia pura.

La canción que bailan tanto de niños como de grandes, amores como el nuestro  (reversionada por Leo García) sintetiza el anclaje temático de Esteros, una historia de amor que triunfa, y en su triunfo produce un sesgo que entierra los problemas del mundo para centrarse en cierto egoísmo: su final perfumado de anestesia se acerca al cine conformado, donde el amor triunfa sobre las ruinas de un mundo industrializado que no parece importar, porque no tiene remedio.

Esteros (Argentina; 2016), de Papu Curotto, c/Ignacio Rogers, Esteban Masturini, Joaquín Paradam ’83.