Por Nuria Silva.

Ginger y Rosa son dos adolescentes con una amistad que reúne todos los lugares comunes de lo que suelen ser las relaciones entre chicas durante esos años de crecimiento: rebeldía, sueños, ideales, sexualidad a flor de piel, cierto grado de posesión y celos, etc. Sin embargo, además de los evidentes aspectos físicos (una es pelirroja, la otra morocha), lo que las distingue son las realidades familiares de cada una. Rosa y su madre son abandonadas por el padre de la familia; Ginger crece en un ámbito familiar íntegro que, con el paso del tiempo, no correrá mejor suerte. Apenas empezada la película vemos a Rosa, aún niña, observando cómo su padre abandona el hogar. El siguiente plano es uno de Ginger alzada en brazos por el suyo en el jardín de su casa. Esa diferencia es la que, con el correr de los años, empezará a romper la férrea amistad que las une. El título y los primeros minutos de la película parecieran indicar que la historia ha de girar en torno al vínculo que mantienen, pero hay un punto de inflexión que quiebra esa premisa para encauzar su rumbo de forma exclusiva sobre Ginger. El frágil hilo de unión que hay entre ellas pasará a ser la idea de un hombre como padre, o de un padre como hombre, según desde qué perspectiva lo miremos.

En apariencia, Rosa es la primera en hacerse mujer. Comienza a maquillarse, sus rasgos se endurecen, y su capacidad de seducción parece ser manipulada de forma consciente. Ginger, por el contrario, permanece en un aire de inocencia juvenil, e irá aprendiendo todo acerca de las trivialidades del mundo adulto de la mano de su amiga: besarse, tocarse, fumar, pintarse. Pero, como suele decirse, las apariencias engañan. Rosa, en realidad, es una nena que está perdida buscando incansablemente la figura paterna ausente y, en el mejor de los casos, está destinada a convertirse en una mujer servil y amargada. En Ginger reposa la fuerza de una mujer independiente, contemplativa pero decidida, y lúcida en lo que respecta a sus ideas y pensamientos. Su pelo rojo intenso se impone por sobre el de color negro de Rosa (cuyo nombre refiere, a su vez, a un rojo empalidecido). Su verdadero nombre es África, el continente negro al que Freud se refería para hablar de la compleja sexualidad femenina. Ginger es, de hecho, su seudónimo, y no sólo significa ‘pelirrojo’ sino también ‘jengibre’, hierba de sabor picante famosa por sus propiedades energéticas.
La película comienza con el nacimiento de estas dos chicas, que coincide con la bomba arrojada sobre Hiroshima. Luego se desplaza a 1962, cuando el descubrimiento de bases nucleares rusas en Cuba en plena Guerra fría amenazaba la integridad de Estados Unidos y parte de Europa. Pero este trasfondo no establece un discurso político directo, sino que funciona como marco dramático de las crisis que sus protagonistas atraviesan, tal vez entendidas como productos de este contexto. El plano que da inicio a la película es el de la bomba atómica estallando, seguido por un paneo de la ciudad devastada, y luego ambas madres en pleno trabajo de parto en un hospital londinense. Condena de nacimiento a un espacio que será destruido, desolado, impedido de ser recompuesto. Ginger y Rosa deciden empezar a militar en contra de la bomba, aunque esta resolución tendrá más que ver con razones personales e íntimas antes que colectivas.

Dos hombres serán determinantes en el rumbo de Ginger y Rosa, y en la división del camino que desde pequeñas las unía. Uno representará el progreso, y el otro la idea de retroceso. En una escena, las dos se encuentran en una marcha promovida por el grupo militante al que se unen. Ginger posa su mirada sobre Tony, líder de esa agrupación, que camina hacia adelante, que va al frente. Rosa deposita la suya en Roland, el seductor padre de Ginger, que pasa a bordo de una camioneta en dirección contraria, hacia atrás, acompañado por una joven estudiante y una banda de jazz. Esta visión pasajera no altera tanto a Ginger como a Rosa, pese a que estaría descubriendo una supuesta infidelidad de su padre. Instantes después, ya en la casa, su madre Natalie prepara una comida especial para su marido que la recibe indiferente, desatándose una pelea con posterior separación. La situación se repite más adelante de forma similar, pero con Rosa, que para esa altura ya tiene una relación amorosa asumida con el padre de Ginger, aunque su reacción ante el gesto servicial de la piba es completamente opuesta. La llena de halagos y caricias, provocando una profunda angustia en su hija. El deseo y la búsqueda de Roland por chicas más jóvenes manifiestan una evidente inmadurez emocional. La relación entre Ginger y Tony no llega a ningún puerto en términos físicos o afectivos, pero es justamente esa contraposición la que sirve como indicador de que estamos ante una mujer autosuficiente que, aunque movida en un principio por los deseos sexuales constitutivos de la adolescencia, aprende a desplazar ese deseo hacia otras motivaciones, como la poesía y la militancia política.

Las decepciones personales a las que Ginger deberá hacer frente implantan una amenaza que deja muy detrás la del peligro nuclear. Lo que amenaza con estallar y terminar con todo es el corazón, pero toda muerte es también un comienzo. Ningún final es absoluto. Desde los escombros de las frustraciones pueden erigirse nuevos horizontes si se logra arribar a una instancia de perdón, que es un signo de crecimiento y madurez. Un final abierto nos deja con la imagen de Ginger en primer plano y a su padre detrás mientras comparten el espacio de la sala de espera de un hospital, que los reúne tras un hecho trágico que quedará irresoluto. Él le hace una pregunta, ella se da vuelta para mirarlo, no dice nada, y vuelve a mirar hacia adelante. La única respuesta que nos llega mediante la voz en off de Ginger, tal vez más África que Ginger a esta altura de los acontecimientos, ya no es para él.