El coming-of-age dentro de las comedias de secundaria fue abiertamente explorado por distintos directores en el ámbito cinematográfico y televisivo. El club de los cinco (John Hughes, 1985), Clueless (Amy Heckerling, 1995), Chicas pesadas (Mark Waters, 2004), Supercool (Greg Mottola, 2007), y las más recientes Blockers (Kay Cannon, 2018) y Sex Education (Laurie Nunn, 2019-actualidad) constituyen los más variados ejemplos de esta interesante mixtura.

El humor corrosivo, mordaz, desopilante y otras veces absurdo lograron matizar con inteligencia los conflictos de adolescentes encontrándose por vez primera con el despertar sexual. A veces más irrisorio, otras veces más dramático, el desafío juvenil es el de intentar destrabar los obstáculos sociales que les impiden concretar un encuentro sexual. La primera instancia es la de reconocer su rol dentro de la comunidad estudiantil, es decir, identificar si son parte del bando de los populares o de los losers. Una vez descubiertos los lugares de pertenencia empezará la peripecia para desmitificar un fantasma horroroso: la virginidad.

Las producciones señaladas recientemente harán más o menos hincapié en la exploración de la sexualidad, ya sea como rasgo latente, como problemática principal o como estadio vivenciado por un amigo o amiga. Las hormonas siempre están allí con mayor o menor intensidad, incapaces de ser controladas o comprendidas. Cher Horowitz, en Clueless, está tan preocupada por ser la celestina de sus compañeros y profesores que no se da cuenta de que es virgen y que considera el acercamiento afectivo con otros chicos de su edad como algo “asqueroso” hasta que se lo señala su mejor amiga. En Supercool la pérdida de la virginidad es el motor que hace arrancar el auto y lo conduce hábilmente hacia la ruta. Greg Mottola hace del conflicto hormonal la temática principal de la película, y todo el universo fílmico gira en torno a eso, desde los chistes, los gags cómicos, la estética, los diálogos, la música y las mismas actuaciones.

El caso Supercool fue disruptivo para finales de la década del 2000 y se convirtió a su vez en una de las grandes comedias de ese período. El horizonte humorístico de esta película va desde del salvajismo del Frat Pack –incluso podemos pensarla como antesala de la saga ¿Qué pasó ayer? –, pasando por el absurdo de Will Ferrell hasta lo exacerbado de los hermanos Farelly. El chiste de la licencia de conducir que identifica a uno de los adolescentes nerds bajo el nombre de McLovin –con toda la personificación estereotipada del pibe feo con anteojitos y remeras de bandas alternativas– ha devenido en un pasaje memorable de la historia de cine. Y es un recurso bien digno de la escuela humorística de Judd Apatow. Sin embargo, ese humor osado del que hace uso también se codeaba con cierto machismo contenido y una pizca de misoginia que incomodan bastante hoy en día. En realidad, es un coqueteo que pretende satirizar ese poder peneano, de superioridad machirula, blanca y norteamericana.

La escena más incómoda es la de Jonah Hill haciendo gestos obscenos a Emma Stone en la clase de cocina. Los gestos que evidencian cómo se la cogería generan cierto rechazo en el personaje de Michael Cera quien luego, en reiteradas oportunidades, le mencionará a Hill que no es necesario poner en pedo a una chica para poder perder la virginidad. El personaje de Michael Cera es el que trae una moraleja y el que pareciera “educar” a su amigo: “no pienso así de ella porque la respeto”. Es interesante cómo aparece el tema del respeto y de las relaciones sexuales consensuadas dentro de ese ensimismamiento de género machirulo en el que se hallan inmersos ciertos personajes.

Supercool jugaba con el ridículo. Es que resulta ridículo que Jonah Hill se la pase obsesionado con el hecho de ponerla sea como sea y cueste lo que cueste, dibujando pitos de todos los tamaños, formas y pigmentaciones. Es ridículo que piense que por perder la virginidad dejará de ser considerado un loser y devenir un ser humano socialmente aceptado y alcanzar una notable popularidad en el ámbito universitario. Sí, seamos sinceros, Supercool apostó al ridículo y a lo grande, exagerando sagazmente los rasgos “machotes”.

La ópera prima de Olivia Wilde, La noche de las nerds, se sube a la oleada del coming-of-age en una comedia de secundaria, y se encarga de acentuar una notable diferencia: aquí la preocupación adolescente no es la de perder la virginidad, sino la de integrarse y comprender a la comunidad estudiantil casi como si se tratara de un acto de justicia social. Con un feminismo consciente que no pretende brindar lecciones de moral ni ética, Olivia Wilde ofrece un panorama donde no hay cabida para los binarismos: buenos/malos, lindos/feos, populares/losers. Los estereotipos son quebrantados para otorgar espacio a las personalidades. Sí, leyeron bien, “personalidades” y no “estéticas”.

Las protagonistas respetan en parte la lógica de la “gordita” y la “flacucha”, pero no son feas, no usan anteojos y no tienen acné. De hecho, se visten con una moda cool y usan un maquillaje sutil que les demarca ciertas facciones del rostro. Aquí lo que hace ruido son sus personalidades con aires de superioridad intelectual: asisten a cada marcha feminista, bregan por los derechos civiles, admiran a Michelle Obama, una de ellas se está por ir a Botswana a fabricar tampones, y la otra se auto-venera a sí misma por haber hecho todos los sacrificios para acceder a una universidad prestigiosa. Un día descubren que el resto de sus compañeros y compañeras también ingresarán a universidades de renombre como Harvard, Yale, Stanford o Columbia, y que incluso hay varios que ya consiguieron trabajo en Google.

Como mujeres resignaron fiestas, salidas nocturnas, encuentros sexuales, todo por obtener excelentes calificaciones, conseguir un trabajo estable y un ingreso seguro a LA universidad. Ese mito se les viene abajo cuando toman conciencia de que los compañeros y compañeras que se la pasaban de joda en joda y practicando sexo oral, también son dignos merecedores de acceder a los mismos beneficios que ellas. Es en ese preciso momento que las adolescentes deciden ir a las fiestas de graduación por dos motivos: por un lado, para experimentar lo que significa ir a un evento de diversión, descontextualizado de la presión por ser alguien en la vida; y, por otro lado, para encontrar un sentido de pertenencia dentro de ese grupo estudiantil.

El prejuicio es la clave en la construcción de una personalidad que apabulla y limita a que estas dos adolescentes encuentren una paridad entre sus iguales. Es que el resto de la comunidad escolar es igual que ellas, pero todavía no lo saben. Todos están buscando su lugar: está el gay, la transexual, la lesbiana, el skater, el carilindo con rasgos latinos, la carilinda que se viste con ropa masculina, la que disfruta libremente de su sexualidad y es considerada “trola”, la desprejuiciada que se lleva bien con todos y le gustan las drogas, el bonachón que roza la tontería. Todos tienen un rasgo que los diferencia, a partir del cual se hace abuso del prejuicio. Olivia Wilde pone énfasis en que todos son buenos y que, a pesar de las diferencias, logran construir una sororidad que no se limita únicamente al género femenino, sino que integra e incluye a todos sin distinciones.

Si la Supercool de Greg Mottola impresionaba por ese humor ridículo y exagerado; La noche de las nerds sorprende por su incursión en distintos géneros narrativos, empezando por la comedia de secundaria, pasando por la animación –la escena ‘Asian-huasca’ que convierte a las protagonistas en muñecas Barbie en dimensión Stop-Motion será recordada por décadas–, el musical romántico y el drama. También hay un homenaje a la sitcom mediante la participación de Lisa Kudrow –realmente imperdible la secuencia con el peluche Lingling– que, aunque breve, resulta totalmente hilarante.

El hallazgo de Olivia Wilde es el de agregarle crítica social y política al funcionamiento del sistema escolar dentro de las comedias de secundaria. Si la fórmula explotada hasta el hartazgo en este género era el despertar sexual, el bullying y los adolescentes socialmente excluidos; ahora aparece la perspectiva a futuro en temas laborales y profesionales. Por ejemplo, el director de la escuela por las noches trabaja de Uber porque el sueldo no le alcanza para mantenerse. Si eso no es una cachetada al sistema, díganme qué es.

Olivia Wilde presenta una ópera prima divertida, fresca, espontánea, novedosa, con una crítica al sistema escolar norteamericano, con un feminismo consciente, sumamente inclusiva y que vino a demarcar un nuevo terreno dentro de la comedia de preparatoria. Por más feministas y progresistas que se muestren las protagonistas nerds, también se las invita a revisar sus actitudes y a ampliar sus horizontes relacionales, alejadas del quejumbroso prejuicio generacional.