2142357w620Sábado 13 de febrero: Un grupo de sicilianos llega a Roma con la esperanza de encontrar trabajo después que cerraran la mina que se los daba en su pueblo. Engañados por el transportista que cobró por la promesa de llevarlos a Francia quedan varados en la ciudad (la situación está tratada con la misma sensibilidad con que lo han hecho Tony Richardson en La frontera, los Dardenne en La promesa o Aki Kaurismaki en El puerto, entre tantos otros que acaso tengan precedente en Toni, de Jean Renoir y quién sabe cuantos más antes). Un matrimonio joven es separado en el tumulto y ella deambula sola. Depositaria de todas las miradas masculinas, es fácil advertir cuál será su destino, pero lo notable es ver cómo el sistema de producción le adjudica un rol definido gracias a la puesta en escena social. Me acuerdo de Oja Kodar mirada a mansalva en F de falso, pero la relación de fuerzas entre la mujer y el medio es radicalmente distinta, así como las intenciones discursivas de Pietro Germi en El camino de la esperanza y de Welles en aquella. Ninguno de los dos, sin embargo, esteriliza la mirada sexual.

Viernes 12 de febrero: ¿Para qué mierda sirve el cine argentino si nadie toma los riesgos de Favio, Glauber, Gleyzer o Pasolini? Por ejemplo: ¿hay alguien filmando a Milagro Sala en este momento, ensayando con imágenes sobre todo lo que se juega alrededor de su figura, jugándose a conjugar presente político y estético a través del cine? ¿O eso no garpa en el circuito de festivales?

Jueves 11 de febrero: Acabo de ver un plano de Kumiko, protagonista de La cazadora de tesoros, subiendo la montaña en una de esas sillas para esquiadores y de inmediato asocié su soledad de extranjera enajenada en EE.UU. con la de Stroszek, otro Kaspar Hauser, otro extranjero «loco» en EE.UU. subiendo en una de esas mismas sillas al final de La balada de Bruno S. de Werner Herzog.

Unos días atrás el amigo Hernan Ballotta me recomendó la serie Justified a raíz de Waldo Googins, actor que se banca a Samuel L. Jackson hasta el final de Los 8 más odiados con su acento sureño y su elocuente sonrisa de dientes groseramente blancos. Resulta que atrás de esta serie estuvo Elmore Leonard. Entonces: hard boiled, personajes consumados en un sólo trazo, relato seco y directo, western contemporáneo y pragmatismo escéptico a la hora de engarzar ficción con descripción psicológica y social.

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Domingo 7 de febrero: ¿De quién podrá ser esa sombra si esto es un western? Uno de curioso inicio, sin embargo, aunque no inusual. El guión reflexiona sobre él cuando una mujer le propone «comenzar de nuevo» al hombre que ha elegido. Las primeras imágenes de la película encajan mejor con el marco del melodrama sureño que con el del western (pienso en las extravagancias y exuberancias de Band of angels, de Raoul Walsh, con Gable y De Carlo). Hay dos hombres con camisas bordadas batiéndose a duelo bajo la sombra de unos sauces y, luego del primero de los varios planos en los que se inscriben los títulos, uno de esos típicos barcos que surcaban el Mississippi. Adentro, un casino en cinemascope abarrotado de gente, objetos y tecnicolor. Los títulos, en cambio, están escritos sobre paisajes terrosos, cielo abierto, río calmo entre montañas. Nada de civilización, naturaleza solar del western. Y en el primero de esos planos, con el Monument Valley de fondo u otro lugar que se le parece mucho, aparece el nombre del actor al que pertenecía esa silueta en letras rojas y trazo grueso de brocha gorda. Pero no es una de John Ford, sino de Michael Curtiz (ese húngaro cuya filmografía Fassbinder recomendó revisar alguna vez): Los comancheros. Para 1964 John Wayne era un arquetipo tal que dictaba la estructura de contrastes inicial de una película, y uno adivina antes de verla completa que el régimen austero y monolítico de la virilidad que representa vendrá a poner orden en la decadente y afrancesada disipación de la cultura, casi seguramente a través del humor. Por lo pronto, la sombra suya proyectada en la pared del dormitorio donde duerme ese hombre abrazado a su almohada tanto le da dimensión mítica como onírica al plano, y esta última lo hace partícipe a Wayne de una intimidad tan ambigua como la de los western de Hawks.

Ah no (se ruega no suprimir la H), esto es demasiado: en Los comancheros hay una Domergue, como la Daisy de Jennifer Jason Leigh en Los 8 más odiados. Tarantino está en todos lados ya; como Dios, que no nos deja solos nunca, decía el hijo de Castellitto en La hora de religión, de Bellocchio.

Sábado 6 de febrero: “Como diría Jung, estamos llegando a algo.” En boca de Sam Neill esas palabras dan más miedo que de costumbre.

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Viernes 5 de febrero:

¿No habrá posibilidad de corrección

para esta palabra que se escribe

en la oscuridad? La única luz viene

del humo. Embriaguez de la pantalla

que difunde su macilenta lucidez.

Tu voz es una que se ignora. El alma,

sin volumen, dura. Nada sabe el balcón

de la noche que lo lame. Nada el agua

de sus ahogados.

Miércoles 3 de febrero: La escena de Posada Jamaica, de Alfred Hitchcock, en que Charles Laughton despliega su libidinosidad delante de la protagonista y de un caballo (no descarto que haya sido una yegua) que ha hecho entrar al salón de su palacio donde está ofreciendo una cena es una de las mayores violencias cinematográficas que conozco.

La banda de sonido de La hija de Ryan, también a cargo de Maurice Jarre, deja oír corrientes armónicas con resonancias de las de Fellini, seguramente debido al motivo circense de Michael, ese personaje contrahecho que pretende a la protagonista y es testigo, mudo pero elocuente gracias a sus pantomimas, de todo lo que pasa. Es fabuloso que nuestro punto de vista esté más cerca de él que de ningún otro, por lo que ello implica en cuanto a lucidez e inocencia. Mitchum haciendo de cornudo, impotente, homosexual reprimido, pedófilo en potencia o intelectual pasivo es mucho, incluso con el antecedente de La noche del cazador en su haber.

Domingo 31 de enero: Los solitarios empedernidos de Claude Sautet terminan siempre, más tarde o más temprano, públicamente expuestos en jaulas de vidrio, más transparentes cuánto más se obstinan en fortalecer su opacidad. La mirada temerosa es súplica por la piedra y el estallido.

Sábado 30 de enero: Lenny Abrahamson, director de La habitación, ha emprendido un viaje desde Irlanda, su país natal, a los EE.UU.; de las particularidades espaciales abiertas de Garage a las simbólicas cerradas, del inglés natal al global. Garage es su película más hermosa hasta el momento, aunque puede ser que Adam & Paul siga siendo la mejor. Ambas fueron escritas por Mark O’Halloran, también protagonista de esta última, y son herederas del más interesante realismo social británico, ese cuyo costumbrismo Mike Leigh distorsiona gracias al grotesco.

Jueves 28 de enero: La primera gran hijaputez del año de estrenos: Una buena receta. A partir del jueves, en su patio de mierdas favorito.

Viernes 27 de enero: Hay una secuencia fundamental de La academia de las musas, de José Luis Guerin, cuyo valor supera el de las explosiones y sorpresas del espectáculo. Este salto del eje de la acción que sucede apenas pasada la mitad de la película señala un cambio de paradigma, de escala, de esfera. La decisión exigida es algo parecido a un salto de fe: mujer o musa. En ese procedimiento que respalda el discurso verbal del hombre, del profesor, del maestro de la academia de las musas fundada por esa mujer, la película afirma su sentido, adyacente al de En la ciudad de Sylvia.

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Jueves 26 de enero: 

¿En dónde queda ese lugar

vasto que la voz del grito no recorre?

Mundo sin luz, espacio mudo y abierto

con sitio para todo lo insepulto, que la morosa

plegaria no abarca ni la interrogación clausura.

Te invoco desde todas las almas que han errado

hasta dar con la fe que asesinara sus rincones,

sus patios, sus terrazas, sus cocinas.

Las herramientas del amor son esas

demoras en las que uno se tiende sin pensar.

Las manías capitulan y el brusco sosiego,

como una duna pálida, difiere.

Miércoles 25 de enero: El inolvidable mozo de La fiesta inolvidable tenía al menos un claro progenitor: William Powell. En una escena de My Man Godfrey mucho más corta que la cena de la película de Blake Edwards el actor sirve la mesa ebrio. En la de Gregory La Cava todo es mucho más breve y sobrio. El desaliño de Powell es de una elegancia extraordinaria. Todos lo aman pero una sola de las dos hermanas se quedará con él. La elección por Carole Lombard, sin embargo, parece forzada, deudora de la lógica moral de la parábola económica y de la paternalista, aunque simpática, en el orden sexual de la comedia romántica que ordena sobre el final el caos de la screwball. La opción por Gail Patrick se imponía a juzgar por la intensidad de la puesta en escena de sus encuentros y por la importancia del objeto que intercambian, central en la historia.

Lunes 23 de enero: En la primera escena de Spotlight hay un personaje que llama la atención precisamente porque ignora todo lo que está pasando y es, por lo tanto, un espectador: es lo más cercano a un representante de nosotros, que por entonces tampoco sabemos qué sucede. Si ese fuera el caso, me perturba porque la película considera necesaria la presencia de alguien a quien ilustrar. Que, además, sea un oficial de policía, vuelve más inquietante su dimensión simbólica.

El pianito (estándar sonoro sentimental) neutraliza el impacto dramático del pedido de justicia hecho por una víctima. El efecto debe ser involuntario, lo que revela un grado notable de incapacidad dramática, o la elección por un tono medido del que siempre conviene desconfiar.

Hay algo caricatural en la configuración de algunos personajes principales que no se corresponde con la mesura antedicha. Parece una estrategia grosera para fijarlos en la memoria y distinguirlos. La caracterización, entonces, es predominante exterior. ¿Responderá –como en el caso de Mark Ruffalo- a una imitación directa de un rasgo de la persona en la que se basa el personaje? Si así fuera, ¿está implícita en ello la valoración de todo lo que un gesto condensa de una persona así como las singularidades que la familiaridad con ellas invisibiliza?

Se percibe el placer de la investigación como acceso a un saber más allá de su instrumentación práctica, pero ese compromiso con el conocimiento no llega hasta sus últimas consecuencias. A la primera investigación, que es la investigación de los hechos de pedofilia en que los personajes de la película se concentran, debiera sucederle la investigación de las razones por las que no lo hicieron en 1992.

Domingo 22 de enero: Un sólo plano como ejemplo de la precisión de la puesta en escena clásica de Leyenda, de Brian Helgeland: tras el bulto desfigurado de un arma que no se alcanza a ver por su cercanía a la cámara pero se sabe hay un personaje que también lo es, tanto más letal cuanto inofensivo y familiar parece. Como sucede en los mejores relatos transparentes, la organización formal tiende a pasar desapercibida en una primera mirada.

Domingo 15 de enero: Murió Franco Citti. Es como si Pasolini hubiese muerto de nuevo. Voy a ver Ostia, dirigida por su hermano.

Sábado 14 de enero: ¿Se imaginan The Hateful Eight doblada al castellano?

Sábado 7 de enero: Nadie ha estrenado Carmina y amén, de Paco León. Muchos de nosotros somos descendientes de europeos, mayoritariamente españoles e italianos, y hemos tenido que renunciar a ver imágenes incluso pintorescas (como si el 99% de las estadounidenses no lo fueran) que mantengan vivos esos lazos porque la cultura estadounidense globalizada las ha desterrado de la cartelera.