gloria-cartelEl júbilo de ráfagas de luces coloridas al son de la música disco se contrapone a la tristeza de quienes deambulan por el local nocturno. Entre ellos emerge Gloria, una mujer de unos cincuenta y tantos años que, trago en mano, emprende el ritual para conseguir compañía. Rápidamente la fiesta da paso al gesto de quitarse el maquillaje de la cara, junto al agobio y el cansancio de la noche, e intentar huir de la soledad refugiándose en la familia, los amigos, y el recuerdo de las luces de la bailanta en busca de afectos y sensaciones, de adrenalina y, tal vez, felicidad. La angustia se deja ver en Gloria quien, a pesar de todo, no se resigna al ridículo del sollozo inconsolable, sino que mantiene la constancia de la búsqueda con desazón pero sin desencanto, dibujando sonrisas que de vez en cuando ahuyenten el fastidio, gritando boleros que expresen su penar. Y por eso ella es la única que se mantiene firme en el centro del cuadro, cediendo sus ojos a la cámara, porque es su mirada la que se busca para llegar a la intimidad. Intimidad que se plasma en todo sentido: desde los sinsabores sociales que socavan su abandono hasta la intimidad sexual que la cámara muestra sin tapujos como prueba carnal del deseo que busca sentir, emocionarse… vivir.

La vida social le da la espalda y así ve la cámara a los personajes que circundan a Gloria: negando perfiles que se escudan en nucas. Todo esto lo vive como una suerte de regreso a la adolescencia: una exploración del propio lugar en el mundo que no llega a entenderse, a vislumbrarse, y por el cual se cede al ocio, a la fiesta y a los vicios. La sociedad, cristalizada en las individualidades que se relacionan con la protagonista, no termina de abrazarla, y será ella quien le de finalmente la espalda.

El cine, como todo producto cultural, se inscribe dentro de la Historia e interviene en ella por acción u omisión. En este caso, el trasfondo de la película muestra la lucha de los estudiantes chilenos por la educación gratuita. Si bien no es una película que abunde en diálogos que debatan la situación sociopolítica, unos de los planos más largos – en el que la duración intenta escapar de las constantes elipsis que se suceden a lo largo del metraje- muestra al grupo de amigos que discuten sobre la actualidad, concluyendo que a falta de líderes, el camino a seguir es confiar en los jóvenes. El presente de Chile, entonces, pertenece a las clases populares defendidas por la juventud; es por eso que se le hace difícil encontrar un lugar de pertenencia a una mujer de otra época. Únicamente lo consigue bajo el efecto de la marihuana, cuando abre una ventana y se suma a los golpes que los vecinos dan a sus ollas en apoyo al reclamo estudiantil. Esa es la relación que ella mantiene con la realidad: la de la no aprehensión.

Gloria1

El montaje cortante no subsana el ritmo cadente compuesto de situaciones homólogas que redundan hasta ocasionar un agobio similar al que, una supone, debe sentir la misma Gloria. Sin embargo, esta espiral que dibujan los hechos vividos no es en vano: deambula recurriendo a las mismas vueltas en el laberinto, porque no hay salida a algo que no tiene un fin al que llegar, un objeto que no sea otro que buscar la compañía y la contención. El tiempo se hace largo y en esa duración subjetiva se llega a compartir la sensación de lo perdido, de lo que se escapa. De esa manera la empatía llega de la mano no sólo de la naturalidad en la actuación de Paulina García, sino también en la percepción del momento, una percepción que el montaje ávido de cortes no llega a desnaturalizar al punto de expulsar del todo al espectador.

Epifanía en forma de pajarracos blancos, situaciones que desentonan con el verosímil que hasta el momento se había trabajado, superación personal disfrazada de viaje psicotrópico… todo lleva a un final donde se dejan de cantar boleros para cantar el propio nombre, reafirmando la individualidad, en una mímica que pone en duda la llegada a la salvación o a la locura.

Gloria (Chile, 2013), de Sebastián Lelio, c/Paulina García, Sergio Hernández, Diego Fontecilla y Fabiola Zamora. ‘110.