Atención: se revelan detalles de la trama.

La película de Pablo Agüero tiene dos ideas interesantes. Una es la de equiparar a un grupo de chicas detenidas por brujería con un -como indica el título en euskera- aquelarre en sí, y al Inquisidor (Àlex Brendemühl), en el centro de la acción, ocupando el lugar del mismo Diablo. La otra es la de contrastar la declaración/»confesión» de Ana (Amaia Aberasturi) con lo que realmente sucedió, que es justamente lo opuesto. Es decir, lo que podía ser un corto termina siendo una tortura juvenil que se siente eterna.

Las chicas en cuestión, todas ellas hegemónicas y con lindos dientes, se supone que son campesinas vascas del año 1609. Atormentadas y enjuiciadas como brujas por apenas irse a boludear y cantar por el bosque solas, encuentran en Ana a una líder infalible, tanto que si esto era un producto yanqui lo interpretaba Jennifer Lawrence (hasta se parecen).

El arte y la técnica, rubros en los que la película se llevó varios premios, apenas presenta una puesta correcta, de reconstrucción, que recuerda más a televisión «de calidad» o ciertos docudramas que a otra cosa, impronta que Agüero le había dado también a Eva no duerme (2015), donde todo giraba en torno al cuerpo mancillado de Evita. Daniel Fanego también aparece, en este caso como el consejero del Inquisidor, una suerte de villano de Disney que si tuviera una canción sería sobre cómo lo calientan las rebeldes jóvenes y hegemónicas con buena dentadura. De hecho, Katniss -digo, Ana- se da cuenta de lo mucho que lo calienta al tipo la cuestión, y lo obsesionado que están sus captores con el tema del Sabbat, o sea el aquelarre, que decide decirle que es una bruja y ganar tiempo con eso. Y, de paso, lo prueba un poco. A todas les va bastante mal con eso, pero también se empoderan y se les ocurre, entonces, mostrarles cómo es un aquelarre. Aunque no tienen idea de cómo es, Ana es buena chamuyera y usa el verdadero paseo inocente para inspirarse en lo demoníaco que los tipos quieren escuchar. Después de algunos chistes sobre el tamaño de «la cola» del Maligno y de cómo el burukoak -tocado típico del País Vasco- de cada vieja parece una chota, y justo cuando la cosa no se puede poner más Disney, vemos animales con ropa de personas en el bosque y las chicas que se largan a cantar.

Con una hoguera en el medio y percusión, al fin han preparado todo para que las pibas les muestren su fantasía en vivo y en directo. Al parecer, la cosa es una rave, tipo Burning Man pero a la vasca.  Como nadie sabe cómo es un Sabbat, siquiera si de verdad existen, se les da por colarse unos hongos y se ponen todos de pepa, especialmente el Inquisidor, que le mete al hongo con terribles ganas. Entonces con gran angular y más cantos todo se pone algo loco, aunque no tanto porque el público tiene que entender y no sea cosa que esto gane algo de la ambigüedad de Las vírgenes suicidas (Sofia Coppola, 1999)  o Picnic at Hanging Rock (Peter Weir, 1975), películas a las que Akelarre referencia solo para generar el efecto opuesto.

Al final, las chicas aprovechan la confusión para escaparse corriendo, pero quedan arrinconadas al borde de un acantilado. Decididas y tomándose su tiempo, se agarran de las manos y no las vemos saltar, porque ahora sí la película quiere ser ambigua o poética y copiando el final de Birdman lo vemos al Inquisidor asegurar que vuelan. Suponemos que saltaron, pero el tipo comió hongos, no nos vayamos a olvidar.

En definitiva, Akelarre es para todo aquél que, después de ver The Witch (Robert Eggers, 2015), se quedó con las ganas de una versión más Cris Morena del asunto.

Calificación: 5.5/10

Akelarre (España/Argentina/Francia, 2020). Dirección: Pablo Agüero. Guion: Pablo Agüero y Katell Guillou. Fotografía: Javier Aguirre. Montaje: Teresa Font. Elenco: Amaia Aberasturi, Alex Brendemühl, Daniel Fanego, Garazi Urkola, Yune Nogueiras, Jone Laspiur. Duración: 90 minutos. Disponible en: Cine Ar, Netflix.