High Hopes Karl MarxJueves 7 de mayo: Imaginen un hermoso palo borracho gordo con dos ramas colgando a los costados como brazos y tendrán ante sí al pintor de Señor Turner. En sus mejores películas Mike Leigh se valió de fisonomías y técnicas actorales grotescas para construir a sus personajes, muy a menudo obreros, desclasados, inestables. Lo mejor de que vuelva a hacer lo mismo, aunque algo más atenuado por los años, es que esta vez el personaje sea histórico, célebre, y que se trate de una película biográfica de época, esas generalmente tan envaradas, tan de museo (encima la dan en el Bellas Artes y eso podría alimentar la confusión, pero ni la película ni la programación inicial de la sala -que ya anunció ciclos de policiales franceses y melodramas mexicanos- adolecen del academicismo de Leviathan, una que está en la cartelera comercial, o el abiertamente declarado de La princesa de Francia, filmada en parte allí, ganadora del Bafici, favorecida por el círculo áulico festivalero, que ya da para todo). Pero esta película biográfica de época es desproporcionada y arisca como un palo borracho con la corteza cubierta de espinas. Si la identidad del Señor Turner del título era ligeramente equívoca no hay lugar a dudas sobre cuál es el personaje que funciona como eje político: aquel al que Leigh le da el último plano, aquel ante cuyo destino la búsqueda de lo sublime metafísico empequeñece tanto que corre el riesgo de volverse tan insignificante como imperceptible era el tamaño del increíble menguante. No por nada es mujer. El busto de Marx sonríe desde su tumba visitada por la pareja de High Hopes. El Turner de Leigh es un punk en la Academia, me silva al oído una colega, mientras Spall se luce interviniendo una tela mientras la cámara parecía boyar sin rumbo por los rimbombantes salones donde el establishment pictórico británico, del que Turner formaba parte a su manera, repartía premios y castigos con la ridícula petulancia habitual de las instituciones culturales. Leigh no eligió filmar la vida de un artista infantil, caprichoso, maldito. Su Turner no es una víctima, sino un hacedor de su destino, un bulldog gruñón, trabajador y acaso maloliente, pero lúcido, que donó sus obras al Estado en vez de incrementar la fortuna personal.

BigGundown_3Miércoles 6 de mayo: En La resa dei conti, de Sergio Sollima, no sólo estoy descubriendo a Cuchillo, un gran personaje de género, mexicano que goza de la vida y por eso está siempre escapando al grito de «Cuchillo se las toma», sino también a una película que tuvo mucho que ver con el Django de Tarantino. Es notable ver la desorientación del héroe estadounidense típico, el gran Lee Van Cleef en este caso, a medida que avanza el relato y se adentra en territorio mexicano persiguiendo a un personaje salido de la picaresca latina, revolucionario derrotado en fuga permanente debido a la acusación de violación y asesinato de una menor que pesa sobre él, promovida por un gringo liberal en connivencia con un oligarca compatriota de Cuchillo. La presencia de un austríaco sibilino con monóculo, que toca el piano en una velada de nuevos ricos llena de candelabros y rosas, prepara el ambiente de aquella otra en la que Waltz le negará la mano a Di Caprio. La aparición de Tomás Milian al final de La luna, de Bertolucci, como el padre que restaura el orden gracias a un deus ex machina frágil y operístico, se tiñe aún más de simpatía y cariño una vez que conocemos a Cuchillo, refutación del héroe puritano anglosajón que en La resa dei conti recibe y aprovecha una lección, además de ética, política. Con Cuchillo, además, Sollima le hace justicia al comic relief, que deja de ser motivo de escarnio sin traicionarse a sí mismo ni renunciar a la alegría.

Martes 5 de mayo: En los once minutos de Choele que alcanzo a ver Sbaraglia se come las eses finales de una docena de palabras, sobre todo cuando hace de padre campechano y mecánico. Poco antes, una canción endeble con acompañamiento de guitarra dulce suena mientras atardece y padre e hijo vuelven de una tarde en el río. Va a ser complicado seguir. Me parece que la ternura rural de esta película es menos construida que prefabricada.

11212754_889720347744137_3014141451591102284_nLunes 27 de abril: Las frases hechas son metáforas cristalizadas cuya inmovilidad imaginaria las vacía de significado. Me parece interesante recorrer el camino inverso, recuperando su literalidad sin despojarlas de su valor metafórico para restituirles la ambivalencia de sentido que es la vida (estética, al menos) de las palabras. Cuando uno dice, por ejemplo, que dos personas “no tienen nada que ver” una con otra se está refiriendo a que no tienen nada en común. Todos lo entendemos así y cuando escuchamos la expresión ni siquiera nos detenemos en ella. Pero, ¿qué tal si aplicamos ese mismo lugar común a una pareja en crisis constituida por un cinéfilo y una mujer al que el cine le es totalmente indiferente? En el breve lapso de tiempo que llevo dando clases llevé a cabo esta operación mental con varias de las películas que proyectaba, seguramente porque los mismos cineastas la suscitaban. Espero recordarlas y usar algunas de ellas para escribir un texto que debería llamarse Lugares comunes.

Domingo 26 de abril: En el fabuloso interrogatorio de El samurái, de Jean-Pierre Melville, hay un personaje circunstancial inolvidable que quizás sea el verdadero antagonista de Delon, el antihéroe del título. Ese personaje es testigo de la llegada de Jeff Costello al departamento de la puta de lujo que éste ama, si un samurái fuese capaz de tal cosa o al menos de admitirlo, y aquel usa una vez a la semana en horario fijo inamovible. Este personaje es El Burgués por excelencia. Obligado a testificar, oculta todo el tiempo su incomodidad ante la posibilidad del escándalo, y revela su naturalizada condición delatora inherente a la moral de la clase a la que pertenece al menos en abstracto, cuando reconstruye con precisión de contador público la imagen diseminada del asesino entre varios culpables posibles. Pero hay un momento en que pierde la compostura, si cabe describir de ese modo el casi imperceptible reacomodamiento del cuerpo en la silla al momento en que el inspector le pregunta por temperatura de la cama recién ocupada de su amante.

auteuil_3_mVuelvo a encontrar el mismo movimiento de hombros, el mismo tipo de traje y corbata, vale decir el mismo uniforme ontológico, en el protagonista de Pasaje al acto, de Francis Girod. Esta vez El Burgués es Daniel Auteuil, último gran actor clásico del cine francés, siempre con la misma máscara neutra, mirada vidriosa, rictus hierático que en Un corazón en invierno o en Caché. Que en Pasaje al acto ese epítome del burgués sea un psicoanalista parece justo. Que el laconismo característico del personaje tejido por Auteuil en tantas películas de autor y policiales coincidan con las del héroe del cine clásico estadounidense no es tan sorprendente como parece (en la comedia ensaya otras variantes, como ese otro actor popular actual con el que tiene puntos de contacto, François Cluzet). Daniel Auteuil, entonces, como lugar de encuentro o posible síntesis del Burgués y el Samurái.

Miércoles 22 de abril: Tercera vez que miro El destino de Júpiter (y todavía no he vuelto a ver Cloud Atlas para comprobar si hay relación posible entre su montaje y el de Intolerancia de Griffith). Va a ser difícil que este año estrenen una mejor película clásica (fluidez narrativa, esquemas psicológicos elementales, camino de la heroína). No sólo eso: también concuerda políticamente con Ave Fénix (la única que está a su altura hasta el momento) en al menos un aspecto: la negación colectiva de la responsabilidad política ante acontecimientos traumáticos. Y es un nuevo mainstream «independiente», como lo fue El lobo de Wall Street, aunque su contenido progresista no pueda competir con el nihilismo crítico radical de la de Scorsese.

Jueves 29 de marzo: Uno de los dos sueños de anoche carece de circunstancias o puesta en escena: consiste en una larga conversación distendida con una mujer que no recuerdo, chica de unos veinte años con la que converso sin ansiedad alguna. Lo más probable es que haya sido en un bar, pero todo contexto se ha esfumado. Pienso en una pareja conversando junto a una ventana, rodeada de un incompleto fundido a blanco circular que los abstrae como si de un cierre en iris se tratara (¿La edad de la inocencia?).

alphaville_felliniTambién soñé que seguía a una mujer rubia de tez blanca hasta una estación de la que partía un tren justo cuando yo llegaba. Entonces hubo un corte de montaje y era yo quien desde el tren la miraba despedirme. No sé cómo ni dónde ni cuándo sentí su mano en mi espalda, el pulgar apoyado sobre la columna menos como una caricia que como un respaldo. Desperté con la sensación física de ese dedo soñado en mi espalda despierta, que duró hasta bien entrada la mañana.

Lunes 25 de enero: Puede que 8 ½ y Amarcord sigan siendo las mejores películas de Federico Fellini, pero creo que son Entrevista Los payasos, quizás Roma también, las que mejor se adaptan al presente, las más contemporáneas. En las primeras hay algo descomunal mientras que las segundas están cercanas a nosotros sin que ello reduzca su complejidad. Son ágiles, abiertas, fluidas, más acordes que las otras a esa especie de asociación libre felizmente egocéntrica que constituye el lado más atractivo de su cine y a la dispersión actual. Parecen derivar de Block Notes di un Regista, el telefilm que hizo para la NBC en 1968, y producen esa fascinación de la informalidad que en Entrevista alcanza una ligereza magistral. La puesta en escena de Fellini se vuelve más equilibrada, más honesta, más armónica, más apolínea, más clásica, como si en la modernidad de la propuesta hallara la forma de expresión más adecuada para sí, su ademán natural, su pose más orgánica. No se nota ya el esfuerzo por hacerse un lugar en la historia del cine, ese que consiguió en 8 y medio también sin apariencia forzada, sino la felicidad de hacer sin esfuerzo.

Aquí pueden leer la entrega anterior del diario y aquí la siguiente.