11041069_916115828437922_4526588220994071745_nLunes 6 de julio: Desde hace unos días miro películas checas. No sé exactamente por qué aunque podría inventar unas cuantas razones. Ahora que estoy a punto de empezar a ver una cuyo título desconozco, leo Bratislava y estoy seguro de que esa es la causa. Tenía nueve años cuando atravesé con mis viejos la cortina de hierro. Para mí era como viajar a la tierra de Drácula, un lugar sagrado. La religión de mis padres lo había hecho posible, pero fue mucho después cuando supe lo de los pasaportes falsos. Pasar biblias debajo de mis ropas fue un juego cuyas consecuencias ignoraba pese a que no me era ajena cierta sensación de peligro general que adornaba el valor de la aventura. Yo ne sentía importante como cuando jugaba a la pelota y metía un gol tras otro. Antes de la frontera el ómnibus hizo varias paradas y en cada una de ellas Íngrid, una nena alemana que conocí en el trayecto, dos o tres chicos más y yo jugábamos a perseguirnos en paradores rodeados de bosques altos y abigarrados. Ellos no sabían que yo era el teniente Starbuck, ni que salvaba a Íngrid de los feroces enemigos que nos acechaban durante esas noches de nieve sorda. No sé dónde estábamos exactamente, pero sí que ese mundo era para mí el de unos equipos de fútbol cuya existencia conocí a través de los diarios, la radio y la televisión en blanco y negro: Dinamo Tbilisi, Slovan Bratislava y otros que evocaban planetas distantes antes que pueblos, ciudades o países. En los documentos que constatan mi identidad de entonces, cuando todo era una película de espías, aun puede leerse el nombre que me dieron a elegir, como elegí el color del primer cero kilómetro que compró mi viejo, un Renault 6 rojo. Me hice llamar Oleg Blokhine, oriundo de Kiev.

Jueves 2 de julio: En la película de los mineros chilenos que estuvieron un montón de tiempo bajo tierra y se viene pronto a los cines, según anuncia Ezequiel Fernández Moore en un artículo del suplemento deportivo de La Nación, también actúa Juliette Binoche. Con Gael García Bernal y algunos otros actores están peleando por ser las estrellas del cine global bienpensante. Quién sabe, quizás próximamente sea la nueva Paulina de una rereremake crepuscular de La patota más globalizada aún que la de Mitre en la que se viole a sí misma mientras Abbas Kiarostami, que vendría a ser su padre, la lleva en auto hablándole del inodoro de Duchamp.

Martes 30 de junio: El encanto del plano más famoso de El graduado, en el que vemos a Dustin Hoffman enmarcado por las piernas de la señora Robinson, no se debe solamente a la posición de la cámara en él sino a que esa posición, gracias al plano anterior, se revela no ya físicamente impertinente si no imposible. Porque el plano general previo había mostrado que más allá de la pierna de Anne Bancroft está el bar, y no hay lugar entre ambos para la cámara. En el cine clásico abundaba esta clase de planos en los que la cuarta pared ocupaba el lugar de una de las de la escenografía, acaso el más claro recurso de transparencia o su más elegante manera de coquetear con la ruptura de ella. Del otro lado del agujero en la pared, el espectador, incrédulo, seducido.

jS9aow5qjN9gZjtt2LCFMdO8uAuLunes 29 de junio: Me pongo a mirar una película coreana de la que no sé absolutamente nada. Como no había visto el avance tampoco sabía que la produjo alguien en quien pensé mientras la veía. Tampoco reconocí de inmediato a Duna Bae -la protagonista de The Host, presencia habitual de las últimas de los Wachowski– en el afiche y tardé unos segundos en confirmar que era ella. Hace de policía destinada a la jefatura de un pueblo chico que antes de llegar a él se cruza con una nena de 13 o 14 años bastante zaparrastrosa, acaso lastimada. Cuando se baja del auto para ver si necesita atención la chiquita sale corriendo. Sobre el cielo de un plano general radiante y alfombrado de verde se imprime el titulo de la película que, si coincide con el internacional, es Una chica en mi puerta. No hay razones para no pensar que es la piba en cuestión a la que Duna Bae empapó al pasar. El tono de la película es tan huidizo como ella. El marco rural promete tensiones con la protagonista ciudadana, a la vez que oxígeno a la mirada, que tendrá ante sí paisajes naturales y un régimen de relaciones más toscas, violentas incluso, materiales. ¿Estaremos ante un policial? Un segundo encuentro con la nena, también frustrado, ocurre de noche y la resolución lunar y laberíntica de la persecución habilita esperanzas fantásticas, incluso sobrenaturales. ¿Será otra mala película de terror asiática al uso? Resultó ser la mejor película coreana que he visto en años, casi a la altura de Secret Sunshine y otras de Lee Chang-dong (historias en las que el relato no precisa de rasgos genéricos fuertes, en los que el drama a secas se vale por sí mismo) entre otras cosas porque esa cinematografía todavía práctica, valora y enaltece lo melodramático, imbricado en este caso con un abierto sentido de lo político.

Sábado 27 de junio: Mark Duplass es uno de los más fabulosos creadores de formas del cine estadounidense actual. Y debe ser quien más provecho le saca a la cámara en mano, sea que escriba, dirija, produzca o actúe en películas que se valen de ellas. Quiero investigar a partir de él la constelación de producciones de bajo presupuesto ligadas al cine independiente, el mumblecore, la comedia o el terror que algunos llaman jocosamente mumblegore, y no sé si no lo encontraría en el centro de ese hipotético mapa una vez que estuviera trazado. Cada vez son más las películas de esa índole que he visto en las que está involucrado, con puestas en escena inventivas y criteriosas que suspenden prejuicios al respecto o bien son la excepción -numerosa- a la regla, y me hacen pensar en una reformulación cinematográfica esencial que a través del relato clásico da cuenta de los cambios tecnológicos y sus efectos en el espectador, la interacción de este con los personajes y la cámara, la percepción de uno mismo y de la realidad física, la constitución y maneras de habitar el espacio virtual de la ficción. El primer plano en cuestión pertenece a Creep, escrita, producida y protagonizada por él, una maravilla de 77 minutos que sería obra maestra sin los últimos dos o tres planos. La dificultad para contabilizar los que sobran responde a la complejidad de uno de ellos, plano secuencia fijo ejemplar. Tampoco sobran, estrictamente hablando, porque están ahí para inscribirse en la tradición del género que, por principios, nunca persigue la perfección cerrada de la obra maestra ni la trascendencia, y que la película supera sin proponérselo.

Viernes 26 de junio: Ya no recuerdo si fue en Los dioses en el exilio, de Heinrich Heine, o en Las hijas del fuego, de Gerard de Nerval, donde leí acerca de un abate que decía no conocer placer mayor que el de fornicar con una monja porque al sexual se le agregaba la voluptuosidad de la culpa sentida por la consagrada. En La noche de la monja (Karel Kachyna, 1967), que recién empiezo a ver, el loco del pueblo anda con el brocado de la liga de una monja encima. Trabaja para el padre de ella, que sacrificó todos sus animales antes que dárselos al recaudador del gobierno central y matarse el día que ella regresaba al hogar (también existe la posibilidad de que alguien los haya asesinado, pero la puesta en escena hace del montaje un poso de ambigüedad). No parece que la elipsis posterior al hecho haya comprimido demasiado tiempo. Sin embargo, el experimento implícito es prodigioso. Mientras la hija ve pasar delante de ella a dos hombres incapaces de contarle lo sucedido, desde una subjetiva de la nuca de uno de ellos no la vemos a ella sino a su versión infantil vestida de ángel, acaso premonitoria.

11539560_911474462235392_1722236595301409042_nQuince minutos después la mujer sigue sin reaparecer, pero está presente en ese trozo de liga que, a pesar del frío que todo lo amortigua, huele a sexo y mantas calientes. El erotismo matriarcal es un rasgo recurrente de las películas checas que conozco, acaso de casi todas las películas europeas rurales. Ya una matrona refregó las narices del loco del pueblo entre sus pechos, como en más de una película italiana, antes de cerrar la ventana de la cocina y dejarlo con la ñata contra el vidrio y las ganas afuera, pero ese tono típico de las películas de Jiri Menzel no se extiende al resto del relato. Hay un viejo cuyo nombre me recuerda el de Sartana, antihéroe del spaghetti western, que se opone al funcionario del soviet ridiculizado desde un principio por la puesta en escena. Este último es petiso, se lo ve ganado por la pasión de los contables, pero también débil. Alucina mofas de sus paisanos más fantásticas que las reales y es el dueño de esa nuca que calló la luctuosa noticia y siguió su paso sabiendo del desamparo que se negó a mirar pero la cámara igual nos hizo ver. El viejo que siempre le hace frente se parece al personaje de Sterling Hayden en Novecento, pero estas asociaciones de mi simpatía van disolviéndose con el correr de los minutos, en los que ninguna identificación inmediata queda en pie. Un rato más tarde la monja le cortará el pelo al loco. El plano general de la escena estará presidido por una imagen de Cristo con el brazo derecho amputado. La mano del loco tratando de tocar los bordes del vestido basto de la monja son herederos de los planos detalles de Bresson, parejamente sacros y sexuales.

Jueves 25 de junio: ¡Qué placer el de leer a estos prosistas circunstanciales, periodistas, poetas que se ponen a escribir un ensayo sobre los quilombos como Catulo Castillo para este libro! Hay en ellos un idioma que es propio y es de los argentinos, de los rioplatenses, regional y universal a la vez, una sonoridad, unas combinaciones singulares pero fluidas, que eran las de la calle de entonces mezclada con las lecturas. Un estilo vasto y único.

Wimpi, en El gusano loco: Charlie Gemora es el actor que encarnó los tipos de bestia más impresionantes en la historia del cine. Son inolvidables sus interpretaciones de Ingagi, del gorila en La isla de las almas perdidas y de King-Kong. Sin embargo, decidió dejar el género porque dijo que “era un trabajo sin porvenir”. Agregó que ya nadie se asuta. Ni de King-Kong, ni de nada. El mono espantoso que horripilaba a millones de espectadores adultos unos años atrás, llegó a hacer estallar de risa hasta a los concurrentes de las matinées infantiles. Por su parte, Boris Karloff también dejó su Frankestein, confesando, con verdadera pesadumbre, que ahora, el monstruo, en vez de empavorecer, hacía gracia. ¡Pobre Tamerlán! Los rusos, en Atomgrad, están tratando de neutralizar la ionósfera para conseguir que lleguen todos los rayos cósmicos, sin filtrar, a la tierra, con lo cual se proponen afeitar hasta el pasto. Los norteamericanos tienen resulta la Bomba H, que puede borrar 70.000 personas por minuto. “Si yo viviese hoy, la Humanidad temblaría”. ¡Pobre Tamerlán! Plugiese a los Hados que resucitar sólo un instante para asomarse a este mundo, ocho siglos más viejo y cien veces más bandido que el que él conoció y vería cómo tendrían que abanicarlo y hacerle oler Agua de Colonia.

Catulo Castillo, en Prostibulario: Ciertamente que el tópico es crudo, aunque veraz hasta el cogollo. Esta no es lectura para pusilánimes, ni mojigatos, porque el mundo esencial de las grandes ciudades tiene un subsuelo de cloacas que no hace, precisamente, al preciosismo rococó, pero que están, y son necesarias. Y la crudeza se evidencia con respecto a una moralina de colegio normal, donde se debe exaltar por tradición la virtud humana y religiosa de la virginidad, mientras, en lo real, hay cantidades industriales de jóvenes adolescentes que se masturban con indomable valor.

El pretexto de aquellos torvos prostíbulos del pasado rioplatense era la danza, premonitora de la cópula tarifada, y conservatorio vivo para bailarines de “pelo en pecho”, cuyas mentas se fabricaban sobre los patios embaldosados del “quilombo”. Parte de la atracción y el disimulo para los criollos orilleros que, con el pretexto de “mandarse unos cortes”, lo que iban a buscar era la presencia de la mina que los tenía calientes, y la oportunidad de demostrar la “hombrada”, “las agallas”, o simplemente la vaquía artística y tanguera, con vistas a la seducción admirativa, que podía transformarse en “garrón”. En suma: el coito gratis. (…) Todas estas historias no pertenecen a un pasado remoto. Nosotros las conocimos de cerca, pero en medios menos “in”, como dicen los cursis de la actualidad, ya que este exhibicionismo tenía carta abierta en los “quilombos” de la provincia de Buenos Aires, librados a un pobrerío, también sucio y descarnadamente sicalíptico.

Aquí pueden leer la entrega anterior del diario y aquí la siguiente.

Miércoles 24 de junio: Lecciones de Marvin Aldrich, cínico:

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