Un joven filma de manera casera, cámara en mano, la salida del ascensor de una anciana en el palier de un edificio. La madre del joven la acompaña. Con voz en off él la presenta como su tía abuela Flora, con quien su familia no mantuvo contacto durante 12 años. La consciencia de Flora de ser filmada no le supone alegría alguna. Por eso no saluda amablemente a la cámara sino que realiza el acto irreverente de sacar la lengua. De ahí que se advierta mediante una placa escrita que el documental se realizó sin el consentimiento de la protagonista. El reencuentro se da a partir de que Flora se comunica con la familia diciendo que se está muriendo.

Este es el comienzo de Flora no es un canto a la vida (2018), primer largometraje documental del realizador argentino Iair Said, quien además de dirigirlo, interpreta a uno de sus protagonistas junto a Flora.

Flora es una anciana nonagenaria que se constituye a lo largo de la trama como un personaje pintoresco y peculiar. Su excentricidad al guardar ropa con tabaco para evitar que se la coman las polillas, su ánimo depresivo marcado por las dolencias físicas y la inminente posibilidad de la muerte, y su cinismo que la lleva a descreer y desconfiar de las buenas intenciones de los demás -porque sabe que el dinero es uno de los principios a partir de los cuales se construyen las relaciones en la sociedad contemporánea-, podrían configurarla como un personaje aborrecible. Pero la perspectiva desde la cual la aborda la mirada de su sobrino nieto, donde el drama de la soledad y la cercanía de la muerte en la vejez se hibrida con la comedia negra, la irá constituyendo como un personaje entrañable.

El distanciamiento entre Flora y su sobrina Adriana (la mamá de Iair) se dio a partir de circunstancias económicas y, ahora, el temor a morir en soledad (pese a que toda durante toda su vida manifestó que quería morirse) la ha llevado a reconectarse con la familia. A partir de aquí se va construyendo un lazo entre Flora y Iair, a través de comidas en restaurants, comunicaciones telefónicas y visitas a su departamento. Flora comienza a tratar de conquistar a Iair y a su mamá con diversos objetos sin uso que posee en su hogar: vajilla, ropa, manteles, etc. La manipulación se instala, de uno y otro lado, cuando Iair plantee abiertamente al espectador que lo que le interesa de Flora es su departamento de dos ambientes, ese que Flora al permanecer soltera y no tener descendencia decidió donar a una institución científica de Israel.

Sobre este lazo que comienza mediado por el interés egoísta de cada uno, conforme vaya transcurriendo el tiempo se irá construyendo un vinculo afectivo. Iair se convertirá para Flora en el único vinculo humano cercano, a quien demostrará afecto en la manera en que puede hacerlo, y Iair será un sobrino nieto respetuoso y amoroso con la última voluntad de Flora luego de su muerte, vinculada a su cremación y a la donación del departamento.

Además de los temas ligados a la vejez, como por ejemplo la soledad, temática importante por el aislamiento que generan las dolencias físicas y el carácter que se va volviendo cada vez más irritable, el pesimismo por la pérdida de los allegados y una sociedad que no valora a sus ancianos, la película de Said tiene la virtud de construir un retrato de familia que se corre de las convenciones del melodrama familiar o del idilio de la familia unida y bondadosa, mostrando que los vínculos humanos se construyen a partir de esa mixtura entre el afecto que se da sin esperar nada a cambio y las mezquindades más despiadadas. Dar cuenta de este último costado podría resultar obsceno y desagradable para el espectador, pero la acertada manipulación del material que realiza Said,  dejando librada a la ambigüedad qué tanto de los que vemos es documento biográfico o ficción, le permite salir del atolladero de la mera catarsis personal o la descarnada mostración de lo íntimo, llevando al espectador a interrogarse sobre la propia relación con sus viejos y con sus hijos.

Flora no es un canto a la vida, en apariencia, puede resultar ligera y juguetona, pero es una película que interpela fuertemente al espectador. Es cierto que la vejez acarrea situaciones intrínsecas que pueden derivar en la soledad y el olvido, pero también somos responsables de nuestra posición como sujetos. Como humanos somos capaces de los actos más grandiosos, como de los más miserables. Nuestros actos en la vida, cómo fuimos con nuestra familia y nuestro entorno cercano, determinarán que se nos recuerde o se nos olvide, en mayor o menor grado.

Flora no es un canto a la vida (Argentina, 2018). Guion y dirección: Iair Said. Fotografía: Iair Said. Montaje: Flor Efrón. Elenco: Adriana Schvartzman, Flora Schvartzman, Iair Said. Duración: 64 minutos.