Yo había repetido primer año, y lo estaba cursando otra vez. Una tarde de aquel infierno, con varios compañeros del curso habíamos acordado juntarnos a jugar al fútbol. Lo había propuesto uno de ellos, un grandulón bastante aparato con el que yo no tenía onda. A decir verdad, no tenía onda con casi ninguno, pero accedí por amor a la pelota. Cuando llegamos todos a la casa de este pibe, desde donde íbamos a salir en el auto del papá hacia la cancha, nos hizo meter a todos en su garage. Adentro había una pista de Scalextric gigante, con varios controles y muchas pero muchas curvas. Al toque todos los pibes estaban compitiendo. Empezaron a desfilar pebetes, galletitas y jugo. Para cuando los autitos me rompieron las bolas, para cuando pedí la pelota, estábamos todos rezando junto a varios mayores, secuestrados en esa casa grande de Belgrano R. Así empieza La cabaña. Te prometen acción pero de pronto pestañeás y ya están abusando de tu inteligencia (en el mejor de los casos).

Como el párrafo de arriba que se basa (al 100%) en una historia real, esta “película” lo hace en una novela que no me extrañaría que se venda en los templos. Si bien arranca muy a lo “Ingalls”, el roce con lo urbano, con el capitalismo explícito yanqui, en esos primeros minutos puede dar a pensar que algo vertiginoso se aproxima, algo parecido a la acción, quizá. Y sí, hacía ahí vamos, todo pinta encaminado a algo parecido a Liam Neeson en alguno de sus clásicos papeles rescatando a su hija. Claro que La cabaña en realidad podría ser la historia de Ned Flanders rescatado Tod, con el coro de los vecinos religiosos de los Simpson. Porque no pasaron ni diez minutos de película, que ya rezaron cuatro veces, fueron a misa y se persignaron media docena.

La acción, como en toda buena película cristiana con el inconsciente a pleno, arranca con la desaparición de una menor. Ahí pone el primer pie en el thriller y entramos como niños. Policía, sirenas, pebete, secuestro, helicóptero, Scalextric, sangre, galletitas, rastros y listo: nos atrapó. Pero le dura poco el vértigo, porque en un plano bastante choto entendemos que la piba es boleta y todo se apresta el dramón. Ahí la película deriva en caras de orto, violines funestos y lazos familiares destruidos: ahora parece la clásica película de los sábados a la media tarde en la televisión abierta. Pero no. Tampoco. Vuelve a cambiar. Y agarrate.

Cuando estás pensando que la película va a ser un plomo, y pedís que querés ir a jugar al fútbol, la verdadera razón de esta vergüenza sale a la luz. El protagonista, deprimido por la muerte de hija y por demás vulnerable, recibe una carta misteriosa. Pero expliquemos algo anterior. Hasta acá conocemos al protagonista, que a dios lo llama papá. También sabemos que él ha asesinado a su papá, tiempo atrás. Y, por último, que la nena muerta llama papá al protagonista, su papá, al igual que también llama papá a dios, como todo el resto de su familia. En definitiva, esa carta que apartemente nadie dejó en el buzón, porque este está rodeado de nieve y no hay una sola huella, la firma papá y cita al protagonista para encontrarlo en “la cabaña”. ¿Cine fantástico? Ojalá.

Quizá algún lector se preguntará porqué cuando viste la Scalectrix no le preguntaste a tu compañero por la pelota o te fuiste. Y bueno, quizá porque muchos a esta altura de la película se estarán preguntando a quién carajo espera en esa cabaña, si a la hija muerta, al papá muerto o a dios, y casi nadie apaga Netflix.

Listo. Se acabaron el jugo y las galletitas. A los treinta minutos de película empieza el tren fantasma, no la disimulan más. No quedan rastros de acción, no hay trama, no queda nada. Sólo tenemos al protagonista encerrado en la cabaña junto a tres personas que representan “La Santísima Trinidad”: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Y si estoy diciendo una burrada, si me salí del libreto, sepan disculpar. Cualquier lector de lo mejor de la ciencia ficción, de las Star Wars, El Señor De Los Anillos y La Torre Oscura y La Biblia, tiene derecho a que los detalles se le confundan.

La cabaña dura apenas minutos más de dos horas, de las cuales se destinan una y media para adoctrinar salvajemente. El protagonista se cruza en charlas con estos tres personajes, en una especie de retiro espiritual donde se suceden escenas que no lo son. Dios padre es una señora gordita y negra, y nuestro protagonista está enojado con ella. Dios hijo es el típico jipi morocho y barbudo, que anda buscando compinches para armar fiestas. Y dios espíritu santo es una china que seduce pero no entrega. Con ellos la película se rompe, deja de serlo. Los personajes no son personajes, no se llaman, no hacen, no se desarrollan, no esconden, no cuentan, ni nada. La trama no pide remate, no nos interesa qué le va a pasar al protagonista, ni nos atrapa nada. Solo esperamos que termine de hablar con todos y se acaben rápido los sermones que se come. Lo único que puede atarte a finalizar la expectación, es que tengas que escribir la crítica de esta bosta o que sientas culpa.

La culpa es la base de la religión. Es el miedo. Pero hablar sobre esto es hasta más difícil que hablar de política. La cabaña despliega sobre la mesa la matrix de la captación religiosa. La cabaña es un catecismo acelerado de dos horas. Es otro oscuro manotazo por limpiar años de muerte y oscurantismo o, mejor dicho, para recaptar adeptos y seguir reinando. A nivel fílmico es un esfuerzo muy pobre, que ni les llega a los talones a sus compañeras de evangelización Los Dos Papas y Bird Box, que son exactamente lo mismo pero con más disimulo. Una vez que la película ya está predicando a rienda suelta no se cuida ningún detalle. En una escena en la que dios hijo y el protagonista caminan sobre el agua, los efectos especiales son menos creíbles que los posesos de los templos de las avenidas Lavalle y Corrientes.

La violencia de La cabaña rompe lo subliminal. Realmente debería tener algún tipo de advertencia para quienes están por elegirla. Porque una película es un contrato, y esta mierda lo rompe. Es como con los evangelistas que te tocan el timbre, a los que no invitaste, y para terminar su intromisión tenés que ponerte en maleducado porque no se quieren ir. La cabaña es un disfraz, es la prédica de un engaño ya conocido por todos, vencido y vetusto, buscando infiltrarse en rebaños perdidos de la sociedad.

Parece que Netflix tiene un socio importante, del que el espectador tiene que estar atento. Y tampoco por creer en dios o no. A esta altura no hay mucho más por discutir, incluso el mensaje de estas películas es el mismo con el que llegaron los españoles a estas tierras y masacraron a medio mundo. Hay que estar atento, porque uno quiere ver cine, le apagan la pantalla y le meten una biblia por el culo.

Calificación: 1.5/10

La cabaña (The Shack, Estados Unidos, 2017). Dirección: Stuart Hazeldine. Guion: John Fusco, Andrew Lanham, Destin Daniel Cretton, William P. Young, Wayne Jacobsen, Brad Cummings. Fotografía: Declan Quinn. Montaje: William Steinkamp. Elenco: Sam Worthington, Olivia Spencer, Tim McGraw, Radha Mitchell, Megan Carpentier. Duración: 132 minutos. Disponible en Netflix.