Good Time, la película de los hermanos Safdie, es una de las más gratas sorpresas del año. Es tan contundente que no necesita un análisis cruzado con casi nada; sin embargo, es heredera de la tradición del cine americano independiente, y también contiene la universalidad de las historias que retratan a los desclasados. Y, para ser franco, se le puede pegar antojadizamente a otra película que nada tiene que ver, pero que vino a mi mente casi en contraposición. Una que representa todo lo que está mal y se convierte ante la mera comparación en un producto despreciable. Pero lo dejo para el final.

Dicen los más eruditos, los cinéfilos analíticos, que para cuando llegó el cine sonoro todo ya se había contado. Sí, claro, luego vinieron infinidad de películas que mutaban las herramientas del lenguaje cinematográfico y, sobre todo, actitudes que lo realizadores plasmaron total o parcialmente en sus obras. Good Time hubiese sido imposible sin esa idea de Cassavetes en la que la puesta en escena se define por una cámara que trabaja bien cerca de los protagonistas, no solo para causar sensación de cercanía sino también para ponerse áspero, en el mejor sentido de la palabra. Faces es una película para ver una sola vez, difícil tolerar esa anarquía de imágenes que se plantea dentro de un cólera etílico grupal, todo resulta tan revulsivo para nosotros como para los personajes. El humo de los cigarrillos que impregna el aire y la decadencia humana como acto cotidiano definen esas horas en las que la hipocresía pierde por goleada y sabemos, o intuimos, que al otro día todo volverá a hacer igual; sin embrago todo eso pasó y es difícil volver a ser el mismo. Pareciera que Cassavetes pretende, mediante el más estricto artificio de planos irregulares y movimientos sincopados al límite del encuadre, representar su realidad y causar el efecto casi documental -o naturalista- de una sensación que no se puede mirar a distancia, que responde a la interioridad de los personajes.

Los hermanos Safdie invierten algunas ideas, pero en el comienzo de la película colocan la cámara rigurosamente cerca de Nick, que no es otro que Benny Safdie. Nick escucha un cuestionario de un terapeuta en una especie de clínica y, más allá de que el cuadro esté cerrado en primerísimos planos, esta información llega por los escasos márgenes de sus caras. Nick tiene mucho miedo y no quiere responder, está severamente lastimado, en carne viva. Parece un nene de 12 años, parece estar detenido en el tiempo, viviendo una vida de adulto que no comprende. Tiene una especie de retracción social severa, pero apenas vemos en su mirada cierta virulencia que complejiza la interpretación, ya que el inicio del relato no da ninguna referencia total, solo parcial del conflicto. El terapeuta parece tener las mejores intenciones, pero lo presiona un poco. O, mejor dicho, todo lo que puede, que no es poco. Nick no pertenece a donde parece ir, que tampoco sabemos dónde es. Connie (Robert Pattinson) viene por el pasillo de la clínica buscándolo, con la cámara prácticamente sobre sus hombros; lo encuentra y se lo lleva casi de inmediato, lo contiene y le dice que va a estar todo bien, juntos.

A continuación, dos tipos asaltan un banco en una secuencia tan disparatada como la vida misma. Los planos y los contraplanos van cambiando el ángulo de la cámara todo el tiempo, no se nos permite ver desde el mismo punto de vista dos veces; muchos de ellos son cerrados sobre sus rostros, con máscaras de afroamericanos. Escapan en otra gran secuencia plagada tensión y terminan atrapando a Nick y llevándolo a una celda llena de detenidos: otra vez los negros, eternos marginados del sueño americano aun después de Obama.

Los hermanos no son delincuentes, pero tampoco pueden integrar la sociedad tal como se la entiende hoy, cosa que los directores no se molestan en explicar sino en mostrar a través de las acciones de los personajes principales y los secundarios. Cada historia tiene su propia profundidad y nos llega mediante las ideas visuales: es el presente el que cuenta más que su pasado, y los Safdie no creen en dotar al espectador de información, no lo subestiman. Pero tampoco les resulta fácil: como el bueno de Cassavetes, siempre alejados de los convencionalismos y clasicismos formales. En varios pasajes utilizan el absurdo o el patetismo sin vueltas, tejen un relato simbiótico y vertiginoso de seres nocturnos, un verdadero júbilo doloroso con una fuerza dramática arrebatadora, musicalizado con sintetizadores que aportan una extrañeza algo atemporal que recuerdan al primer Carpenter.

Entrelazar escenas, construir secuencias puede ser un trabajo casi automático, trabajar las tensiones tiene sus yeites, pero ir tan al límite en el ritmo como el contenido de las imágenes, poner en jaque la moral de las acciones, no es para cualquiera (sí para los Dardenne, otras de las referencias de Good Time). La película es una verdadera olimpíada emocional, y la clave no está en la belleza de las imágenes o de las formas, sino la exploración anímica de estos jóvenes que no tienen lugar donde ir.

Connie necesita rescatar a su hermano y no duda, no le importa otra cosa que sacarlo del lugar a donde lo envió. Porque Nick vive en un estado de temor y asincronía casi patológico y Connie no tiene idea de cómo vivir sin estar siempre calculando minucias para salir de un lugar incómodo y encaminar las próximas horas, ya no su vida. El relato se va entrelazando entre diferentes partes de unas primeras 48 horas, más una noche completa hasta su final, marcadas por varias elipsis invisibles que desestabilizan el tiempo, que nunca es suficiente para huir, quién sabe a dónde.

En una de esas vueltas Connie va a buscar a su novia, algo border y disfuncional, para que ponga la tarjeta de su madre y así poder sacar a su hermano bajo fianza. La secuencia es brillantemente angustiosa, mientras aparece Jennifer Jason Leigh con todo su botox a flor de piel, que parece funcionar más que bien para este personaje que los Sadtie no dudan en explotar y que asume rasgos casi psicóticos. Y también está el oficial que trabaja en las fianzas que, como muchos de los personajes marginales que aparecen, están dotados de una imagen natural perturbadora. Muchos de ellos me remitieron casi inmediatamente los habitantes de las primeras películas de Campusano. Porque acá también está esa idea de cine bruto, salvando las distancias,un cine de marginados que la sociedad no sabe integrar, que solo criminaliza sin hacerse cargo del que no cabe.

Apadrinados por Scorsese los Safdie le deben mucho al ítaloamericano, que se cuela en el vértigo del montaje, en el transcurrir de una noche demente como en Después de hora o Vidas al límite, pero sin ningún tipo de redención y con un doble final apabullante que es difícil de contar en un texto porque está inmerso en mundo surrealista, musicalizado por Iggy Pop, en el que viven estos hermanos, y también los directores. Los Safdie no dudan en caminar por el fino límite de la incorrección moral reinante al incluir casi una escena de sexo consensuada entre Connie y una niña de dieciséis años afroamericana que habita una especie de agujero negro con su abuela, que se interrumpe por un hecho fortuito; en estos muchachos no trabaja ningún tipo de red de contención discursiva sobre el tabú porque, más allá de las disertaciones del caso, puede suceder en la vida y por qué no también en la ficción.

Los colores contrastados al margen de los rostros entre el flúor, la propia oscuridad y la frialdad de los ambientes -nunca amables, pero siempre vivos y llenos de posibilidades para bien o mal-, y la ciudad de Nueva York, espiritualmente omnipresente y visualmente imperceptible, dotan al relato de una cercanía abrumadora en los últimos días de un año caliente.

Muchas veces hago el ejercicio de pensar una contraposición automática entre una película que tanto me gustó y otra que no me gustó nada. A veces funciona, y otras no. En este caso, el contrapunto perfecto a Good Time me pareció Mama se fue de viaje, de Ariel Winograd, la película más taquillera del cine argentino en el 2017. No solo esta película en particular, sino todo su cine, está dotado de una profunda despersonalización. Todo lo contrario, a lo que intentan los hermanos Safdie con éxito con NY. Winograd intenta mediante mediante el guion, las locaciones, las actuaciones y los chistes evitar cualquier referencia cultural del país de origen, un cine que no tiene patria, que busca mediocremente una universalidad que no existe. Cree que eso le suma un valor agregado por que personalmente no cree en nada o, mejor dicho sí, en el éxito de taquilla. Todos sabemos que intenta emular, de alguna  o de todas las maneras posibles, la comedia americana de todos los tiempos, que por otro lado está plagada de referencias culturales en un país contradictorio, que no las niega sino que las aprovecha. Pero Winograd esa materia la sigue debiendo, tal vez  cuando deje pensar en la taquilla pueda subir el escalón pendiente y deje de retratar esa clase media acomodada de ensueño. De Argentina nada, no hay problemas sociales, ni políticos de ningún tipo, solo tonterías “divertidas”, simpática y torpemente musicalizadas. En cien años ese cine no va decir nada del mundo que habitó. O quizás mucho, quién sabe.

Good Time: Viviendo al límite (Good Time, EUA, 2017), de Benny y Josh Safdie, c/ Robert Pattinson, Benny Safdie, Jennifer Jason Leigh, 101’.

Acá se puede leer un texto de Romina Quevedo sobre esta película