«En la primavera de 1940, casi un año después de la invasión de Polonia por los nazis, Walter Benjamin escribió sobre un cuadro de Paul Klee, Angelus Novus, algunas palabras luego profusamente citadas (…): ‘En él se ve a un ángel que tiene aspecto de alejarse de algo a lo que su mirada parece seguir clavada. tiene los ojos desorbitados, la boca abierta y las alas desplegadas. Tal deberá de ser el aspecto que presente el ángel de la Historia. Su rostro está vuelto hacia el pasado. Mientras parecen escalonarse ante nuestra mirada una serie de acontecimientos, sólo uno se ofrece a las miradas de él: una catástrofe sin modulación ni tregua, que amontona los escombros y los proyecta eternamente delante de sus pies. El ángel querría acercarse a este desastre, curar las heridas y resucitar a los muertos. Pero se ha levantado una tempestad, procedente del Paríso, que ha hinchado las alas desplegadas del ángel y éste no consigue plegarlas de nuevo. Esta tempestad de lo lleva hacia el futuro, al que el ángel vuelve la espalda sin cesar mientras los escombros, frente a él, suben al cielo. A esta tempestad le damos el nombre de Progreso’. (…) En su citado libro, Bergala define las palabras de Benjamin sobre el ángel de la Historia como «el texto más nodal para abordar la empresa godardiana de las dos últimas décadas». Godard, el heredero de Lang, del cine clásico, cree que el cineasta actual debe ser como el ángel de la Historia, redimier a los ‘cuerpos dolientes’ o las ‘almas errantes’, todo aquello desde el silencio de una derrota orgullosamente asumida como tal.»

El anterior es un párrafo de El sitio de Viena, falso ensayo o novela de ideas escrita por Carlos Losilla. Como nexo entre el ángel de Paul Klee reinterpretado por Benjamin y, según Bergala, tomado por Godard como programa (est)ético cinematográfico, Losilla hace mención de la estatua del ángel con las cuencas vacías que aparece en Moonfleet, de Fritz Lang, quien en El desprecio le pasaría a Godard el testigo de la herencia cultural vienesa trasladada a Hollywood (Lubitsch provenía del mismo lugar geográfico pero nunca tuvo nada que ver con esas oscuridades). John Carpenter no pudo haber tenido otra cosa en mente que esta genealogía angélico-demoníaca de la moral de las imágenes cuando filmó El príncipe de las tinieblas e hizo que un ángel negro enviara señales del futuro en formato video desde el umbral de una iglesia butizada San Godard.