Fauda, en su tercera temporada, repite la misma decisión ideológica y, con ella, estética y hasta religiosa, que en las otras dos temporadas: no se va a mostrar (ni analizar, ni debatir) de forma expresa un eje político-religioso para el enfrentamiento entre israelíes y palestinos[1], sino que se va a mostrar, directamente, el enfrentamiento en sí. En Fauda, jamás se habla de “territorios anexados o usurpados”, de “Dios como el garante de pertenencia de tal tierra o tal otra”, del “Islam o el judaísmo como únicas verdades divinas”, de “los Estados reconocidos o no ante el mundo”. Ni siquiera hay nombres propios sintetizando estímulos bélicos e históricos, como Sharon, Netanyahu, Arafat o Ahmed Yasín; no hay tampoco menciones a intifadas o colonos, a derechas o izquierdas partidarias; hay, sí, un caos -es lo que significa “fauda” en árabe- intenso, beligerante, y hay dos bandos de fanáticos bien caracterizados que lo enfrentan intentando encontrar un orden tan sicótico como irresistible (para el público) en la región: los fanáticos israelíes de la unidad antiterrorista de Shin Bet y los fanáticos palestinos del grupo terrorista Hamas con sus respectivos colaboracionistas, aliados y daños colaterales.

Fauda, en su tercera temporada, admite una hipótesis absolutamente interesante dentro del contexto de la serie: ningún terrorista nace terrorista. Las circunstancias lo hacen. En este caso, los periplos espantosos y para nada buscados del joven Bashar (Ala Dakka) bien lo demuestran, desde la horrible traición que sufre por parte de Doron (interpretado por Lior Raz; el guionista y creador de la serie, además) hasta su electrizante final con el nombre de su padre en alto y las “opciones” de vida que le deja -israelíes y leyes israelíes mediante- el sheik de Hamas.

Fauda, en su tercera temporada, sensibiliza aún más al lado palestino y sus habitantes. En el sur de Hebrón, en Dhahiriya, la vida árabe, la forma de vida musulmana, es absolutamente cándida, amable, estudiosa y laburante. Nada que ver con el típico estereotipo del “árabe malo” y animalizable que circula por la filmografía maniqueísta de Hollywood. Esto genera un efecto -perfectamente diseñado por los guionistas[2]– de empatía total con sus habitantes; por ello, la traición de Doron, los impactos de su “corrupción” en el pobre Bashar generan un rechazo casi total por el personaje principal de la serie. Pero Doron es hipnótico, a pesar de que lo odiemos, lo seguimos siempre hasta el final.

Fauda, en su tercera temporada, presenta a Doron Kavillio más sacado que nunca. Perdió a su familia; a sus hijos se lo dejan ver sólo en visitas esporádicas con una trabajadora social que no lo quiere; su hijo mayor, Ido, que sufrió de todo en la segunda temporada, no le quiere hablar ni lo quiere ver; no tiene casa, duerme en un sofá en el cuartel de su unidad; apenas se baña y tiene una vida paralela como Abu Fadi en Dhahiriya: Doron es un agente infiltrado, encubierto -habla perfecto árabe- que hace de entrenador de boxeo de Bashar (quien lo toma como un padre, casi, mientras el propio, Jihad, termina de cumplir sentencia en una cárcel israelí) sólo para sacarle información a ver si captura a su primo, Fauzi, un peligroso terrorista de Hamas.

Fauda, en su tercera temporada, humaniza a sus héroes y villanos hasta mezclarlos, sin la necesidad de trazar paralelismos. Por ello, la cotidianidad de los miembros de la unidad de Doron es tan problemática (familia, amantes, trabajo por medio) como la de los miembros de Hamas, especialmente la del comandante más buscado, Hani Al Jabari (George Iskandar).

Fauda, en su tercera temporada, muestra una tensión enviciante, progresiva, bien de folletín: cada capítulo termina con un interrogante enorme que uno quiere resolver urgente en el siguiente. Esa tensión vuelve a la serie de doce capítulos, de lejos, como lo más electrizante que se pueda encontrar en Netflix ya sea en versión serie o película; especialmente, porque se ha ido superando ostensiblemente de una temporada a otra: la 1 estuvo muy buena, la 2 excelente, la 3 espectacular[3].

Fauda, en su tercera temporada, muestra que el amor es posible en un ambiente de tanto conflicto como el que existe entre Israel y Palestina, aunque fugaz. Ningún amor parece durar allí. Por eso hay que aprovechar al máximo su intensidad dentro de su fugacidad. Los amores en Fauda, especialmente el de Doron y su capitana, Hila Bashan (hermosísima Marina Maximilian), así lo demuestran. El de Sagi (Idan Amedi) y Nurit (bellísima, también, Rona-LeeShimon) lo comprueban. El de Bashar y su joven novia beduina, lo tensan aún más, casi hasta la lástima.

Fauda, en su tercera temporada, juega a pintar un mundo de cruentos grises dentro de una atmósfera desértica muy amarilla, donde culturas milenarias, sin mayor agrado una de la otra, fuerzan convivencias caóticas, agresivas, que se terminan resolviendo siempre, lamentablemente, entre las balas, las bombas, las torturas, los secuestros, las extorsiones, la política, las prisiones y, sobre todo, las traiciones.

Fauda, en su tercera temporada, muestra el sur de Hebrón y ficcionaliza una Gaza laberíntica, hacinada, misteriosa, peligrosa, impredecible: un polvorín siempre a punto de estallar y con los palestinos e israelíes ansiosos (aunque, paradójicamente, cuidadosos) por encender la mecha.

Fauda, en su tercera temporada, atrapa, engulle, asume un foco kafkiano, casi, de treparnos en los hombros de los personajes y seguirlos por todas sus odiseas asfixiantes: entre los túneles de Hamas, los campos y bosques de Israel, las carreteras y rutas en el desierto, los laberintos de Gaza; seguirlos en sus enfrentamientos y movimientos tácticos; en sus bombas, tiros y cuchillos; en sus engaños, simulacros, pactos, celadas y camuflajes; en sus comidas, bebidas, humos, idiomas y acentos varios.

Fauda, en su tercera temporada, muestra víctimas y victimarios de su propio fanatismo independientemente del Estado (¿cultura?) que los obligó a ser así: el antiterrorista es igual de fanático que el terrorista; de allí que la serie juegue con preguntarse a cada rato quién es quién puesto que algo siempre queda bien en evidencia dentro de esta antítesis ambigua: el fin justifica todos los medios.

Fauda, en su tercera temporada, nos muestra muertos, amigos caídos, enemigos abatidos, familiares acribillados, velorios, entierros, tumbas. Nos muestra la muerte que se enciende en la superficie y se la intenta apagar bajo tierra en un mundo donde todo es -termina siendo- desierto, un desierto terrible. Por ello, bien ponía Abelardo Castillo como epígrafe de su hermosa novela, El Evangelio según Van Hutten (1999), citando a Edmund Wilson:“El paisaje desértico que rodea al Mar Muerto es monótono, imponente y terrible… Las colinas no sugieren rostros de dioses ni de hombres… Uno de mis compañeros, que conocía bien Palestina, me dijo: ‘Nada, fuera del monoteísmo, pudo salir de aquí’.”

Fauda, en su tercera temporada, deja abiertos todos los ejes de discusión sobre los conflictos en esa región de Medio Oriente: desde las teorías conspirativas con los “ricos de Israel” del bobo funcional de Tomás Méndez al “se lo merecían” de las proto nazis Cathy Fulop y Úrsula Vargues; desde el boicot de cotillón de Roger Waters a las maravillosas ironías del mítico Elia Sulaiman en su Intervención divina (2002) y la naturaleza del fanatismo del gran Amos Oz, hasta la belleza de la cuestión palestina del igualmente grande Edward Said. Lo interesante es que Fauda reparte guiños para todos lados pero con ninguno se casa y eso la vuelve tan irresistible como perturbadora.

Fauda, en su tercera temporada, vuelve a cautivar y atrapar; a emocionar por momentos; a electrizar todo el tiempo. Todo es dramático en Fauda. Por ello cuando se intenta matizar con chistes, ninguno causa gracia. El peligro, las inminencias de los fanatismos y sus ataques en un territorio del tamaño de Río Cuarto, en Córdoba, vuelven toda sospecha en un caudal de acción instantáneo. Irremediablemente trágico. De allí que -coronavirus mediante- esperemos y esperamos que la cuarta temporada se haga realidad rápidamente; pues, con los ojos claros de la expresiva Yaara (Reef Neeman) al final de la serie no alcanzan, ni mucho menos, con los ojos igual de claros de Doron brotados y desencajados en odio y frustración. Dolor puro.


[1] Aunque hay un cierto guiño a Al Fatah y su protectorado en Cisjordania.

[2]Fauda es de las seriesmás vistas de Netflix en países como Líbano, Emiratos Árabes Unidos o Jordania por ejemplo…

[3] Y muy oscura, por cierto, lo cual, en este contexto ficcional, es un mérito más para los guionistas y la producción en general.

Fauda (Israel, 2015). Creador: Avi Issacharoff, Lior Raz. Elenco: Lior Raz, Itzik Cohen, Neta Garty, Rona Lee Shim’on, Boaz Konforty, Doron Ben David. Duración: 60 minutos. Disponible en Netflix.