Una cosa es la fascinación que se siente ante una persona o personaje, y otra es qué se hace con eso para construir una obra. O para decirlo de otra manera, de qué manera es posible independizar la obra propia de aquella sobre la cual se intenta trabajar. Por amor al arte y Alberto Greco, obra fuera de catálogo tienen en común su referencia al mundo de sendos artistas (el director de cine Bernardo Arias y el artista Alberto Greco) a los que intentan retratar. Los dos documentales, sin embargo, recurren a la puesta en pantalla del propio realizador –con su cuerpo o con su voz-, como una suerte de conexión entre los artistas y el público. Y esa decisión trae consigo un riesgo que no terminan de sortear adecuadamente: la voz en off deja de ser un recurso esporádico, para convertirse en su abundancia, en un mecanismo repetitivo que intenta explicar aquello que las imágenes deberían lograr por sí solas.

Por amor al arte es el fruto de una casualidad y también es una película concéntrica. La casualidad es la que llevó a Marcelo Goyeneche, su realizador, a conocer a Bernardo Arias a través de su esposa, una de las protagonistas de su anterior documental, Las enfermeras de Evita. Arias, por ese entonces retirado desde hacía más de 30 años, retoma a partir del contacto con Goyeneche, un viejo proyecto que considera una deuda que tiene con el cine: una película en la que intenta dejar su visión sobre el arte. Por amor al arte es, entonces, el registro de la ayuda mutua entre dos directores que intentan filmar sus películas, y es desde ese lugar que se deriva el carácter concéntrico: Arias filma su película, mientras es filmado por Goyeneche durante la realización.

Si el juego entre los dos directores se potencia en las discusiones alrededor de los guiones que cada uno elabora (Arias se “enoja” amablemente cuando cree que Goyeneche lo pone demasiado en primer plano: “Yo no estoy contando una historia fabulosa sobre mí”), esa estrategia en algún momento conspira con el resultado final. La voz en off de Goyeneche en la primera parte se suma a la de los textos del trabajo de Arias para generar cierto exceso de explicación que satura por momentos la banda sonora. La decisión de incluir lo filmado por Arias fractura el documental en dos partes que corren en paralelo sin encontrar un punto de unión: en tanto Arias parece elaborar, junto con Antonio Pujía, a quien entrevista, un recorrido por la historia del arte, Goyeneche olvida las preguntas sobre el arte y se concentra en el personaje de Arias.

Algunos apuntes alrededor del director asoman como puntas interesantes (en especial, la lucha entablada contra la censura que llevó incluso a Arias a enterrar las latas de una de sus películas), pero que no parecen estar suficientemente desarrolladas. La sensación es que el poder del documental no estaba tanto en la recuperación de ese último trabajo de Arias, sino en otros lugares a los que por momentos logra asomarse la mirada del director. La luminosidad que adquiere la película cuando se concentra en Arias y su esposa, por ejemplo, es una señal del camino que podría haberse seguido para lograr un mejor resultado.

En Alberto Greco, obra fuera de catálogo, la directora Paula Pellejero va tras el artista argentino Alberto Greco y su Santo Grial es un rollo en el que el artista plasmó, en la década del 60, la síntesis de su arte, al que llamó Vivo Dito. El Vivo Dito podría definirse como la intervención del artista en el espacio urbano, sin transformar el objeto ni trasladarlo, pero remarcándolo –literalmente, por ejemplo, “encerrándolo” en un círculo de tiza- y poniéndolo a la vista de una sociedad que había olvidado ver su entorno.

Si lo que se trata es de buscar sus rastros dispersos –especialmente elusivos tanto en Buenos Aires como en España, donde nadie recuerda la existencia de la galería que fundó en un edificio en el que ni siquiera persiste la referencia física de su supuesta ubicación-, no deja de ser inquietante que esa búsqueda se transforme en una suerte de obsesión. “Necesitaba seguir sus movimientos” dice la directora, como si esas huellas hubieran sido recién dejadas por alguien que aún está vivo (“Nunca he pensado en él como si no estuviera entre nosotros”, dice también). Es interesante que ese carácter de permanencia está cifrado en una obra siempre efímera y condenada a desaparecer, pero que a la vez revela la intensidad del momento, y esa revelación se potencia cuando finalmente la directora encuentra el objeto de su búsqueda en el Museo Reina Sofía: no puede evitar sentir la distancia y la decepción, como si esa obra, expuesta en un hermoso vitral, estuviera muerta, como si se tratara de un cadáver en su ataúd.

Lo notorio del documental es su intento de trabajar sobre Greco la idea que funcionaba como base del Vivo Dito: señalarlo, mostrarlo, ponerlo a la vista de un público que no lo conoce. Si resulta un hallazgo el encuentro de uno de los niños españoles que en aquel momento escribió y dibujó en el famoso rollo, así como la utilización de la técnica del collage para componer buena parte del film, hay algunas decisiones que resienten un tanto el resultado. En especial, la repetición de un hecho artístico despegado de su momento histórico –esto es, de su potencialidad como hecho que trasciende el arte y se vincula a lo social y político-, que se convierte en una réplica que apela más a la nostalgia que al arte en sí mismo (y el despliegue de la copia del rollo en Piedralaves 50 años después no genera más que eso). Pero también, la ausencia de aquello contra lo cual el arte de Greco funcionaba como reacción, como respuesta, priva al espectador de comprender en su total dimensión a la obra del artista.

Por amor al arte (Argentina, 2017), de Marcelo Goyeneche. Duración: 84 minutos.

Alberto Greco, obra fuera de catálogo (Argentina, 2017), de Paula Pellejero. Duración: 75 minutos.