Por Marcos Vieytes
El avance de Gravedades una de las mejores cosas que pudieron verse este año en cines. Un par de astronautas trabajan en el exterior de un transporte cuando chatarra espacial choca contra ellos y hacen lo imposible por no quedar boyando solos en el espacio. La angustia se impone, pero queda fuera de campo debido a la breve duración de las imágenes. La amenaza de sufrir la soledad más absoluta se impone en menos de un minuto y uno quiere ir a ver la película para saber durante cuánto tiempo y de qué manera van a sostener eso.
Parece que la ergástula era una pena capital, impuesta por el sistema judicial romano, que consistía en encerrar a un reo de por vida en la más absoluta oscuridad. Como le daban de comer, la condena no era a muerte, sino a locura. La situación planteada por Gravedadpuede que no sea peor, pues acabado el oxígeno del traje, se acaba todo más temprano que tarde, pero la intensidad de saberse absolutamente solo en un espacio ilimitado puede ser comparable al de pasar solo toda la vida en una bóveda sin luz ni sonido.
El país del silencio y la oscuridad. El potencial metafísico de la situación es enorme, pero la película de Cuarón no está a la altura de él, como sí lo estuvo la de Werner Herzog sobre sordo-ciegos de nacimiento cuyas imágenes pueden ver al final de esta nota, que se valía del aislamiento perceptivo de aquellos para empujarnos a uno de proporciones ontológicas descomunales (en Gravedad, el plano de una cara dañada es el único que concreta demasiado materialmente ese abismo de saberse aislado de todo semejante que nos reconozca, ya sin devolución posible de la mirada).
Quizá sea excesivo pedirle lo mismo a una producción de esta índole, pero las situaciones estaban dadas y, además ¿por qué no hacerlo si el cine se ha probado capaz de tales hazañas? ¿Y por qué no hacerlo por simple ambición, audacia y deseo? Que no haya sucedido no la invalida, y hasta es posible atender a la voluntad de supervivencia que reivindica, no del todo ajena a la expuesta una y otra vez por el cine del alemán, aunque esté despojada de su violencia, de su asunción del goce morboso como parte de la naturaleza humana, de sus consideraciones sobre el poder, de su inmediatez física, de su extremismo psíquico, de su espesor simbólico.
Sandra Bullock y George Clooney son demasiado cotidianos, familiares, domésticos y democráticos (ella del modo más proletario permitido por el mainstream actual, él de un modo liberal progresista) como para que Cuarón explote el potencial del hecho propuesto a través de ellos, si es que su concepción supera la de cierta retórica biológica superficial expuesta en más de una metáfora inmediata (la posición fetal, el ser humano erguido) que no alcanza ni tampoco aspira a la majestuosidad y ambivalencia de la totalidad alegórica.
Estos astronautas se parecen demasiado a gente de a pie como yo como para que pueda interesarme por ellos y si, en la vida real, los astronautas también lo son, peor aún, pues confirmaría el triunfo de la técnica sin reflexión. La película de Cuarón es humana –ni siquiera demasiado- si no humanista, en el sentido más pedestre del término, y hay una desproporción insalvable entre los personajes y el escenario, caja de resonancia de expectativas cósmicas.
La íntima naturaleza de la situación propuesta es inhumana en el sentido de excesiva, por no decir enajenada, cargada de consideraciones religiosas si no místicas, y exigía un tratamiento de la misma índole, hasta incluso kubrickiano en tanto heladamente ritualista si no queremos germanizarnos tanto, pero no esta profana vulgaridad amable. Acá la cosa se limita a narrar una sucesión de instancias sensoriales y motrices cuyo verosímil, si nos ponemos demasiado finos, flaquea sobre el final, por no decir que flamea propulsado a espasmos intermitentes por un matafuego motorizado.
Lo que no mengua es la ansiedad, y la única respuesta física, en caso de no haber llevado ansiolíticos a la sala, es la de atinar a agarrarse de lo que sea que esté a mano, por lo que se recomienda acudir a la proyección acompañado de una persona apetecible del sexo preferido por el espectador, por más que la oscuridad de la sala vuelve obsoleta la condición estética del acompañante. Si va solo y no reprime el impulso, correrá el riesgo de causar un moderado escándalo en la sala, se lo puedo asegurar. La ansiedad, sin embargo, no es angustia, no tiene su misma viscosa duración. La angustia oscila entre lo terrible y lo ridículo, y puede que se parezca a la situación que voy a contarles.
 
 
Elisa, vida mía. Vi la película en la sala inmensa del Gaumont. No estaba llena, pero más de un 70% de las butacas habían sido ocupadas, en su mayor parte por viejos y viejas, socios y socias del Cine Club Núcleo que organizó la función, y algún que otro crítico en plena crisis de los cuarenta. Una vez apagadas las luces de la sala y comenzada la proyección de una película considerablemente opaca, llega una pareja de viejos que se distingue de otros que también se habían retrasado porque ella, llamada Elisa, se dirige rauda hasta las butacas del centro de la tercera fila sin esperar al que supongo su marido (creo que los demás supusieron lo mismo yo, así como también ustedes han de suponer lo mismo en unos instantes).
Abandonado en el estrecho pasillo informe de la penumbra, empieza a llamarla, levantando cada vez más la voz: «Elisa ¿dónde estás? ¡Elisa!» Pero Elisa no sólo no responde, o responde bajito, sino que tampoco se mueve, y el hombre, a esta altura nuestro héroe, cuyo nombre ignoramos, empieza a gritar despertando el enojo, por no decir la furia, de buena parte de sus colegas de franja etaria, que lo conminan a sentarse de una buena vez, luego a irse de una vez por todas, con feroces entonaciones que parecen desearle otra cosa, a lo que el buen señor permanece inmutable como la reencarnación del héroe sin nombre que era para entonces.
¿Templanza? No, sordera. Tres o cuatro interminables minutos más tarde, se calló y se sentó, al lado de otra persona, a la que tal vez confundió con su mujer, y hasta puede que haya ganado en el cambio. ¿Por qué no le dio bola Elisa? ¿Estaría podrida de él, de esa situación? ¿Habrá pasado a buscarlo después de la película o lo dejó varado en la sala? ¿Seguirá allí ese buen hombre? Guardo la memoria cinematográfica de la mano de Elisa estirada sin convicción hacia él, a más de cinco metros de distancia, como para cumplir con el gesto, sin levantar el culo siquiera un poco de la butaca. Al lado de esto, lo que les pasó después a los astronautas de Gravedad fue un poroto.

 

Gravedad (EUA / Reino Unido, 2013), de Alfonso Cuarón, c/ Sandra Bullock, George Clooney, Ed Harris, 91’.