dr-zhivago-bso-banda-original-de-sonido-vinilo-30-cm-18931-MLA20162615996_092014-FLunes 13 de julio: Escucho a Chopin desde el sillón, con las luces del baño y las de la pantalla de la computadora encendidas, y tengo ganas de llorar como la protagonista de algún tango y la de más de un folletín. Pienso también en coleccionistas de bellezas, mecenas, pudientes musas ilustres, impotentes. Es el segundo movimiento del concierto Nro. 1 en Mi menor, dice el dorso del disco RCA Víctor. El polaco Rubinstein toca y eso a mí no me dice nada pero soy capaz de imaginar en la ejecución la existencia de singularidades que ignoro. No me desvela esa ignorancia sino cuando pienso que ella me impide comunicar con precisión lo que siento. Acaso no haya pretensión más absurda que esa. Me limitaré, entonces, a decir que este movimiento me recuerda la adolescencia, La dama de las camelias, mi compañero de banco durante toda la secundaria, el fútbol, la poesía, los últimos años de mi abuelo Atilio en nuestra casa, a la que mis viejos lo trajeron cuando ya no podía mantener con su esposa Irma la media cuadra de campo con galpón, huerta, taller y gallinero en Polvaredas, mis ganas aún no saciadas de conocer Europa, las primeras eyaculaciones, la radio escondida bajo la almohada una vez que me mandaban a dormir ni bien daban las diez, mi hermano nueve años menor en la cucheta de arriba. Esta enumeración ya nada tiene que ver con el rondó final del concierto, pero tampoco es un adagio. Lo que ha sido, hoy sigue siendo, continúa. En sus volutas enérgicas me reflejo, prolongación de humo sagrado o amoroso.

Entre el baño y la cama, interruptor de luz mediante, se hizo la noche. Un allegretto de Mozart a oscuras brilla sereno. El sabor de la pasta dentífrica sazona el recuerdo del habano que la lengua guarda junto con el de una coincidencia límpida. El final de una sonata de Beethoven me indicó que al último verso del poema que estaba escribiendo no le eran necesarias las once sílabas que a los otros sí. Otrosí del maridaje entre música y palabras que Cabrera Infante avala desde la pura fuma de su prosa de ligeras quinientas y pico de páginas posadas sobre la mochila del inodoro antes de cabrearse con el lugar común conyugal y sugerirme adulteraciones varias de la inercia escrituraria. Dormir le sentará mejor al insensato teclear de mis dedos en el celular que en nada se parecen al del pianista –que ya no es Rubinstein ni polaco sino Backhaus y teutón, sin parentesco alguna con la vieja Bauhaus, más joven que él en realidad- en el último disco nocturno. Mañana, clase sobre -que no de- Tarantino, o tarantela y vino a la americana. Pero antes de dormir, un documental sobre Jerry Lewis, insomne solución ad hoc.

Viernes 10 de julio: A mi viejo le fascinaba Doctor Zhivago. No sé cuántas veces fue a verla al cine, pero sé que le gustaba mucho no sólo porque me lo decía seguido sino también porque en casa estaba el disco con la banda sonora. Supongo que le sigue gustando, pero hace mucho que no vivo con ellos, que no hablamos de Doctor Zhivago, que no escucho ese disco en el Wincofon que teníamos. A mi viejo le fascinaba el personaje, ese hombre dividido entre la medicina y la poesía, aristócrata pero sensible a los abusos sufridos por el pueblo, testigo privilegiado de todo –hacía adentro y hacia afuera- desde ese balcón estratégicamente ubicado frente a la avenida principal, como un palco cercano al escenario del gran teatro. A mi viejo también le fascinaba Lara, le fascinaba Julie Christie, le fascinaba el amor romántico encarnado en ella y, de nuevo, ese hombre tironeado entre la esposa y la amante, entre el cariño y la pasión. En otra película con Omar Sharif que a mi viejo también le gustaba mucho debió haber algún que otro cuerpo literalmente tironeado. Creo recordar que se llamaba Los centauros y que transcurría en algún lugar de Asia lleno de tribus y costumbres “bárbaras” pero excitantes, materiales, de algún modo más verdaderas que el cúmulo de hábitos que constituían la vida del joven de veinte años que era mi viejo a finales de los 60 y mucho más aún de los que hemos venido después de él. Busco datos sobre esa película y creo reconocerla en The Horseman, dirigida por John Frankenheimer. Tendré que buscarla.

Palombella-rossa-6Imagino a mi viejo vestido de saco, camisa y corbata, como un joven urbano de hace cincuenta años que antes supo ser canillita junto a su padre en el barrio de Belgrano, y también lustrador de zapatos. Lo imagino volviendo del Centro a San Fernando en los trenes de la línea Mitre unos años antes de mudarse a Capital, conocer a una nieta de italianos recién llegada a la ciudad desde un pueblo de la provincia de Buenos Aires llamado Polvaredas, sudar la gota gorda hasta que el cortejo diera resultados, casarse con ella poco después, allá por el ’71 (que suena a título de una película soviética). En las fotos de su noviazgo y casamiento se lo ve a mi viejo peinado igual que Sharif en Doctor Zhivago, pero sonriente. Debe haber sido un motivo de identificación más que habrá causado estragos en mi vieja. Creo que, ya casados, mi viejo la llevó a ver la película en algún reestreno, y en casa no dejábamos de mirarla cada vez que la daban en televisión. Pasaba un tiempo prudencial desde que la película bajaba de cartelera hasta que la programaban. Uno solía hablar sobre ese lapso de tiempo, especular si por contrato eran dos o tres años, preguntarse si realmente llegarían a pasarla. Por entonces sólo había cuatro canales de aire que se veían bien y un quinto (Canal 2, de La Plata) cuyas imágenes debíamos conjeturar entre las interferencias. Recuerdo haber visto Doctor Zhivago en la cocina del departamento de San Fernando en el que vivimos a partir de 1982. Aseguraría que era invierno, pero es posible que esté trasladando la nieve de la película al exterior del edificio. Debieron proyectarla dos lunes consecutivos, en El mundo del espectáculo. Quién sabe si aún no presentaba el ciclo Héctor Larrea.

A pesar de mi cinefilia, Omar Sharif no ha sido mucho más que esa figura mezclada a la de mi padre, pero acaso no pueda ser más que eso para mí porque eso mismo es demasiado. Me figuro la cara del joven Sharif en varias de las películas de los 60 como una máscara de cera, lo que debe  favorecer este juego de identificaciones que llevo a cabo con él (no sé si durante los primeros años de su carrera internacional fue algo más que un príncipe exótico, un Valentino del sonoro en una época que empezaba a descreer del melodrama desaforado). En una película reciente –Sueño de invierno, de Nuri Bilge Ceylan- se lo nombra y no sé si no se lo llega a ver en una foto del rodaje de Señor Ibrahim, acaso su último éxito. El año pasado volví a ver Lawrence de Arabia, en la que emerge de un espejismo, una de las mejores apariciones de la que tengo recuerdo (a Werner Herzog le gusta mucho la de Marlon Brando en ¡Viva Zapata!). Tengo que esforzarme para recordar otras películas con él que haya visto y que me impresionaran. Hace unos meses intenté mirar La noche de los generales, de Anatole Litvak, en la que es un oficial alemán que investiga el asesinato de una civil cometido por un general de la SS durante la ocupación y persiste en ello pese a la inconveniencia manifiesta de hacerlo. Parecía interesante, pero no terminé de verla, mi atención no se desvió en seguida hacia Peter O’Toole haciendo de perverso sino hacia Donald Pleasence haciendo del menos perverso de todos, unos años antes de que iniciara al maestro de Wake in Fright y conociera a Carpenter. La película con Sharif de los últimos años imposible de olvidar es El 13° guerrero, aquí bautizada 13 guerreros, de John Mc Tiernan, en la que acompaña y tutela al héroe árabe y culto protagonizado por Antonio Banderas en el inicio de su aventura policial con los vikingos. También recuerdo un breve cameo en Las montañas de la luna, gran biopic filmado por Bob Rafelson (Five Easy Pieces) en 1990 para honra del Richard Burton que no se casó con Elizabeth Taylor ni tampoco se cansó de ella. Sé que filmó a las órdenes de Mann, Edwards, Lester, Lumet, Wyler, Passer, Wajda; sé que filmó con Belmondo, Streissand, Mason, Denueve, Gazzara, entre tantísimos otros, y me pregunto qué habría sido de mi vida si alguna de estas otras películas con Omar Sharif resultaba ser la favorita de mi viejo en lugar de Zhivago (¿tendría otra madre? ¿Habría nacido en otra casa? Porque nacer, nacía, de eso sí que no tengo dudas.)

timethatremainsTambién sé que filmó una veintena de películas en Egipto antes de ser una estrella internacional, y eso me recuerda que ignoro por completo esa cinematografía, la más cuantiosa del mundo árabe, según consigna Alberto Elena en Los cines periféricos. Recuerdo, sobre todo, que aún no he visto ni una sola película de Yussef Chahine, con quien Sharif filmó tres. Y que no tengo la menor idea sobre quién puede ser Atef Salem, para quién rodó otras tantas, si no alguna más. Pero acaso no sea mucho más lo que conozco de la vida de mi viejo durante esos años, y no hay película que me lo vaya a mostrar a menos que insista en confundirlo con Sharif y lo invista de las propiedades de los personajes que haya encarnado en esas películas egipcias anteriores a Lawrence de Arabia y Doctor Zhivago. Entre tanto padre y tanta épica histórica dando vueltas alrededor de un actor que debutó a mediados del siglo pasado, cuando una variedad de hombres fuertes dominaban la escena política, mi última asociación no tiene que ver con Sharif sino con Nasser, el líder egipcio que llegó al poder cuando el actor iniciaba su carrera cinematográfica, mi viejo no había cumplido seis años y faltaban veinte para que yo apareciera con o sin su consentimiento.

En The Times that Remains (Crónica de un ausente-presente) el palestino Elia Suleiman cuenta la vida de sus padres, que no puede ser otra cosa que la de su mirada sobre ellos. El personaje que representa a Suleiman de joven, y el propio Suleiman cuando se interpreta a sí mismo, no hacen mucho más que mirar, pero su mirada es acción e invención. La mirada cinematográfica de Suleiman inventa la juventud de su padre que sus ojos no pudieron ver porque todavía no existían o que no podían comprender aunque vieran físicamente a ese hombre que ya era padre y esposo sin dejar de militar por su tierra mientras encanecía en una casa, un jardín, un patio y una terraza que se obstinaron en permanecer idénticos a sí mismos gracias a los cuidados de ese hombre y de su mujer en vez de protestar contra la vejez que minaba su resistencia. Una tarde la tía del protagonista, maestra de escuela solterona y miope, atraviesa el plano frontal del living de lado a lado con la maquinal comicidad de un Buster Keaton mientras disimula sus lágrimas causadas por la muerte de Nasser con el gesto de acomodarse los anteojos de vidrios gruesos como culos de botellas. Estoy seguro de que el aparato de televisión que le dio la noticia será el mismo en el que habrá de mirar hasta el cansancio cuanta repetición de una película con Omar Sharif sea emitada desde entonces hasta la muerte o la ceguera.

Miércoles 8 de julio: La botella es un detalle brillante de este plano de El cañonero de Giles. Acá también hay un comisario, que manda en cana a los hinchas que critican al equipo del pueblo, amenaza al centroforward –Sandrini, su futuro yerno- cuando se tira a menos y entra a la cancha sable en mano para evitar un corner mal cobrado. Cuando un paisano le sugiere que no se entusiasme si el goleador no funciona en la Capital, el comisario le dice al sargento más cercano: «Pasamelo al calabozo nomás, por descréido. Ya le voy a dar ser pisimista.» Cuando se entera por radio que el goleador -inspirado en el gran Bernabé Ferreyra, que aparece en la película- consigue su primer doblete con la camiseta de River, el futuro suegro ordena que liberen a todos los presos del calabozo. «¿A ese que mató al padre también?», pregunta el sargento. «A ese también. ¿Qué significa matar a un padre ante el éxito del cañonero de Giles?»

11693937_916999845016187_1909021004172711521_nEl ritmo de las películas de Manuel Romero es infernal. Todo va a los piques y en 80 minutos o menos pasa de todo. La mayor parte de las películas argentinas posteriores, incluyendo las de los últimos veinte años, son insufribles a su lado. El vértigo audiovisual de hoy nada tiene que ver con esto, así como tampoco le llega a los talones a la velocidad verbal hawksiana, contemporánea de esta película.

Fabuloso momento de Gente bien y del cine argentino todo: las minas rajaron en estampida de la pista del dancing, como la jauría de novias de Buster Keaton, y los tipos, pasado el estupor inicial, se encogen de hombros y siguen bailando juntos.

Miércoles 1° de julio: Este jueves estrenan La vida de alguien, de Ezequiel Acuña, y Placer y martirio, de José Campusano, dos películas que lo que tiene en común de importancia para mí es que son las únicas que vi antes de que sus directores las terminaran. Ambos me mostraron, junto a otros espectadores, un corte de ellas que no acabó siendo el último. Acuña lo hizo en su departamento, Campusano en el auditorio del INCAA. En la primera proyección también estuvieron Hernán Gómez y alguien más que yo no conocía y cuyo nombre no recuerdo. La segunda fue en una sala llena de colegas a la que asistí con Nuria Silva. No vi la versión final de la película de Acuña y sí la de Campusano, pero en mi computadora. No quiero repetir la experiencia -al menos de inmediato- quizás porque la impresión que tuve de ambas películas inconclusas fue negativa, pero esa no es la razón fundamental. La de Campusano me mantuvo una noche en velo, nada inusual considerando mis horarios, y al día siguiente lo llamé para decirle que era la primera película de ficción de él que no me había gustado. También le dije que le sobraban muchos minutos, convencido de que unos cuantos cortes –más bien bastantes- allanarían más de un ripio narrativo, podrían llevarla hacia un terreno más abstracto, generarían alguna clase de extrañamiento voluntario (una escena causó risas generales, dejándome la sensación -confirmada luego- de que la voluntad del realizador no coincidía con el efecto en los espectadores) que la salvara de su no asumido ridículo (algunos personajes de las películas de Campusano tienen sentido del humor, pero su cine no y eso aquí le juega en contra). Ambas experiencias me hicieron saber que prefiero encontrarme con la película terminada porque verlas antes me ubicó en un lugar de impotencia, de algún modo me inhabilitó para escribir sobre ellas. Inmediatamente después de hacerlo habría querido incorporarme al proceso de realización con algo más que opiniones, intervenir en ellas a través de la edición, por ejemplo, ser un miembro más del equipo de realización con pleno derecho y no algo así como un espectador anticipado (¿cuál es el estatuto del crítico invitado a ver una versión de una futura película? ¿Pertenecer tiene sus privilegios?). Lo que vi de la película de Acuña me pareció un retroceso con respecto a las anteriores, aunque pasó mucho tiempo entre esa proyección más bien privada y el estreno (meses, si no un año, a diferencia de la de Campusano, que semanas después se alzaba con un premio en el BAFICI. El festival que en su momento había proyectado Bosques, mediometraje inmediatamente anterior a su primer largo, luego perdió las películas de Campusano a manos del marplatense y terminó recuperándolo simbólicamente con su peor película, lo que habla menos mal del director que de la institución). Muchas cosas pueden haber cambiado en la película de Acuña durante ese lapso de tiempo, pero hay al menos dos que no: la suntuosidad fotográfica, espléndida aunque empalagosa al combinarse con personajes y conflictos autoindulgentes, y el marco de referencia llamado en general “indie”, término tan cómodo, blando, informe y global como gran parte de aquello que califica. La segunda está directamente relacionada a quien la película elige como protagonista: el que se queda, el que no crece, el que se repite, el que adolece la falta de otro para no ver la propia. Yo no pude hacer otra cosa que imaginarme la película del que se fue de viaje, ya no de excursiones (su más hermosa película), en vez de la de quienes permanecieron siempre en el mismo lugar negándose a sí mismos las evidencias de esta imposibilidad (“Alcanza con no moverse / pa’ andar una vida entera”).

Aquí pueden leer la entrega anterior del diario y aquí la siguiente.