¿Cuántas Chinas caben en ese cuerpo? ¿Cuánto pasado de dolor, cuántos duelos, hay en la triste lucidez de esa mirada? ¿Cuánta sabiduría hay que tener para caminar esos pasillos derruidos, esas escaleras grises, como una reina silenciosa que se sabe definitivamente sola en ese páramo decadente, en ese dominio último? ¿Quién puede tomar un cigarrillo así, sin decir una palabra, y luego lanzar el humo como un aliento dulce que intensifica el aire y lo ralentiza todo? ¿Quién puede hacer de la torpeza que arruina el baile alegre un movimiento propio, sensual?

Hay que ser demasiado grande para que un país quepa en ese cuerpo. Hay que ser demasiado grande para que ese cuerpo absorba todas las transiciones de ese país y apenas derrame lágrimas. Hay que ser demasiado grande para que la cámara se adapte al ir y venir de ese cuerpo y no se prenda fuego en el intento.

Hay que ser demasiado grande para soportar que la persona que amás se olvide de tus manos salvadoras y quiera enseguida arreglarlo todo con  un fueguito inútil que nada sana. Hay que ser demasiado grande, y estoica, para salir al rescate de esa persona siempre que sea necesario y luego soportar el eco que su partida deja resonando en las paredes descascaradas de la casa, lecho antiguo y añorado, ahora diminuto y evanescente.

Hay que ser Zhao Tao, grande como el mundo y más, para saber que el pasado es lo único resta por cuidar: ¿a quién le vamos hablar de los dragones ebrios poblando la calle a plena luz del día si no hay cuerpo que sostenga esa memoria? ¿A quién le vamos a contar que una china y una rusa pueden entenderse sin la necesidad de reconocerse en el idioma, tan solo porque antes fueron otras, y porque todavía pueden seguir siendo? ¿Quién nos va a creer que la noche de París y la de Ulan Bator pueden ser la misma si no hay testigo que dé cuenta del prodigio, de tan pagana epifanía?

Hay que ser Zhao Tao, para reducir el mundo a su expresión más artificial y aun así hacerlo resplandecer como si estuviera ahí, al alcance de la vista, como si fuera cierto e inagotable.

Hay que ser Zhao Tao, para que el rostro de Mao, referencia obligada del pasado, promesa inevitable de un destino que nunca llegó, se pierda como un símbolo difuso en la profundidad del plano y sea su silencio nocturno, su fuera de campo extrañado, lo que termina sublimando la imagen.

Hay que ser Zhao Tao, para que el cine tenga que recurrir a la fantasía, al fuego o a las balas, siempre que haya que compensar la ausencia de su alegría tenue, de su sonrisa breve, de su spleen naturalizado que desborda la escena cada vez que aparece: edificios que despegan del suelo como si fueran cohetes, luces que cruzan el cielo y que no son alegorías, sino comprobaciones del deseo, anuncios que replican el anhelo de un mundo ya replicado, metáfora de la metáfora. Reino que dura un día.

Hay que ser Zhao Tao, para que no importen ya los encuadres ni los travellings que intentan contenerla, sino la oralidad de sus puntos suspensivos, la precariedad inmanente de sus resignaciones, siempre veladas, siempre retraídas.

Un cuerpo que, privado de la frase rotunda, de la leyenda definitiva, se agranda cuando calla. Un cuerpo de cine, al que le basta un disparo al aire para suprimir el panfleto arrebatado del momento e imponerse a las doctrinas del futuro. Un cuerpo que escapa al discurso edificante del presente yendo de un lado a otro del ayer, entre canciones de Pet Shop Boys y baladas en cantonés. Un cuerpo que recibe golpes, pero que también mata.

Hay que ser Zhao Tao, habitante accidental de los márgenes, femme fatale provisoria sin rouge ni noir, lumpen del universo, sorteando siempre engaños y traiciones para luego retirarse lentamente y que nadie lo note.

Hay que ser Zhao Tao para hacer de esos desplazamientos permanentes, nunca elegidos, una forma  -acaso la única- de estar. Una condición inherente a la tierra, a la lengua materna.

Una cinemática del adiós.