Hay gente que piensa que nuestra historia es la historia del pasado. Para nosotros, es la historia del pasado, del presente y del futuro. De nuestro pueblo que habita el Gran Chaco. Que es, también, la historia de los que vinieron”. Estas palabras, expresadas con calma y dolor por la voz de una mujer en lengua indígena, presentan la razón de ser del documental dirigido por Ulises de la Orden, Ignacio Ragone y Juan Fernández Gebaurer: ofrecerse como caja de resonancia de aquello que cuentan los pueblos originarios del noroeste “argentino”. ¿Y qué cuentan? Cuentan masacres, humillaciones e injusticias sufridas desde que el hombre blanco pisó este suelo, silenciadas por la historia criolla. Cuentan que la “interculturalidad” tiene para ellos la forma de una cruel usurpación perpetrada a hierro y plomo, que se refrenda día a día con un nuevo asesinato, con un nuevo desalojo.

Porque a mí no me dejan comer mi comida. Pero yo hago fuerza para buscar nuestro alimento ancestral. Esto es lo que cuento”, dice Hilario Vega, anciano qom herido en 2002 durante un ataque artero perpetrado por policías de civil cuando, junto a otros siete miembros de su comunidad, ingresaba en tierras apropiadas por criollos en busca de alimento. Este es el primero de una serie de relatos que se suceden durante toda la película, en la que violencia criolla y resistencia indígena se alternan hasta hacernos sentir ese continuum de expulsión y exterminio que pesa sobre las espaldas de cada miembro de las comunidades. “A nuestro pueblo todavía lo persigue la tristeza que empezó en esos tiempos. Pero luchamos por resistir.” Transmitir (desde todas las acepciones que esa palabra tiene) el dolor perenne de siglos de persecución, muerte y abandono. Eso es lo que logra Chaco.

La tesis del film es clara. Juan Chico, historiador y escritor qom la sintetiza: “El terrorismo de Estado, la desaparición de personas, el robo de bebés, el cambio de identidad, eso no pasó del ’76 al ’83. Ya con nuestros pueblos el Estado practicaba eso”. Juan viaja entrevistando a los ancianos que sobrevivieron a las peores matanzas que la historia blanca oculta. El fin de su investigación es que el genocidio indígena sea reconocido como crimen de lesa humanidad. Juan es uno de los cinco protagonistas de la película, miembros de distintas comunidades originarias del Gran Chaco, que a través de su propia vida dan testimonio de las masacres perpetradas por los blancos desde su llegada hasta estos días.

El wichí Laureano Segovia, al igual que Juan Chico, es historiador. Como él explica, el valor de lo escrito lo aprendió del propio blanco, luego de ver cómo el gobierno le entregaba las tierras de su comunidad a cualquier criollo que mostrara un simple papel que se las adjudique. “Ningún viejo tiene libro”, dice apesadumbrado. Desde ese momento, viaja grabando con su vieja casetera relatos de los ancianos,para rescatar del olvido a la historia oral con un libro que recopila fecha y lugar de cada matanza que abrió paso al desalojo. La película resulta una reseña en imagen y sonido del libro de Laureano sobre la historia de la usurpación.

Si Juan y Laureano son los vehículos para recordar las masacres del pasado, Israel Alegre lo es para conocer las masacres del presente, en las que grupos económicos, Estado y fuerzas represivas operan en tándem macabro. Luego de la brutal represión sufrida por la comunidad qom en 2002, Israel Alegre fue designado por los chamanes como buscador de justicia. Para ello, Israel debe estudiar las leyes de sus dominadores.

El vínculo entre el pasado y el presente lo encarna Valentín Suárez. Cazador, docente y cacique de ocho comunidades, en su moto recorre el territorio brindando clases en las que se revisa críticamente la versión criolla de la historia, participando de asambleas en las que se organiza la resistencia contra la usurpación, y cazando y recolectando lo necesario para subsistir. Valentín representa el vínculo ente pasado y presente, saber teórico y práctico, dominio de la tierra y su defensa, que impera en la filosofía de su pueblo.

Félix Díaz es el quinto protagonista de esta película y el encargado de permitirnos pensar en una superación. Félix es uno de los mayores referentes en la defensa por los derechos indígenas que, tras la represión a su comunidad en 2010, lideró una gran lucha en Buenos Aires en búsqueda de dar visibilidad al conflicto.Hoy, Félix Díaz participa de foros en todo el mundo instando a las comunidades a organizarse. “Nosotros ya estamos metidos en la interculturalidad. Lo que nosotros queremos es que se respete a nuestra cultura así como nosotros respetamos a la sociedad occidental.”, advierte. Pero el propio film se encarga de demostrar la incapacidad de este régimen político para reconocer los derechos de las comunidades originarias. Asoma, así, la necesidad que tiene la lucha indígena de trascenderla esfera reivindicativa y dar una batalla política. La forma de esa organización política y su capacidad para estrechar lazos con el resto de los sectores oprimidos son cuestiones que deberá abordar otra película. Una que afine el lápiz y denuncie, detrás de esa masa voluminosa e imprecisa de criollos, blancos y occidentales, a los gobiernos y partidos políticos responsables de esta situación y los sectores sociales que se benefician de ella.

Consecutivamente, la película va relatando las principales matanzas cometidas contra las comunidades originarias, acompañándolo con imágenes de animación que recrean esos hechos macabros a partir de figuras y elementos propios del imaginario indígena, logrando que el dolor y el temor irrumpan mezclados con desconcierto y perplejidad. “Nosotros conocíamos el miedo, pero nunca habíamos visto demonios.”, dice la locución. Y el propio lenguaje de las comunidades atestigua esa ignorancia. Al interior de frases que resultan incomprensibles a nuestros oídos occidentales, asoman nítidas palabras como “desalojo”, “negocio”, “huelga de hambre”, “acampe”. El nombre del horror y de sus consecuencias es importado de la lengua del criminal sin modificaciones, como vestigio  de lo que no se asimila, de lo que no se digiere.

Si hay algo para achacarle al documental es cierto carácter estático y repetitivo. Esto ocurre por dos motivos. En primer lugar, por la ausencia de polifonía: el relato lo constituyen varias voces, pero que la película se encarga de constituirlas en una sola, la voz del pueblo del Gran Chaco. Servir de propaladora audiovisual para que la otra voz y la historia que esa voz cuenta, irrumpan, sean finalmente conocidas, es un propósito por demás laudable, pero al no asomar ninguna instancia de confrontación, ya sea interna o externa a las comunidades, la narración adopta la forma de un soliloquio sin fisuras. En segundo lugar, las historias de los cinco protagonistas prescinden de objetivos particulares que impliquen al espectador en mayor medida con sus acciones. Conocemos el fin último de cada personaje, pero no el fin concreto que determina sus movimientos.

En la casilla más precaria que pueda imaginarse, Mario Vega yace en una cama. Quedó postrado luego de ser gravemente herido en la represión del corte de ruta del 2002 en Formosa. El hombre apenas puede hablar. Aún hoy siente el dolor de los golpes brutales de la policía. Sin embargo agradece que la muerte no le haya llegado aún. “Ahora, esta gente que está acá en mi hogar son testigos de lo mal que la estoy pasando. De mi pobreza… El día de mañana podrán ver este material y sabrán que no es mentira. Es verdad.” Mario Vega resiste. Sabe que su cuerpo maltrecho es una trinchera contra el olvido al que confinó a su pueblo la historia escrita por los vencedores. Esto es lo que cuenta Mario. Esto es lo que cuenta Chaco.

Chaco (Argentina, 2017). Dirección: Ignacio Ragone, Juan Fernández Gebauer y Ulises de la Orden. Guión: Lucas Palacios. Producción: Ignacio Ragone, Juan Fernández Gebauer, Ulises de la orden, UNNOBA, UNTREF, Laura Durán. Montaje: Marcela Truglio (SAE). Dirección de fotografía: Sofía Fontenla. Sonido directo: Paula Ramírez (ASA). Diseño sonoro: Facundo Gómez. Música: Ignacio Ragone. Animaciones: Adrián Noé, Dante Ginevra. Elenco: Felix Díaz, Hilario Vega, Valentín Suárez, Israel Alegre, Juan Chico, Laureano Segovia, J. Eli Díaz.  Duración: 80 minutos.